Merma de Benito del Pliego. Sesgo de lectura.
Por Patricia Esteban
Reseñar un libro es, en buena medida, inscribir su lectura en un horizonte de actualidad.
Reseñar Merma (2009) como último libro de Benito del Pliego supone exponerse a un cuestionamiento sobre el presente desde el que nos es dado leer sus páginas. Una primera pregunta queda en el aire: ¿podemos ubicar de un modo estable esta obra dentro de la trayectoria poética del autor?
Atengámonos a los indicios. Su libro anterior Índice, publicado en 2004, se abría con la misma cita que encontramos tras el último poema de Merma: “I, si tot comença per acabar,/ tot acaba per començar de nou”, perteneciente a Suite tràmpol o el compte enrera de Joan Brossa. La identidad repetida de esta cita acerca de la reversibilidad del fin y el comienzo evidencia, más allá de la conexión entre ambos libros toda una problematización sobre la consistencia temporal de la escritura. Si es significativa la recurrente localización de citas a modo de señalización en el inicio de un texto poético -ahondando en su carácter de apertura hacia el exterior del mismo-, en la posición final de un libro detenta una anómala voluntad de reinicio. En el caso de Merma e Índice este desplazamiento hace casi literal la posibilidad de asistir a una exterioridad extraña, aquella que haría probable poder leer simultáneamente como continuidad y anticipo la escritura de ambos libros. El trasunto escritural de esta vinculación paradójica radica en un hecho declarado por el autor en la nota final del libro: “Merma es una relectura de textos escritos entre 1997 y 1999”, más concretamente de textos provenientes de Alcance de la mano (1998) aparecido en edición de autor con una pequeña y cuidada tirada de treinta ejemplares y de textos inéditos previos a la redacción de Índice y que fueron su punto de arranque. Tras esta acción de relectura no debe observarse una mera operación de rescate o reedición de textos propios. En ella se hace consciente cómo la cronotopía de la edición –que otorga una calidad renovada de escritura a lo ya escrito- inscribe un sentido discursivo lineal entre las diversas obras de un autor: ¿cuál es el curso del sentido que gravita de un libro a otro?, ¿es posible escribir un libro anterio?
Benito del Pliego en un fragmento de una de sus poéticas apunta: “la estabilidad de lo impreso es apariencia, lo mismo que la identidad de quien escribe; observar el flujo y las variaciones del sentido inquieta más y se corresponde mejor con lo que el poema quiere ser”.Releer se instaura entonces como un proceder sujeto a la obstinada movilidad de lo poético –imposible leer dos veces el mismo poema-, que se entromete en la propia escritura y la constituye en un continuum no lineal en el que cada punto compromete y reconfigura lo anteriormente escrito, lo por escribir.
Como relectura Merma desestabiliza la idea de libro -parecería tratarse de un libro horadado, un libro resta- y ahonda en una perturbación propia de la idea de poemario como yuxtaposición crítica; los fragmentos conviven pero no llegan a sumarse sino que agudizan su carácter fragmentario en relación con una sobreexposición a la experiencia temporal. Leemos en uno de los poemas “No hay sentido: el tiempo corta el habla de tal modo que sumados, restan todos los fragmentos”. Desde el propio título se hace perceptible la acción del tiempo. Merma nombraría la dimensión más matérica de la pérdida inscrita en el hecho poético –saldo negativo en el plano de la transacción, que se resuelve en una ganancia en la intensidad significante-. Sobre el cuerpo del libro la sustracción deja sus marcas. Las más inmediatamente visibles se encuentran en los huecos, evidenciados por el entrecortamiento en la secuencia de cifras que dan título a los poemas. Números que no enumeran, sino que nombran, que permiten desleer como escritura los vacíos. Estas cesuras parecerían evocar -de un modo casi figurativo- el desgaste, la erosión producida por el tiempo como efecto ajeno a la voluntad del sujeto, -merma identificable como un borramiento de la memoria-, pero revelan, al mismo tiempo la determinación activa de vivificar, de intervenir en el texto mediante un meditado ajuste tensional. La personal vocación constructiva, característica del trabajo poético de del Pliego, apela en Merma al sentido de precisión y minuciosidad con el que se asume lo fragmentario, lo astillado, fruto no de un pulimiento, sino de un rigor orgánico que no excluye el acontecer de lo incontrolado. Esta dialéctica se aprecia en la organización compositiva de Merma que, por un lado, comparte con otros libros del autor un binarismo estructural: dos partes A/ AA, cuya denominación apunta a una repetición como desdoblamiento, extrañamiento de la simetría, pero que, por otro lado, muestra una flexibilización interna acentuada por la autonomía imbricada de las series que lo constituyen.
La insistente horizontalidad de la escritura, propiciada por la utilización de la prosa, constante en la obra de del Pliego, es sometida a lo largo de todo el libro a un progresivo trabajo de compresión, de afinamiento que tiende gráficamente a un límite donde se identificaría el mirar con el leer: la línea del horizonte, línea escrita. Este proceso de alineamiento del texto –otro indicio más de merma- extrema el sentido de movilidad entre los fragmentos, un transitar en el que parecería hacerse indistinto al trazo, la huella, la letra: “Por qué la línea remite a otra línea, insiste en ser y remata su allí en un constante ahora?”. La línea como arquetipo temporal de la escritura reconoce al replegarse sobre su intrincado deseo de ser, una continuidad en lo real como escritura:
“una A se advierte en la cabeza de una vaca”. Una forma de conciencia lingüística que pudiera operarse por la mirada expone al lenguaje a un trabajo (in)tenso en una articulación de inminencias temáticas y traslados formales en torno a las fluctuaciones de un sujeto cuya ausencia o presencia –que no resultan excluyentes- se perfila entre los atisbos de una narratividad vital entreverada por los sucesos de escritura.
Por la inversión a la que se somete el orden de las series, numeración decreciente en la segunda parte del libro, AA, bordeamos la ilusión de observar un sentido otro de la merma, un avanzar que es remontarse al inicio, mediante un acelerado ritmo óptico que evoca el trampantojo motriz –cuenta atrás- del libro de Brossa del que se extrae la cita con la que se concluye, se inicia Merma; bisagra en la relectura de la que se hace cargo el lector -¿cómo leer una relectura?- al reflejar su mirar en la reflexión poética. La marcada exigencia de participación a los lectores se cifrará en un no oponer resistencia –dejar que el texto te lea-, lectura deseante en su vocación de escritura, fragmentaria en su condición de continuidad, tentada a romper la linealidad en respuesta a unos textos cuya intensidad te señala, incumbe y selecciona.
La lectura de Merma se cumple también en aquello que está aunque, en principio, no es el libro –el prólogo de Marcos Canteli y la inscripción-imagen de Pedro Núñez- que ofrecen, desde una atinada contigüidad poética, un vaciado constitutivo del texto: pensamiento y visualidad como extremos en los que se ejerce el propio proyecto de escritura de Benito del Pliego, un autor cuya obra traza un lugar propio y necesario en el entramado de las escrituras presentes.

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Octubre 2009 ©