

Símbolos de vitalidad en blanco y negro:
Al final de la escapada de
Jean Luc Godard (1959).
Por Jordi Corominas i Julián
Los seres humanos tenemos la insana costumbre de idealizar la distancia que ignoramos, siempre llena de casillas rebosantes que nutren de contenido la verdadera historia de determinados hechos.
Si hablamos de cine concluiremos sin excesivas dificultades que éste es un arte lleno de imágenes-símbolo que marcan el imaginario colectivo. Una de ellas se encuentra en una pequeña habitación de hotel de los Campos Elíseos. Suena música jazz y un joven desgarbado toca a una americana con el pelo a lo garçon. A bout de souffle es la bandera santificada por los siglos de los siglos, amén, del movimiento fílmico conocido como Nouvelle Vague, una nueva ola de jóvenes turcos que revolucionaron la escena a finales de los años cincuenta con el declarado objetivo, no intentemos cruzar el charco cuando todo se limita a un asunto interno, de matar al padre. El primer paso caminó- hablamos de señores como Truffaut, Chabrol, Resnais, Rivette o Rohmer- desde las páginas de Cahiers du cinema; el segundo movimiento de su baile se concretó con una serie de audacias fruto del atrevimiento y la conciencia del que tiene el ego por los aires, como siempre ha acaecido con Jean Luc Godard, un gran director que empezó su trayectoria, como dice el periodista interpretado por Jean Pierre Melville, queriendo ser inmortal para después, arrojo de enfant terrible cargado de sangre nueva, morir. Casi nada.

Godard joven y furioso. Godard como síntesis del relevo de poder en la esfera cultural, suizo con idolatría americana con vistas a la Monogram pictures. Si a ello añadimos la colaboración del pedante pero inteligente Truffaut en el guión tenemos una buena base que gesta el milagro de Al final de la escapada, principio de una nueva forma de entender el cine a partir de múltiples clichés americanos encarnados en la figura de Michel Poiccard, segundo personaje avanzado al tiempo del chico martini con su constante gesto de imitación Bogartiana.
La película, rodada en un mes lleno de anarquía en la dirección, narra la historia de un delincuente de poca monta que no sabe gestionar su existencia. Jean Paul Belmondo- perdón, Michel Poiccard, alias Laszlo Kovacks- asesina cerca de la frontera, evidencia de la imposibilidad de traspasar ciertos límites sin transgredir, a un policía padre de familia. Cuando llega a Paris encuentra a su novia, una americana que vende el New York Herald Tribune. Se esconde, pasea sin fundidos, el tipo de raccords que usa Godard dan al filme una especial sensación de celeridad, y no espera que la traición llegue de la mujer.
Quizá Poiccard no había visto cine negro. Godard demasiado.
Estamos ante una historia de a girl and a gun, celebérrimos ejes que determinan toda la trama narrativa. ¿Qué hace de la ópera prima de Godard algo especial? Su atrevimiento en los planos, sus diálogos hilarantes de inteligencia y unas interpretaciones desprovistas de artificio. Belmondo, antiguo actor teatral con pasado en el cuadrilátero, bordó su papel sin ser aún un intérprete digno de la gran pantalla. Fumaba para ocultar sus carencias, que gracias al cigarrillo y a sus gestos desgarbados convirtió en virtudes escénicas, logrando que su personaje, víctima del destino como los protagonistas de las tragedias griegas, resultara simpático al público pese a su impulsividad con el revólver. Jean Seberg es el otro mito interpretativo, pero a diferencia del futuro mito francés la recordamos por una dulzura femenina que complementa con su corte de pelo y su voz de niña indefensa con piel de cordero.

Hoy en día nadie puede negar que Al final de la escapada significa algo. El único problema es que el chovinismo vende muy bien sus productos. La verdadera revolución, segunda en apenas tres lustros, volvió a llegar de Italia y llevaba la firma de un triunvirato ilustre que en 1960 filmó dos obras revolucionarias y otra imprescindible. El cine que conocemos no existiria sin La Dolce Vitade Federico Fellini ni L’avventurade Michelangelo Antonioni, películas capaces de alterar órdenes que parecían, la velocidad contemporánea crea estos desbarajustes, eternos y proclamar bien fuerte que el séptimo arte tenia que reflejar los problemas filosófico-intelectuales de la modernidad sin reprimirse y reclamar igualdad estética con la literatura, como hizo Luchino Visconti con Rocco e i suoi fratelli, historia meridional con sabor francés mediante la eclosión de otro futuro monstruo sacro del panorama galo: Alain Delon.
Pero esa, querido lector, ya es otra historia que esperamos contar algún día en estas páginas.