

Por Jordi Corominas i Julián
Miembro del comité
de redacción
de los quaderni del CSCI
(Centro di Studi sul
Cinema Italiano)
¿Hacia un nuevo cine italiano?¿Sigue vigente la herencia de los maestros? ¿Qué caminos emprende Italia después del diluvio? ¿Existe en 2006 la posibilidad de un cine nacional de calidad que compita contra el gigante americano?
Giovanna Taviani trazó en 2004 un retrato del cine italiano, Generazioni a confronto, en el que mostraba, con Pasolini de fondo, que el pasado tenía sentido en el presente a través de una nueva generación de directores dispuestos a revitalizar el panorama fílmico del país transalpino, oscurecido a partir de la segunda mitad de los años setenta después de tres decenios de inusual esplendor.
Las bases para el renacimiento no son tan sólidas como parece por ciertos productos de consumo fácil- Dopo mezzanotte de Davide Ferrario, Manuale d’Amore de Giovanni Veronesi- pero dan cierto aire de esperanza por la consolidación de algunos directores ya consagrados que marcan el camino a seguir a nivel temático.
Si en 1945 urgía retratar la realidad cotidiana del país devastado moral y físicamente por la guerra ahora, así lo entienden nombres como Marco Tullio Giordana o Marco Bellocchio, conviene mirar al pasado, revisitar la historia y recordar determinados acontecimientos cumbre para transmitir mensajes que recuperen la memoria histórica en pos de la difícil construcción nacional de la Italia de hoy en día.
Los problemas y situaciones que plantea Marco Tullio Giordana son directos y eficaces. Su trayectoria —que empezó con Maledetti vi amerò (1980), toda una declaración de valentía—, desde 1995, es una lucha constante por sacar a la luz problemáticas que afectaron al país y que aún siguen vigentes. Su primer paso en este sentido llegó con Pasolini, un delitto italiano, film necesario que mostraba, muy al estilo ideológico del malogrado poeta de Casarsa, lo turbio del proceso al presunto asesino del gran intelectual italiano de la segunda mitad del siglo XX.

Un lustro después Giordana mostró otro aspecto clave para Italia. I cento passi, película que consagró la excepcionalidad interpretativa de Luigi Lo Cascio, probablemente el mejor actor europeo de su generación, es una declaración gramsciana —pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad— en relación al incurable mal de la mafia, cáncer crónico que mata a quien lo desafía sin ambages.
Finalmente —a la espera de poder ver su último trabajo, Quando sei nato non puoi più nasconderti (2005)— Giordana traspasa fronteras y logra erigirse en estandarte del presente con La meglio gioventú, película de título pasoliniano que a lo largo de seis cortas horas muestra la vida de una familia italiana entre 1966 y 2003. La cinta, al cubrir un arco cronológico tan extenso, abarca la mayoría de convulsiones históricas de la Italia de los años de plomo, la corrupción y la dramática y ridícula, si bien este terreno parece que será tratado más directamente por Nani Moretti en il caimano, involución Berlusconiana.
Al mismo tiempo La meglio gioventú, filme coral donde los haya, muestra como la nueva generación de actores pisa fuerte y promete grandes momentos. Nombres como Alessio Boni, Jasmine Trinca, Sonia Bergamasco, Maya Sansa o Luigi Lo Cascio parecen destinados a marcar el futuro, como por otra parte demuestran los dos últimos en Buon Giorno, notte (2003) de Marco Bellocchio, filme que comparte con el de Giordana su mensaje en pos de recuperar determinados acontecimientos históricos de gran trascendencia, como acaece con el secuestro de Aldo Moro, si bien la visión de Bellocchio es muy particular y tiende, excepcional hallazgo, a implicar directamente al espectador. Vemos el hecho histórico desde la misma habitación de la agonía del dirigente democristiano. Los secuestradores, miembros de las brigadas rojas, son seres humanos con dudas, problemas, como todo, como todos.

Este mensaje de cercanía, cotidianidad de la historia que crea sus hilos a través de nombres anónimos, se puede considerar en los dos directores mencionados un rasgo de estilo temático de gran raigambre, característica que pide a gritos- algo muy italiano que encontramos en muchos escritores y cineastas de la bota- la implicación directa de las personas en la historia para reflexionar sobre ella, cambiarla, actuar y rendir cuentas con el pasado hacia un encuentro con verdades ineludibles, algo de lo que tendríamos que aprender en España, donde algunos eventos fundamentales de nuestro pasado siguen tratándose, con la notable excepción de La lengua de las mariposas, con demasiada ligereza, como si el miedo nos atenazara y no fuéramos capaces de reivindicar nuestras verdades históricas.
El futuro en Italia se construye sobre bases más que interesantes. La cuestión estriba en saber si los nuevos cineastas querrán matar al padre o beber de él con profusión. Quizá lo ideal seria una mezcla de ambas cosas que diera lugar a un cine comprometido con su tiempo, que amara lo cotidiano y buscara la reflexión para escapar del corsé americano de dólar y taquilla. Algunas veces los sueños y el ideal también pueden volar alto. El principio es simple: si se cree en ello quizá se logre. Tiremos los dados y esperemos el resultado.