

Dice que igual que un albañil pone ladrillos todos los días, él, Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932), escribe dejándose llevar por sus personajes cada jornada. Por esto mismo no le gusta que le llamen autor prolífico, pero lo es. Y así, tenemos el lujo de poder gozar de casi casi un libro del autor aragonés anualmente, incluso, más de uno y más de dos al año.
A pesar de su extensa carrera literaria en tiempo y títulos —ya son más de treinta, entre ellos: El cazador de leones; Napoleón VII; El Crimen del cine Oriente; Amado monstruo o El cantante de boleros—; de ser muchas veces traducido y llevado a los escenarios, sobre todo en Francia, con gran éxito, es aún para muchos, y a pesar de todo, un autor “por descubrir”.
Con la intención de acercarnos más a esos sus espacios inventados, llenos de soledad, desarraigo, encierro, extraña y natural, a veces absurda, cotidianidad y sutil ironía, de frase corta y profunda intención, le hemos pedido, por favor, claro está, que contestase a nuestro cuestionario Sobre la creación artística. Qué, cómo, cuándo y dónde se produce esa mágica transformación del pensamiento a la realidad. Aquí están sus respuestas:
¿Existe la inspiración? ¿Se busca o le encuentra a uno?
La inspiración, como motor de creación artística, debe de ser requerida o solicitada. Es una musa exigente y antojadiza. Normalmente no responde inmediatamente a nuestras solicitudes (es decir, no se presenta de un modo espontáneo). Aunque algunas lo parezca. Previamente, somos nosotros quiénes, aún sin tener conciencia de ello, debemos predisponernos para caer en ese estado mágico de ensoñación que precede a todo proceso "creador"·
Realmente, ¿es necesario, como decía Picasso, que la inspiración le pille a uno trabajando?
Sí, inspiración, pero también transpiración, es decir, ese esfuerzo físico que nos hace sudar.
¿Cree determinante el espacio y el tiempo? ¿Tiene usted algún lugar y horario preferente para la labor creadora? ¿Alguna manía?
Suelo escribir a primera hora de la mañana, cuando se abre ante nosotros un nuevo día, con todos sus misterios e incógnitas. En esos momentos, todo me parece posible y puedo solucionar con facilidad todos los problemas técnicos que la víspera dejé sin solucionar. Escribo además en espacios interiores, con luz eléctrica. La luz del sol es demasiado cruel. Descubre a las primeras todos los defectos de nuestros textos, los mismos defectos o imperfecciones con los que la luz eléctrica se muestra mucho más piadosa o indulgente.
¿Cuál es su estado de ánimo óptimo para trabajar?
Creer en nuestras propias posibilidades.
¿Nos podría describir su lugar de trabajo?
Como he dicho más arriba: una habitación interior, aislada de ruidos exteriores, cerrada a la luz del sol. Una mesa inmensa, un escarabajo de bronce que me sirve de pisapapeles, un ordenador lleno de japoneses liliputienses y disciplinados. Un reloj que señala siempre la misma hora.
¿Lleva siempre encima una libreta para notas?
Si, algunas veces llevo dos, una con las tapas verdes y otra con las tapas rojas.
¿Cómo es su proceso creativo? Por ejemplo, ¿Qué puede determinar el espacio, el tiempo o el personaje principal?
Son mis propios entes de ficción quienes, en definitiva, deciden lo que van a hacer, dentro, eso sí, del espacio ficticio que previamente he delimitado para ellos.
¿Qué valoración da a la corrección?
Fundamental. Escribir es un proceso alquímico que tiende a una perfección inalcanzable. Es preciso corregir, corregir y corregir todo lo que, en un principio, hemos escrito a base de automatismos psíquicos, procurando no desvirtuar la espontaneidad de la primera versión.
Una vez terminado, ¿cómo se enfrenta a las críticas?
Con suma prudencia. He leído críticas muy favorables de libros o novelas pésimas.

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Abril 2006 ©