

La lavadora
Por Elisa Iglesias
(Bilbao, 1972)
Sonó el despertador. Todavía no había amanecido pero ya era invierno y por eso no le extrañó. Se levantó y, sin ponerse las gafas, atravesó con varios pasos de penumbra el salón en dirección al cuarto de baño. Aún somnoliento se dio cuenta de que no había vaciado la lavadora desde hacía varios días y vio la ropa hecha un guiñapo después del centrifugado. Abrió la compuerta de la lavadora y empezó a salir el agua. Al principio fue un leve hilito chorreando sobre la alfombra del cuarto de baño pero pronto el hilo se convirtió en chorro y el chorro en un caudal que, transcurrido un tiempo no mayor a un minuto, inundó el cuarto de baño hasta la altura de la ventanita que, afortunadamente, había olvidado abierta y a través de la cual salió despedido en la cresta sinuosa de las aguas que habían alcanzado categoría de olas y, precisamente por ello, en su salida por la exigua ventana de su cuarto de baño quedó en suspenso la ley de la gravedad sobre el patio de luces de su casa y fue arrastrado (todavía en la cresta) hacia las calles de su barrio, irreconocibles bajo el manto creciente de la pleamar de su lavadora. Encontraba a su paso coches, motocicletas, señales de tráfico, papeleras, rótulos luminosos de los comercios que tan bien conocía. A modo de escudo oponía sus brazos, temeroso de golpearse con alguno de los objetos de aquel repentino tumulto líquido sobre las calles que, sin embargo, iba sorteando sin ningún esfuerzo. Como si la ola primigenia de su lavadora tuviera una dirección trazada en algún mapa callejero y esa dirección los atrajera (“dirección-orilla” alcanzó a pensar -no podía pensar mucho en aquellos momentos, tales eran su terror y la fuerza de la corriente-). Se adentraron en una de las calles del centro comercial de la ciudad y perdió la visibilidad. Millones de prendas de vestir le rodearon; algunas se enredaban en sus brazos, en sus piernas, en su cuello. Temió morir abrazado por un jersey de lana. Guillotinado por la etiqueta plastificada de unos pantalones vaqueros. Asfixiado por un vestido de novia. Golpeado por un zapato de caballero. En aquel embrollo de prendas de moda no sabía si avanzaba o retrocedía. Deseó con todas sus fuerzas (no le quedaban muchas) seguir avanzando en la dirección presupuesta (la de la primera ola) pero ya no estaba seguro porque no veía nada con toda aquella ropa enredada en su cuerpo. Sintió que la corriente perdía fuerza. Como si verdaderamente hubiese estado dentro de una lavadora colosal y el programa de centrifugado hubiese finalizado. Flotaba. Su cuerpo estaba intacto. A su alrededor cientos de miles de prendas y una interminable variedad de objetos procedentes de algún gran almacén, supuso, se hundían lentamente. Tan solo algunos utensilios de cocina (sartenes, cazuelas, ollas, tarros de cristal) flotaban a su alrededor. Lamentó haber perdido la dirección que prometía aquella ola que le sacó de su cuarto de baño. Pensó que tal vez flotando en ella (como al principio) habría llegado al gran parque de la única colina de la ciudad y habría podido salir a la superficie, trepando por las ramas de algún árbol y desde allí arriba, respirando tranquilamente, poder calibrar la inundación y decidir sobre su propia suerte. Sentía, no obstante, que se hallaba muy lejos del parque y que sus fuerzas no alcanzarían para nadar hasta allí. Decidió descansar. Extendió sus brazos y sus piernas, como cuando de pequeño hacía el muerto en la piscina. Si hacía el muerto flotaría hasta la superficie. Cerró los ojos y olvidó su cuerpo. Lentamente fue ascendiendo. Vio la luz verde de un semáforo que milagrosamente no se había desprendido del asfalto y reconoció la cornisa de un edificio. No estaba tan lejos de su casa. Quizá si descansaba un poco podría nadar y regresar, pensaba en ello pero seguía flotando en sus dudas. Al fin y al cabo la marea procedía de su propia lavadora, por lo que, salvo que la marea hubiese llegado a su término –¿y dónde estaría el término?-, parecía harto difícil que pudiese volver a su casa. Sintió que algo estaba rozando su cabeza. Era una tabla de planchar que flotaba también a la deriva, sin las patas metálicas, posiblemente arrancadas de cuajo. Logró encaramarse a ella, imitando a los surfistas a los que gustaba contemplar con prismáticos desde su casa cuando era joven. El nivel del agua parecía estabilizado y permaneció tumbado sobre aquella tabla de planchar, “como un surfista principiante que sólo práctica cuando hay bandera verde” se dijo, recordando el semáforo verde. Se percató de que la tabla estaba aún recubierta por una camisa blanca a medio planchar y de que esa camisa blanca era muy parecida a una de las camisas que utilizaba cada día para ir a la oficina. Metió la mano bajo el agua, tibia y opaca, buscando una de las mangas y entonces las vio. Sus iniciales. Las iniciales que su madre, desde los tiempos de su infancia en los campamentos de verano, se empeñaba en coser en todas las prendas que le pertenecían. Las tres iniciales de su ridículo nombre se ensancharon sobre el terror adherido a su piel mojada. Sonrió entonces. Sonrió de la manera en que uno sólo sonríe para sí mismo. Miró hacia arriba y se dio cuenta de que, aunque todavía era invierno, ya estaba amaneciendo.
Madrid, enero de 2006