
con Parisicilia
Por Sonia Antón Ríos
Parisicilia (Reus, Tarragona, 1971)
¿Por qué Parisicilia?
París fue mi incubadora y Sicilia tiene muchos volcanes.
Con 20 años entras en una academia de artes en Tarragona. Esa decisión ¿ya llevaba implícita la elección de una profesión?
No, no, a los 20 decidí dejar de trabajar. Calculé tanto que la suma total fue: dejar de hacer la pantufla y ponérmela de sombrero. Me resultó, y pensé que por un céntimo no se muere ni el Rey, y así lo hice.
Dos años más tarde te marchas a París, donde te enfrentas de nuevo al academicismo artístico, renunciando poco tiempo después a esos estudios. ¿Es entonces cuando decides que vas a aprender por tu cuenta? ¿Qué provoca esa decisión?
El academicismo nunca es artístico y el arte nunca es académico, esto se volvió a confirmar una vez más.
Cómo aprende una autodidacta como tú. ¿A quienes adoptó Parisicilia como maestros?
Creo que el maestro sólo funciona cuando el alumno le enseña. En el mejor de los casos hay un encuentro fuera de tiempo y cuando la razón se duerme produce monstruos.
Después de aquellas experiencias vinieron años de realizar todo tipo de trabajos como ilustradora para cuentos, incluso realizando la cobertura de varios discos compactos y los decorados para un cortometraje. Todo esto al mismo tiempo que no paras de trabajar y de exponer, esto es casi una constante desde que en 1992 expusieras tus acuarelas en un salón particular. Pero ¿cuándo se da esa primera gran exposición en la que Parisicilia se da cuenta de que ya no hay marcha atrás, que es una artista?
Nunca. En caso contrario, seria como la esperanza de ver un día un teléfono, que sonando afirmara que él es (“…ergo sum”). De la misma forma la consciencia “artística” como la inteligencia artificial son ilusiones.
En estos casi quince años de trayectoria has expuesto mucho y con muchas variantes, es decir, las técnicas usadas son de los más diverso: oleos, tintas, grabados orgánicos (a base de patatas y zanahorias), grabados sobre cobre y linograbados (lo último que has hecho en París), poemas que acompañan tintas o al revés… ¿Con qué técnica te sientes más cómoda?
Me siento más cómoda con la técnica que más me incomoda, por el momento el grabado y el linograbado. Me gusta aprender.
Cómo consideras a quienes van a ver tu obra: público, espectador, futuro cliente, curioso. ¿Cómo te enfrentas a ellos?
(Risas). Les ofrezco, jamón, chorizo y queso, esperando que también les guste el vino y que se sientan artistas.
Cómo definirías tu mundo pictórico. Porque eso sí está claro, bajo las formas que quieras pero Parisicilia tiene un mundo propio, a veces oscuro o juguetón, caótico, otras sencillo y claro, muchas sarcástico, onírico, casi siempre sorprendente. ¿Estás de acuerdo?
Qué quieres que te diga: oscuro, juguetón o caótico.
¿Cuál sientes que ha sido tu evolución?
"Toda una vida para aprender a pintar como un niño" dijo Miró al final de su vida.
Cuando creas te mueve una pretensión, un motivo, o es algo espontáneo, poco premeditado.
El motivo es siempre una necesidad.

¿Cómo es el espacio en el que trabajas y has trabajado?
En el 1993 en una cocina que no era mía y sólo por las noches. En el 94 en una alcoba, en la Rue du Louvre, sobre todo en el balcón. En 1995-96 pasé al underground de un bar inglés la capital francesa, una mesa de billar era mi espacio pictórico y sólo por las mañanas. También hubo amigos que me prestaron sus espacios, fundamentalmente para preparar las exposiciones. En el 1997 en mi habitación, en un apartamento que compartía con una amiga en París, me solía escapar al salón con las tintas.
Cuando llegué a Bruselas en el año 1998 pinté en un gran atelier, hasta que lo abandoné en el año 2000, para dar a luz a Víctor, mi primer hijo. En el 2002, llegó Gabriel, mi segundo hijo, y hace cinco años que me desenvuelvo criándoles y pintando en la cocina con tintas y grabados orgánicos usando patatas, mientras que en otra habitación trabajo las placas de lino, grabado, escultura y óleo.
En Munich, donde voy a menudo, sí tengo un espacio reservado que me permite pintar en óleo sobre telas de grandes dimensiones, sin que los niños se emborrachen de terebentina.
Posees un poemario bajo el bonito nombre de El Bostezo, donde conjugas palabra y pintura. ¿Qué nos dirías de él?
Pues del Bostezo, te puedo decir que son poemas escritos en los años 90, antes de irme a París y los primeros años que allí pasé. Son una parte de mí con la que tenía poca relación en aquella época, excepto cuando escribía. En el 1999, lo puse en orden, textos e imágenes, y decidí editarlo por mi cuenta en Alemania, tan sólo tres ejemplares, y así, con el “prototipo”, buscar un posible editor que lo publicara. Y ahí sigo, buscando editor, aunque, la verdad, es un tema que tengo un tanto parado.
Y ahora estás con escultura, Las copas rotas se titula la serie que estás realizando. ¿Nos encontramos ante una artista global?
No lo creo. Nunca he hecho teatro, ni música, por ejemplo.

En estos momentos estás preparando una exposición titulada Las ideas en volandas, en ella te apoyas en la oscuridad como provocadora de múltiples posibilidades. Cómo se manifiestan estas ideas en la obra de este conjunto.
Es una serie de cuarenta imágenes, realizada sobre papel, tintas sobre collage y viceversa, dibujos sobre publicidad y al revés. Este trabajo empezó en 1999 y se acabó en el año 2002. El año pasado, se manifestaron en grupo apresuradamente, todas las imágenes saltando sobre un cepillo de barco a cerdas de hierro oxidado, que reposaba en la estantería, con asa de plástico transparente y donde se posó un burro con alas de mosca. Son disparatadas ideas, como si se activara mecánicamente el televisor y apareciera el tradicional telediario: una ventada pone todas las noticias en volandas y del presentador boquiabierto sale un burrito de ocho centímetros y medio, volando con alas de mosca (instalación doméstica de la visión).

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