

Actores fetiche II
Por Miguel González
Dentro del arte, y el cine no es una excepción, resulta importante que el artista saque lo que lleva dentro, plasme su personalidad. Ésta es la que le proporciona las características para poder destacar frente a los demás, y le sirve también de válvula de escape. La forma de hacerlo, eso sí, varía de un artista a otro.
Muchos directores de cine utilizaban a los personajes como una forma de expresarse. A veces la conexión entre director-intérprete se debe a la capacidad del director de modelar al actor hasta crear su propio personaje, ya pueda ser en forma de alter-ego, o sencillamente la personificación de lo que el realizador quiere mostrar. Otras veces es la propia personalidad del actor la que atrae al director, por semejanza con la suya, o con los personajes que él crea, o ambas cosas. La complicidad puede surgir también de la capacidad interpretativa del actor, que le permite la adaptación a cualquier papel, o que hace que deje su impronta en cada cinta, para el agrado del director.
Uno de los grandes ejemplos de personaje creado por director fue el de Marlene Dietrich. Al igual que Stiller con Greta Garbo, el director alemán Joseph Von Sternberg modeló a su gusto a la actriz, y la hizo debutar en El Ángel Azul, creando uno de los primeros mitos eróticos prefabricados del cine. Su personaje era de mujer seductora, enigmática y sexualmente ambigua, y tanto ella, con una interminable lista de amantes fuera de las cámaras, como los rumores de sus relaciones también con mujeres, alimentaron este personaje. “Marlene soy yo”, le gustaba decir a Sternberg.

La especialización que se creo, sobre todo a partir de la llegada del sonoro, de directores y de actores, aún más, tuvo una gran influencia en las relaciones entre ambas personalidades. La mayor parte de los directores tenía su “tipo de película” (no necesariamente de tipo de género), y, especialmente en Hollywood, donde la mayor parte de los actores tenían “su personaje” ya hecho, y su género apropiado bastante marcado.
Aunque la relación John Ford-John Wayne parece un caso claro de especialización que lleva a la relación, en realidad no lo fue tanto. Fue el director el que convirtió al actor en una estrella, y de hecho tiene bastante de personaje modelado por director. John Ford fue uno de los pocos directores del cine clásico que supo plasmar su personalidad en la pantalla y los personajes fueron una gran preocupación para él. Una vez más, el actor se convierte en rasgo de personalidad. John Wayne estaba especializado en westerns de serie B. Ford le sacó de la serie B haciéndole protagonizar La Diligencia (1939). Esta relación se fraguó en alrededor de 20 películas. Wayne representaba como ninguno la simbología del western de hombre duro, valiente, con un estricto sentido del honor. A la vez representaba al americano patriota, fuerte, pero humano, de los personajes de John Ford. En menor medida, otro amigo de Ford como fue Henry Fonda, protagonizó también un buen número de sus films.

La versatilidad de Howard Hawks sin embargo, unida a la citada especialización de actores, le llevó a tener varios actores fetiche dependiendo del género que abordara. Así pues, utilizo al igual que Ford a John Wayne para sus westerns. Utilizó a Humphrey Bogart y a Lauren Bacall para sus dos grandes películas de cine negro. Y sobre todo, utilizó a Cary Grant para muchísimas de sus comedias como La fiera de mi niña, Sólo los ángeles tienen alas o Luna nueva. Hawks tenía un estilo en el que primaba la narración, sobria y directa, y la dirección de actores, y de ahí la importancia de la elección de estos para sus películas.
Con Howard Hawks queda patente la importancia de esta especialización. De manera que Cary Grant era especialista en comedia, no sólo con él. Lo mismo John Wayne respecto al western, y Humphrey Bogart con el cine negro. Y de hecho, si Bogart fue fetiche de alguien este fue John Huston. Ambos alcanzaron el éxito con el debut de Huston: El Halcón Maltes (1941). Sin embargo, el entendimiento de ambos llevó a Huston a sacar a Bogart del cine negro con títulos más dramáticos como El tesoro de Sierra madre, y La reina de África, por la que Bogart consiguió el oscar al mejor actor.

La versión interpretativa de la versatilidad de Howard Hawks fue James Stewart. Abordó todo tipo de géneros y tuvo una carrera realmente fructífera con directores como Hitchcock, Frank Capra, John Ford, pero destacando las 8 películas que interpretó para Anthony Mann. Destacando títulos como Winchester 73, Horizontes lejanos o El hombre de Laramie, James Stewart se convierte en el imprescindible nexo de dichos filmes.
En ese periodo clásico los americanos sientan sus bases, y desde esa base evoluciona su cine. Fuera de Hollywood las personalidades son distintas, y distintos los métodos. Cada corriente, cada director tiene su forma de elegir como mostrarse, y con ellos seguiremos.