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“Hay mucha propensión a tratar de contar catorce historias en una misma novela”

Por Miguel Baquero ©

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Conocí a Pedro de Paz en la tertulia donde solemos coincidir algunos escritores, todos principiantes. Algunos ya se han —ya nos hemos— hecho a la idea de que nunca alcanzaremos esas cotas de genialidad que soñábamos de adolescentes; sin embargo, ahí seguimos emborronando papeles y llenando el mundo de fotocopias. Seguramente, porque no sabemos hacer otra cosa mejor. Comoquiera que sea, en esa tertulia conocí a Pedro de Paz y enseguida me llamó la atención porque, desde la puerta casi, transmite una rara sensación de seguridad. Antes de llegar a él y darle la mano sientes que sabe lo que está haciendo. Aunque, ciertamente, él sea el primero en mostrarse asombrado —y nunca es falsa modestia— por la trayectoria creciente de su obra, aunque nos muestre con cara de estupor e incluso con algo de risa su novela traducida al inglés... Pese a esa modestia cierta, lo más contraria a la afectación, uno nota, por la firmeza con que habla de sus proyectos, tanto los inmediatos como los futuros como los imposibles; por la vehemencia, sin llegar a la rotundidad pedante, con la que habla de sus autores preferidos; por la inteligencia que despliega a veces entre el humo del tabaco, uno nota, estaba diciendo, que Pedro de Paz es un escritor que se está labrando una carrera con paciencia y paso seguro, y que si ha entrado en este mundillo es para quedarse. Pero no he tenido tiempo todavía de hablar de su obra, breve pero intensa.
El hombre que mató a Durruti fue la novela con la que debutó, y con la que resultó ganador en 2003 del I Certamen Internacional de Novela Corta “José Saramago”, a lo que hay que añadir una excelente acogida por parte de la crítica.

Pregunta: Lo que se dice un comienzo inmejorable...

Respuesta: Tanto que aún no acabo de creerlo. Durante este tiempo he tenido ocasión de escuchar —con cierta sensación de pudor, todo hay que decirlo— a mucha gente verter comentarios muy positivos acerca de la supuesta calidad de mis textos pero lo cierto es que, sin tratar de rebatir dicho argumento (ríe), considero que la suerte es un factor decisivo en la carrera de cualquier escritor. Y la mía no es una excepción. Con mi primera novela bajo el brazo, se me ocurre presentarme por primera vez en mi vida a un concurso literario, uno de cierta entidad, y me erijo en ganador del certamen. Para conseguir eso, o se es razonablemente bueno o se tiene mucha suerte. O ambos requisitos en las proporciones adecuadas.

P: Además, la novela acaba de ser recientemente traducida al inglés.

R: Otro claro ejemplo de lo que decía antes acerca de que, además del esfuerzo voluntario por escribir algo digno, la buena fortuna influye de forma decisiva en la carrera de un escritor. Stuart Christie, histórico anarquista de mediados de los sesenta, oyó hablar por casualidad de mi novela. Es un gran estudioso y un gran conocedor de la figura de Durruti y me solicitó un ejemplar. El hecho de que alguien así se interesase por mi obra fue una agradable sorpresa pero no fue la mayor de ellas. La mayor fue conocer que Christie era editor, que consideraba que el texto era de gran calidad y que estaba interesado en publicarlo en inglés. El resto, vino rodado.

Presentacion del  I Certamen Internacional de Novela Corta “Jose Saramago”

P: ¿Cómo fue el comenzar a escribir? Y, sobre todo, ¿cómo fue el lanzarte a escribir sobre la muerte de Durruti?

R: Aun a pesar de que el gusanillo por escribir siempre estuvo ahí, latente y que, desde la adolescencia, realizaba ejercicios de juntaletras en forma de cuentos y relatos, no decidí lanzarme de forma definitiva a la arena literaria hasta la primavera de 2002. Por aquella época, una serie de circunstancias terminaron conduciéndome a una crisis personal. Nada serio, pero lo suficientemente intenso como para querer dar un giro a ciertos aspectos de mi vida. Uno de ellos fue el empleo de la literatura como cierta forma de terapia. Y funcionó. Al parecer, mucho mejor de lo que nunca supuse (ríe).
            Lo de Durruti no fue más que el resultado de la unión de dos pasiones personales: la historia de España y, en particular, la del periodo correspondiente a la Guerra Civil española y la novela policíaca. La vida de Durruti estuvo plagada de curiosos y sugestivos acontecimientos, tantos que hasta el escritor Ilya Ehrenburg, que conoció personalmente a Durruti en 1931, llegó a decir que “ningún escritor se hubiera propuesto escribir la historia de su vida; ésta se parecía demasiado a una novela de aventuras” pero, curiosamente, son las extrañas circunstancias que rodearon su muerte las que más han hecho correr ríos de tinta a lo largo de los años. Decidí escribir, en clave policíaca, un relato que aunara todas las hipótesis que, a día de hoy, se barajan acerca de la muerte del líder anarquista y que incluyese mis propias conclusiones al respecto. El resultado fue “El hombre que mató a Durruti”.

P: En breve se va a publicar tu segunda novela, “Muñecas tras el cristal, por la editorial El Tercer Nombre. Una historia, por lo que has comentado alguna vez, ambientada en el mundo actual y en el ambiente internauta.

R: Sí. Mi profesión a lo largo de los últimos 18 años ha sido la informática. Por suerte o por desgracia, he conocido desde dentro y he vivido en carne propia la revolución social que supuso la democratización de las nuevas tecnologías, de las cuales, el mayor exponente ha sido la expansión de Internet como fenómeno asociado a nuestra vida diaria. No podía dejar de plasmar parte de esas vivencias en una novela. En cualquier caso, el aspecto tecnológico de Muñecas tras el cristal no es más que un pretexto, un punto de partida para dar lugar a otra historia, una historia de recuerdos, de anhelos y de la recuperación de un pasado perdido. Y del riesgo que conlleva el desenterrar cadáveres que, en determinadas ocasiones, quizá sea mejor que se queden donde están.

P: Un salto grande, pasar del escenario de la Guerra Civil a la más rabiosa e informática actualidad.

R: La ubicación y la fidelidad del contexto en el que se mueve una narración es muy importante. Permite dotar de un aura de respetabilidad, solidez y coherencia a la historia que se está contando pero, en realidad, lo que realmente importa es el trasfondo de la misma. En ambas novelas se narran vicisitudes similares, las de alguien interesado en conocer la verdad, en encontrar una respuesta que permita tranquilizar sus inquietudes personales. En el caso de Fernández Durán, se trata de aclarar las circunstancias que rodearon la muerte de Buenaventura Durruti. En el caso de Jaime Areta, el protagonista de Muñecas tras el cristal, se trata de encontrar el paradero de una persona que fue crucial para él en una determinada etapa de su vida y con la que acabó perdiendo todo contacto. En el fondo ambos buscan lo mismo, lo que buscamos todos: una respuesta.

P: ¿Hay en Muñecas tras el cristal una línea de investigación criminal como en El hombre que mato a Durruti?

R: La hay, aunque no de una forma tan canónica. En Muñecas tras el cristal, el protagonista no es un policía ni un detective ni nadie al uso. Es una persona normal y corriente que un buen día se ve desbordada por un suceso fortuito, un suceso que le conduce a investigar los pasos de alguien que, en un pasado no muy lejano, fue muy importante para él. Y su viaje le lleva a descubrir mucho más de lo que hubiera deseado en un principio.

P: En muchas novelas, la investigación criminal sirve como excusa, como cebo para mantener la atención del lector mientras alrededor se van vertiendo opiniones sobre el mundo, sobre la sociedad... ¿Piensas que éste debe ser el planteamiento o crees que no hay que "viciar" la intriga con digresiones o temas tangenciales?

R: Pienso que la intriga no tiene por qué ser el único elemento presente en una novela policíaca. En un texto de esas características tienen perfecta cabida otro tipo de consideraciones tangenciales siempre y cuando estén al servicio de la historia. Hay mucha propensión a tratar de contar catorce historias, a enviar al lector catorce tipos de mensaje diferentes, algunos de ellos perfectamente superfluos, dentro de un mismo texto. Hay escritores que creen que eso dota de profundidad a sus personajes y da amplitud a la historia pero lo que en realidad consiguen es desvirtuarla. El ejemplo más tópico de novela policíaca correctamente construida lo tenemos con Conan Doyle y su maravilloso Holmes. Con el tiempo, el aura de leyenda del mítico detective la ha acabado conformando aspectos que Doyle jamás reflejó en sus escritos de forma extensa, aspectos que simplemente dejó traslucir de manera puntual. No necesitó hacerlo nunca de otro modo. La misoginia, la adicción, los temores personales de Holmes jamás aparecieron de forma explicita en un circunloquio intimista de noventa páginas, tan al gusto de muchos autores actuales. Y sin embargo, ahí están esos aspectos, formando parte del canon de Holmes, creando una legión de seguidores y estudiosos, siendo objeto de decenas de tratados…

P: Por lo que veo, admiras a Conan Doyle...

R: Mucho. Para mí, es uno de los mayores maestros del género. De hecho, el tono y la estructura narrativa de El hombre que mató a Durruti es un sincero y consciente homenaje a su figura y a su personaje más célebre, Holmes, por mucho que algún crítico haya calificado esa deferencia de “falta de imaginación creativa”...

P: ¿Crees que el mundo de hoy es tanto o más salvaje que aquel mundo sórdido que pintaban los grandes escritores policíacos norteamericanos?

R: ¿Te refieres al mundo de hoy real o al literario? Por que son conceptos muy próximos pero regidos por principios diferentes. Yo soy de los que piensan que la realidad nunca superará a la ficción pero que es bastante más hija de puta. Aquel mundo de los grandes autores era más simplista, más evidente, más directo: el hampón de los bajos fondos, la vida en las calles, la mujer fatal de vida disoluta, el policía corrupto, el detective alcohólico y pendenciero. Hoy en día, la sordidez hay que buscarla de una forma más subrepticia, en los despachos de las multinacionales o en los bufetes de abogados, representada por tipos de cuello blanco y corazón negro. En cualquier caso, los principios y los dilemas morales que rigen ambos contextos, sin ser exactamente los mismos, funcionan con la misma efectividad.

P: ¿Cuales son, en tu opinión, los grandes peligros morales, o sociales, que hoy en día acechan al hombre?

R: El egoísmo, la falta de escrúpulos, la irresponsabilidad frente a los actos propios, la ausencia de valores morales que sirvan de referente… Son algunas de las lacras más acuciantes de la sociedad actual. Vivimos en la sociedad del “todo vale”, la sociedad del “primero yo y luego, ya veremos”, una sociedad donde conceptos como honor, lealtad, compromiso u honradez tienen escasa cabida. Suenan espurios, falsos, trasnochados. Por poner un ejemplo, mi padre me enseñó en una ocasión una máxima que yo he tratado de respetar durante toda mi vida: “La palabra de un hombre debe ser inquebrantable. Debe tener la misma validez que un contrato firmado”. Si, a día de hoy, tratas de argumentar la legitimidad de esa premisa, te tratan poco menos que de gilipollas. El problema es que todo eso nos acabará pasando factura tarde o temprano, no me cabe duda alguna.

P: ¿Y los grandes peligros literarios que acechan al escritor?

R: En parte, aquellos derivados de lo expuesto anteriormente. El ámbito literario y editorial no es un entorno cerrado, una especie de Xanadú ajeno a lo que le envuelve. Todo lo contrario, es —y, en buena lid, debe ser— absolutamente permeable a la sociedad con la que convive. Por desgracia, el entorno editorial, salvo honrosas excepciones, sólo parece tener en cuenta los defectos de los que adolece la sociedad que le rodea pero desprecia las pocas virtudes que ésta pueda albergar. El editar y dar cancha mediática al libro de un individuo —al que, probablemente, tan sólo habrá prestado su nombre y cuyo texto habrá sido redactado por otro— cuyo mayor mérito sea haberse acostado con fulanita de tal o con fulano de cual, en orden sucesivo o con ambos a la vez, mientras hay cientos de autores desconocidos muy solventes, con maravillosas historias por dar a conocer y a los que ni siquiera se presta la menor atención, es un claro ejemplo de ello.

P: Por último, ¿es difícil mantener la sangre fría y las ideas claras es un mundo como el literario donde tanto cantan las sirenas y tantísimo rugen los hipopótamos?

R: (ríe). A día de hoy aún no he tenido ocasión de haber oído ni muchos cantos ni muchos rugidos pero, por las referencias que tengo, dicen que es complicado, que cuando adquieres cierta repercusión nunca acabas de saber el origen ni la dirección en la que te va a llegar la puñalada hasta que la tienes en el cuerpo. Supongo que cada uno cuenta la feria cómo le va en ella. En cualquier caso, mi experiencia hasta ahora ha sido muy positiva. Remitiéndome a la suerte del escritor que mencionaba antes, debe ser que soy un tipo muy afortunado. La gente con la que me he encontrado hasta ahora en mi recorrido literario es gente de ley, personas muy válidas que hacen que este viaje que inicié hace cuatro años ya haya merecido con creces la pena. Todo lo que pueda obtener a partir de aquí, bienvenido sea. Yo ya me doy por satisfecho.

www.pedrodepaz.com

 

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