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Reproduccion y rebabas

El reverendo Walker patinando en el lago Duddington

 

Por Félix Andrada

En el ensayo que David Hockney escribió para el ca- tálogo de su exposición de 1981 en la National Gallery de Londres, The Artist’s Eye: Looking at Pictures in a Book, se refiere a una pintura de Henry Raeburn (1756-1823), excelente retratista de Edim- burgo, titulada El reverendo Walker patinando en el lago Duddington. El lienzo, que sobrepasa apenas los setenta y cinco centímetros de alto, es justamente una de las obras más célebres de la National Gallery of Scotland, y un cuadro lleno de encanto que figura entre los mejores de la sobresaliente carrera de este pintor. Representa a un elegante y sobrio clérigo que patina por la superficie helada de un lago. Sus propios patines y, sin duda, los de otros patinadores han trazado numerosos surcos en la lámina lisa del hielo. Registrados con maestría por el pincel de Raeburn, esos surcos aportan naturalidad y verismo a la grave figura del clérigo que patina con su traje negro. Este detalle, en un cuadro por lo demás carente de cualquier otro que pudiese distraer del rotundo contorno del religioso con su pierna derecha suspendida en el aire, agradó sin duda al reverendo Robert Walker y a sus amigos de la Sociedad de Patinadores a la que acababa de afiliarse el año de 1784 dando, por cierto, la ocasión de que el lienzo fuese pintado.

El reverendo Walker patinando en el lago Duddington

Doscientos años más tarde, la visión que tiene David Hockney de esta obra difiere de la que tuvieron el retratado y aquellos caballeros aficionados al patinaje, aunque ni Hockney ni otros visitantes de la National Gallery of Scotland suelen reparar en ello. Sobre la irregular trama de surcos pintados y formando con ellos una tupida malla se extiende ahora un agrietado continuo, habitual desde luego en cualquier cuadro un poco antiguo y, por esto mismo, asimilado, desapercibido. Una vez que se completa el proceso de oxidación del óleo, la pintura forma una capa dura pero frágil que se rompe en pequeñas grietas de tendencia vagamente reticular ante cualquier presión o tensión, lo que se conoce con el onomatopéyico nombre de craquelado. En el cuadro con la hermosa figura del reverendo patinador este craquelado resulta digno de mención porque interfiere, corrompe y altera fundamentalmente la naturaleza de la superficie sobre la que evoluciona el caballero. Si en las salas del excelente museo de Edimburgo el observador puede abstraerse de la familiar retícula de grietas y reconocer los rastros de las cuchillas de los patines, en las reproducciones de la pintura, incluso en las que parecen de buena calidad, esta diferencia no es discernible. Ese fondo queda así modificado en nuestra percepción. Las verosímiles incisiones en el hielo con las que Raeburn se propuso crear un firme sustento de realidad para la figura del clérigo son, ante nuestros ojos enfrentados a una reproducción, una confusa maraña de líneas que se cruzan en todas direcciones. Y aunque obtenemos satisfacción al contemplar una buena reproducción de esta pintura, es de suponer que Sir Henry Raeburn, el doctor Walker y sus camaradas deplorarían la pérdida de nitidez. Es la pérdida de una parte importante de lo que Walter Benjamin llamaba “el aquí y ahora de la obra de arte”, por la imposición de la presencia de “las alteraciones que [la obra] haya padecido en su estructura física a lo largo del tiempo”.

Nuestro conocimiento de las obras de arte se produce sobre todo mediante la interposición de una reproducción y con nuestra ignorancia respecto a cuán sustancialmente esa reproducción altera la realidad esencial de la obra: a veces laminando varios niveles de intelección en una sola y simple capa de lectura –como con las incisiones pintadas por Raeburn y las grietas del craquelado, transformado todo en una superficie incierta–; a veces destruyendo el valor de la experiencia del conocimiento con un grotesco remedo de reproducción empastado, borroso y amarillento. Nuestra percepción del hecho artístico, por lo tanto, está condicionada por las carencias de una imitación más o menos tosca. Esas imperfecciones son como las rebabas en un producto de fabricación mecánica. Intolerables, habría que sostener, y más cuando la empírea aspiración de la reproducción es tratar de transmitir nada menos que la belleza incomparable de una obra de arte.

A cualquier producto de consumo diario le es exigible mayor calidad en el acabado mientras se elaboran y distribuyen reproducciones de todo a cien. Naturalmente, compete demandar a las entidades interesadas –los museos, las editoriales– un compromiso con el rigor con que debe acometerse la reproducción de una obra de arte, en especial cuando el soporte natural de la reproducción, el catálogo, se ha convertido desde hace tiempo en elemento imprescindible, testigo y futuro juez de cualquier exposición, cuando “la historiografía del arte se hace a golpes de exposición y de catálogo” (Tomás Llorens, El País, 12 de febrero de 1994), y cuando los museos y las editoriales de España buscan incrementar la difusión de estas publicaciones sin renunciar a acceder, mediante traducciones y pese al incremento de costes, a un público internacional.

Hockney adquirió en Edimburgo una reproducción de El reverendo Walker patinando, y se la hizo enviar a su casa de California. Cuando por fin la recibió, su superficie había sufrido algunos arañazos, y esto le hizo reparar en el triple nivel de mallas entrecruzadas, desastre sobre desastre, y en el modo en que los accidentes –el paso del tiempo que deja su rastro de grietas, las reproducciones que integran todo lo que encuentran, los servicios de correos– determinan nuestra percepción final de la imagen que una vez fue una obra de arte.

A propósito de la producción serigrafiada de Andy Warhol y su temprana recepción en el mundo artístico, recientemente el es- cultor Richard Serra establecía el valor superior de la voluntad del artista al incorporar intencionadamente imperfecciones propias de la reproducción mecánica a la obra reproducida. Otra cosa bien distinta es que una manipulación inexperta o descuidada convierta una reproducción, la forma última de la democratización del arte, en un torpe producto con rebabas.

 

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