
El insomnio de Cervantes
Por Nacho Fernández, director/editor www.literaturas.com
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nachofernandez@literaturas.com
Es sábado, Madrid sufre de sueño y todavía duerme. El viajero ha salido al balcón de su casa cuando apenas despuntan las primeras luces por el Cerro de los Ángeles. La brisa de la mañana de junio es dulce, aprieta la taza de café que está tomando y mira el paisaje urbano que le envuelve, unas calles abiertas, tejados naranjas y árboles frescos. Nunca hace planes, espera que la imaginación le ayude o que el destino pase por delante de su sombrero; no tiene prisa, sabe que en algún momento una señal le advertirá de que tiene que partir. Ahora toma una ducha y más tarde se afeitará con su vieja maquinilla de dos cabezas. Está en su biblioteca, empieza un libro que le han recomendado para ayudarle a vencer el insomnio, consejos para descansar y dormir mejor. La luz del día es extensa, de nuevo mira a través de las ventanas y las hojas vibran asustadas. Empieza la lectura. Según avanza va descubriendo que muchos personajes y escritores han padecido su mismo problema: no conciliar el sueño, despertar temprano, dormir inquietos, creer que duermen cuando los pensamientos siguen golpeando para desvelarnos de nuevo. En ocasiones no solo influía la alimentación o el tipo de vida que llevaran las personas afectadas, el entorno era decisivo para que el duermevela ejerciera su poder, para acabar siendo reo de la noche. Qué curioso, Cervantes había padecido estos ataques de nocturnidad, era uno de los citados en el libro. Cervantes también estuvo enfermo de sueños. De nuevo miró a la ventana, bajó los ojos al texto y halló la señal de aquél día, y la pista precisa: “el entorno”. Pensó, mientras acariciaba las hojas del libro: voy a conocer la casa donde vivió Cervantes, veré cómo fue su habitación, su patio, qué veía desde sus ventanas, qué gente paseaba por sus calles, oiré el aire que respiró y conoceré la alcoba por donde, cada noche de insomnio, paseaba dando vueltas hasta que, rendido, quizás escribiendo, le sonriera el sueño.
Cerró el libro y confirmó algunos datos: Miguel de Cervantes vivió desde los 37 años en Esquivias, un pueblo a 50 kilómetros de Madrid. Consultó su mapa de carreteras y trazó la ruta: salida por la carretera de Toledo hasta Illescas, allí tomar por una desviación que está bien señalizada; tiempo aproximado, menos de una hora. Confirmó que, efectivamente, existía un Museo en la casa donde vivió, sólo le quedaba saber si estaría abierto un sábado por la mañana. Pensó: da igual, siempre estará abierta la iglesia donde se guarda su partida de casamiento, el viaje no será en balde. Se apresuró a coger un cuaderno para tomar notas, su estilográfica, la cámara de fotos y la ropa más cómoda. Arrancó el coche rumbo a Esquivias, localidad donde Cervantes fue muy dichoso aunque no pegara ojo por las noches. Ahora sabremos por qué.
El paisaje es lineal, empieza a hacer calor y las últimas desviaciones hacia el objetivo están cerca. Me he parado en un bar de la plaza mayor del pueblo a tomar un café. He cogido un tríptico informativo, están encima de la barra junto a los ceniceros y al palillero, en España los tesoros suelen estar a la vista. Leo:
«Esquivias está al pie de los cerros de la Cruz y Santa Bárbara, desde cuya cima se divisa una espléndida panorámica de toda la comarca de la Alta Sagra, aquí Miguel de Cervantes pasó los años más tranquilos de su azarosa vida. Pueblo de ilustres linajes, conserva valiosísimos documentos de la vida de Cervantes, como su partida de boda con doña Catalina de Palacios. En el siglo XVI Esquivias contaba con 250 vecinos de los cuales 37 familias eran hijosdalgos: Salazar, Vivar, Quijada, Ávalos, Palacios y Guevara son alguno de ellos. El 12 de diciembre de 1584 fue cuando Miguel de Cervantes contrajo matrimonio con Catalina de Palacios Salar, que tenía 19 años y era hidalga de Esquivias». Respecto a la Casa Museo de Cervantes, el tríptico dice que «durante todos estos siglos, el pueblo ha conservado esta ilustre mansión en la que se mantienen intactas las características de las casonas de labradores acomodados de los siglos XVI y XVII. La casa perteneció, como consta en el escudo de su fachada principal, al hidalgo D. Alonso Quijada Salazar, miembro de la familia de “los Quijada”, y considerado por gran número de biógrafos y estudiosos de la obra de Cervantes como el primer modelo para la creación del personaje de Don Quijote de la Mancha».

Estoy en el lugar exacto, sin duda, voy a ver esa casa y conocer más secretos sobre el escritor, quizás no descubra nunca por qué fue insomne, pero lo intentaré. Camino hasta el lugar señalado y me encuentro con una casona, mitad fantasmagórica, mitad casa rural al estilo de hoy. Pintada de blanco, muestra el escudo familiar muy deteriorado y se encuentra rodeada de casas de nueva edificación, lo que hace no que el sitio pierda su encanto, sino que no lo llegue a encontrar.

Cruzo el portalón de madera y la persona al cuidado del museo me invita a pasar. Hay un patio empedrado, con un castaño inmenso que da sombra de siglos a la estancia; atravesamos una cristalera que hace de hall de entrada, en lo que antiguamente era un techado que prolongaba la casa para disfrutar de su patio exterior. La casa-museo tiene dos plantas y fue declarada monumento nacional en 1971. Conserva perfectamente la estructura de los techos con vigas de madera vistas, las puertas con los herrajes y las rejas de las ventanas, cuadra, bodega y cueva. Las vitrinas de la entrada al museo contienen un preciado tesoro para el visitante: una edición facsímil de la primera y segunda parte de El Quijote, originales de La Galatea y documentos referidos al cura Pero Pérez o al Bachiller Sansón Carrasco, entre otros, que demuestran que muchos de los personajes de la novela cervantina están inspirados en tiempos y nombres de los habitantes de Esquivias; puede verse además la firma autógrafa de D. Alonso Quijano. El recorrido de la Casa Museo es breve, apenas veinte minutos; la guía explica con oficio las distintas estancias de la casa, los cuadros que cuelgan de sus paredes y el estilo lúgubre de su reconstruida decoración. Llego a la habitación de Cervantes y advierto que el tal caballero no debía de ser muy alto; para empezar, la puerta que da acceso a su estancia es baja, la ventana al patio interior, estrecha, lo único que salva la alcoba es un balcón mirador, también pequeño, desde donde vería el paisaje de cereales y viñedos que rodeaba el pueblo en el siglo XVI, sin duda un lugar de inspiración muy limitado. Creo entender las causas del insomnio de Cervantes, el famoso “entorno”: el ruido de chicharras e insectos en verano, y la fría habitación poco acogedora en invierno, debían de causarle un estado de ánimo muy poco propicio para el sueño.
Sólo se conserva original de aquella época la estructura del edificio. Nada más. Me señala la guía una mesa del siglo XVII que, a modo de escena acogedora –es un decir-, decora la habitación del maestro. Solo hay eso. No es de extrañar: durante muchos años la casa de Cervantes estuvo abandonada, los herederos quisieron traspasar su custodia a la Junta de Comunidad de Castilla-La Mancha, quien ahora es propietaria y ha instalado en las antiguas caballerizas una Casa de la Cultura “made in Spain”, imagínensela. La casa estuvo olvidada, fue expoliada por coleccionistas, repartida entre los familiares, dejada por las instituciones. Casi derruida. En 1994 la Junta y la Fundación Ramón Areces –fundador de El Corte Inglés- donan una suma de dinero para una reforma barata que permita mantener en pie el caserón de los “Quijadas”, tal como hoy lo conocemos.

El final del recorrido es la bodega y una muestra de aperos de labranza donado por los vecinos en la que se recogen distintos utensilios para las tareas del campo. Como nuestro país es mágico y a veces surrealista, ahora los novios que se casan van a fotografiarse al Museo Casa de Cervantes; aquel sábado la pareja posaba ante unas tinajas de 500 litros, junto a unos pellejos de vino, trillos y serones, concepto bizarro para una postal cañí de la España profunda. Cuando salgo de la casa, me siento liberado, tranquilo, he descubierto el misterio del insomnio de Cervantes: su vida en aquella casa fue una pesadilla.
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