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Bret Easton Ellis


EspacioAmerican psycho


O el triunfo absurdo:
la provocación teñida
de clichés

 

 



Por Jordi Corominas i Julián


Cada generación necesita un enfant terrible para reivindicar su posición en el espacio y aspirar, algo fútil que el tiempo adjudica, a la toma del poder literario. Bret Easton Ellis irrumpió en escena con sólo veinte años en 1985. La publicación de su novela Less than zerocausó un hondo impacto que su segunda obra, American Psycho, acrecentó hasta límites insospechados. La frialdad de los trazos de Patrick Bateman, yuppie de Wall Street en los albores de los noventa, fue un mazazo cargado de descripciones precisas con el añadido, quizá lo más interesante de la obra, de mostrar la absoluta invulnerabilidad del poder, que mata y vive en la alienación. La posterior adaptación fílmica del libro hizo el resto y convirtió a Easton Ellis en un icono de la literatura americana de videoclip y posmodernidad al uso. Por eso conviene analizar su figura y matizar su trascendencia.

El clamor de escándalo que suscitó Less than zero sólo puede entenderse desde las coordenadas históricas del momento de una América cargada de conservadurismo rancio y putrefacto simbolizado por la figura de Ronald Reagan, adalid del voluntario en arriere de la civilización occidental. Heredera de un cierto realismo sucio, pienso en Bukowsky, que bastardiza, la primera novela de Easton Ellis es una acumulación de tópicos sobre los hijos de papá del mundo de la farándula con el añadido de introducir determinados elementos molestos como la homosexualidad previo pago, el aburrimiento de vivir, algo que en Europa se trató bastante después de la Segunda Guerra Mundial, y sus consecuencias directas: sexo y drogas sin control.
¿Cuál es el interés del libro? El héroe, que en ocasiones destila ternura de endeble sentido del humor, quiere erigirse en analista de la situación, emitiendo diagnósticos inánimes mezclados con dolores nasales y una fatua pretensión de Bildungsroman que sólo acierta en dar al protagonista un principio y un fin, su estancia en los Ángeles es pasajera, limitando así su presencia en el tiempo y el espacio.

Less than zero constituye un banco de pruebas para la siguiente novela del autor: American Psycho. Ello se advierte al comparar las descripciones y ambientes de uno y otro libro. En su Opera Prima Easton Ellis muestra cierta obsesión por la indumentaria de los personajes para evidenciar su elevada condición social, hecho que adquiere una exquisita y pérfida sofisticación en su siguiente libro, donde la mención de marcas de ropa llega al paroxismo de lo obsceno con la intención de retratar una sociedad enferma con síntomas demasiado visibles y en expansión.
Por otra parte, cabe resaltar, dentro de este parangón textual, la impostura del autor, que no puede perdonarse pese a su juventud. Su trampa, ¿ardid de niño mimado que se cree more than the others?, consiste en repetir palabra por palabra una página en uno y otro texto, como si el lector fuera imbécil y no tuviera la posibilidad de comprobar la poca recursividad léxica, o imaginativa, del autor, si bien cabría considerar la perniciosa opción de entender esta práctica como una broma de Easton Ellis para decir que no hay tanta diferencia entre los jóvenes perdidos de los Ángeles y el broker triunfante e impune de la jungla neoyorquina, personaje que, analizando ambas obras, parece ser la evolución madura del protagonista de Less than zero. Bateman es un hijo de Papá que ha decidido trabajar para ser más independiente y superar el tedio vital mediante la premisa de querer más y más hasta saciarse. Cuando descubre que el dólar no es suficiente aplica otra táctica de ocio innovador: el asesinato a sangre fría, sin piedad, como quien realiza operaciones bursátiles sobre seguro. Sus crímenes son los de un hombre alienado que se sabe a salvo, que juega a la ruleta del crimen por el vicio del riesgo absurdo en un in crescendo continuo de sadismo y depravación. La frialdad de la narración hace que esta avance de la mano con Bateman, con una traca final donde los rasgos de elegancia del personaje desaparecen por su entrega absoluta a la causa de perder el rumbo de sí mismo y erigirse en una hermosa, todos los potingues tienen su razón de ser dentro de la gran máscara pintada por Ellis, máquina de destrucción humana.

Bret Easton Ellis

Desde una óptica interpretativa American Psycho es una metáfora de una sociedad de fragmento para conseguir la unidad. Bateman es la primera víctima, pública que no real, de la sociedad de lo breve, de actuar con velocidad para alcanzar los objetivos marcados en el libro de ruta. Sus muertes, su ansia, son un plato habitual que puede expresarse en muy distintas formas. La única diferencia con la cotidianidad de uno cualquiera es el contexto y la afilada cuchilla que Ellis ha elegido para retratarla y hablar del mal del fin de siglo de tijeras que cortan pedacitos de papel y convierten el mundo en retal de retales donde el individuo se ha convertido en un ser que quiere una cosa y la consigue a toda costa. El recurso del personaje libre de preocupaciones económicas es otra estratagema más de impacto, herramienta de construcción que me parece banal pero, en este caso, efectiva, pues logra que el lector sienta aún más atracción por el mal desprovisto de la desesperación del pobre.

El texto de Ellis es tan cruento que su adaptación al celuloide dejó en el camino la mayor parte de detalles sangrientos para no convertirse en un film gore. Lo mismo, aunque con otros matices, ocurre con Fight Club, adaptación de la homónima novela de Chuck Palahniuk, verdadera sangre fresca de una generación americana que altera, y no en sentido de cambio, más que escribe.

 

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