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El Eco

Por Aniceto Lince

El eco entretenido del tren se fundía en el tímpano de 1999, era vino tinto Brunello di Montalcino o las raíces perforando en los pies del Montsant, la roca de Scala Dei (Priorat), en busca de agua mineralizada, fosilizada en el granito, que le hacia recordar con tanta fe, la ola del Mediterráneo, (“el lago” para conocedores de mares de poca tierra, dicen).

Balazs Kicsiny en la Biennale de Venezia

Nunca le habían gustado las montañas por su torpeza, sin embargo, ahora se encontraba marinero recortando el cielo Alpino. La tempestad no tardó en llegar, el clima no se hace esperar, a una altura de 1.200 metros, (que le costó subir medio día, para leer). Él sacó la hamaca de la mochila y la colgó entre dos abetos Mamut. Volvió a coger la mochila y siguió buscando su libro en el interior sin encontrar, su tez se tornó crema de huevo, había olvidado su Biblia, el II tomo de su diccionario enciclopédico, el libro por el que yacía un amor insuperable. Las noches que había pasado en su compañía despertaron su gran despiste.

Las burbujas del cristal soplado de la copa, reflejaban su inmensa cara de pan decepcionado, empezó a imaginar con el frío la realidad, que era verano, el calor desmayaba las velas del recuerdo quedándose pegadas al cristal, se quedó fresco tumbado en la hamaca, tiesa como un tronco, se podían sentir los hilos, (a -10° chirrían sín verse), nevaba apaciblemente pero soplaba fuerte, se levantó estupefacto ante el escándalo de un jilguero intentando atrapar una manzana caduca al mismo tiempo que un cuervo. No respiraban, tan solo sobrevivían gracias al fruto de los éxtasis de pistilos acariciados por insectos voladores, pensó en las piernas de Esther, blancas como el presente paisaje, sus manos empezaron a moverse en direcciones opuestas, estaban en el aire y moldeaban el escenario perfecto, de un buen teatro, “La entrepierna de Victoria” (sería el título), estaba frente al mar, horizontal, donde hunden sus remos los avellaneros, para surcar los prados del desierto, en tales campos se engendran las semillas (la montaña estaba en su cabeza) que enlazan las raíces líquido-orgánicas y gas-oxigenadas a las tierras desorgánicas. Con el aceite del olivo las quemaduras de frente ancha se calman y se hidratan las neuronas palpitantes.

Hay que pensar

Lo olvidó todo. Llegó la nueva ola artificial que lo refrescó en el parque acuático y los gritos de excitación de la gente (humana) frente a la ola calculada, mecánica, no los olvidaba nunca.

Había tres velocidades en ese mar azúl, la primera marcha era agitándose entre ellas, miles de olitas moviéndose con la misma intensidad, unas contra las otras, la segunda eran ondulaciones de tres por tres con intermedios de seis minutos de calma, la tercera era lanzada y el bucle de olas volvía empezar.

Era pequeño cuando su madre le ordenó, que acompañara a su hermana pequeña a conocer el nuevo parque acuático de la costa, él no quería ir, era muy maniático, las bacterias tomaban cuerpo de metro y medio, sus ideas negras se alimentaban demasiado fácil en lugares de ese tipo.
El orden social no se puede alterar y menos cuando tenía tan solo once años. Su madre preparó las bolsas, les aconsejó que no se entretuvieran por el camino y se fue cogido energéticamente de la mano que estiraba inquieta, su hermana Lena, así es como Igor Campos Ruban conoció “la nueva ola mecánica”.

Bailarinas en ola

Los frutos de intenso perfume necesitan sequía para concentrarse mejor (decía su abuela).
―¡Abuelita! ¡Abuelita! ¿Qué boca más grande tienes?
―¡Para comerte mejor! ¡Ahamm!
Se comió la oliva que flotaba en su Martíni Bianco y siguió leyendo:
La nieve escala montañas,
el vapor lo hace en las nubes
los olores sumergen la nariz
a la esencia de una rosa pimentada,
sin perdón, con perdón,
frente al espejo,
siempre somos dos,
Las botellas vacías soplan la gloria de los genios.

El conocimiento de la existencia sería encontrar el reflejo y luego el espejo.
―¡Mamá! ¿Cómo se pide un deseo?
―Cerrando los ojos y soplando muy fuerte.
―¡Ah! ¡Vale!
Le era muy difícil vivirlo, porque la muerte no lo amenazaba, lo acompañaba, se había quedado dormido grande, siendo pequeño.
Había explotado una bomba en su pueblo.
Con el alma no se puede jugar.

Fin

 

Sweet home, instalación de Balázs Kicsiny en la Biennale Venecia 2005.

 

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