

Padres, hijos
y teóricas esperanzas
Por Jordi Corominas i Julián
Pocas literaturas han tenido tanto poder como la francesa. Su mercado editorial y la estructura del mismo consiguen que año tras año las letras del Hexágono consigan algún que otro escritor de interés para el gran público. Puede que hayan pasado los años gloriosos del siglo XX, pero aún así no está de más recordar algunos nombres del presente y futuro, si bien el que escribe, como intentará plasmar a lo largo del artículo, tiene reservas más que fundadas sobre alguno de ellos.
Veamos como se compone el vagón de la nueva literatura francesa. Un avance del horario ha hecho que los pasajeros Michel Houellebecq y Frèderic Beigbeder, nada preocupante dentro de unos años, hayan perdido su reserva. Problemas de ¡bluf! dice el revisor. Quizá otros viajeros sufran el mismo percance, pero primero conviene tener noticia de sus actividades.
El maquinista: Jean Echenoz (Orange, 1947)
Su obra, como por otra parte ocurre con la mayoría de los componentes del tren, no es muy conocida en España. El inefable Jorge Herralde, editor de Anagrama, ha publicado alguna de las mejores perlas de este multipremiado −Gouncourt, Mèdicis− escritor. La última de ellas, Au piano, es una delirante historia que combina acción y gran capacidad descriptiva espacial en el relato, características típicas de un narrador del que también conviene leer Rubias peligrosas, novela de ritmo trepidante, cargada de humor y profundidad, y Me voy, texto que lo catapultó a la primera línea del panorama literario galo. Se le considera un autor de culto, por lo que el lector que hasta ahora haya ignorado su existencia tendrá que abrir sus páginas sin prejuicios, olvidando etiquetas de tres al cuarto e intentado, algo no muy complicado, disfrutar con la habilidad de Echenoz.

El suplente que aprendió tarde el oficio: Christian Gailly (Belleville, 1943)
El camino vital de este suplente de lujo, nunca se sabe que puede pasar en un tren que pretende correr tanto por pasado y prestigio, está surcado de sendas destinadas a fusionarse en la ruta de la escritura. Gailly trabajó como saxofonista de Jazz y luego fue psicoanalista, ocupaciones que pueden ayudar a entender su destreza en determinados aspectos de su arte narrativo que tiene como pilar irrompible el espléndido Una noche en el club, novela de amor, memoria y color, muy alabado en Francia pero prácticamente ignorado, pese a ser una de las mejores publicaciones extranjeras de 2004, en España. Gailly usa frases cortas, describe mucho con poco y es concreto en la construcción de sus personajes y ambientes, virtud que hace que las páginas de sus obras vuelen como, y no es un tópico fácil, si el lector asistiera a una sesión de Jazz sin música sonora.
Su última novela, Dernier amour, parece sufrir las consecuencias del éxito de la anterior. Gailly repite ciertas situaciones y el recurso de la enfermedad parece una excusa para volver a insistir en el amor, la casualidad y el triunfo humano ante circunstancias adversas.
El querido por los empresarios: Eric-Emmanuel Schmitt (Saint Foy Les Lion, 1960)
Hablar de Eric-Emmanuel Schmitt es hacerlo de polivalencia. No hay terreno que se le resista. El que escribe lo descubrió siendo un crío en Barcelona a través de una representación teatral de Le visiteur, donde Freud psicoanaliza a Dios sin mucha fortuna, todo lo contrario que el nivel literario de la obra.
Recientemente su nombre ha empezado a sonar en España por la adaptación fílmica de Monsieur Ibrahim et les fleurs du Coran, interpretada por Omar Shariff, pero posiblemente no nos acostumbraremos a este ciudadano de Dublín hasta que Anagrama no publique Le part de l’autre, novela donde se plantea la vida de Hitler a partir del que el autor considera el momento clave de su existencia: la negativa de la Academia de Bellas Artes de Viena a aceptarlo en su seno. Schmidt construye una historia dual −Hitler dentro y dedicado al arte, Hitler rechazado, soldado en la Gran Guerra y futuro genocida− que plantea la importancia de las pequeñas decisiones en el rumbo de la historia humana. La temática muestra la ambición de un autor endiosado en Francia pero residente en Dublín que siempre parece querer ir a más.

Una que no ha pagado el billete y que no ve más allá de su ombligo: Amèlie Nothomb (Kobe, Japón, 1969)
Esta escritora belga de pluma fácil y lectura a lo fast food, prueben sus manjares y verán como las páginas se devoran pero no alimentan, tiene un grave problema de egocentrismo que refleja en cada uno de sus libros. Cree ser muy graciosa y original, sensación que quizá el lector corroborará a la primera lectura de una de sus mil y una novelas, pero en realidad repite constantes cada dos por tres. Para estropear más aún la cuestión resulta que la Nothomb es multipremiada y presume, es un claro ejemplo del mal cultural que padecemos en la sociedad de consumo, de moderna, cuando en realidad sus obras son novelitas que pretenden innovar mediante un constante diálogo que quiere ser inteligente cuando sólo tiene mínimos destellos de calidad, pues las historias quieren ser tan sorprendentes que caen en la nada con mucha facilidad. Nothomb es un poco como La liga de fútbol, que sirve una nueva edición, en su caso una novela, cada septiembre esperando repetir el interés de la edición anterior. Ella no tiene ni la magia de Ronaldinho ni a un Rikjaard que le confiera serenidad y aplomo.

Un chico listo con un probable brillante futuro: Tanguy Viel (Brest, 1973)
Producto, como muchos de los ya mencionados, de la extraordinaria Èditions du Minuit, Viel es un autor con talento que cometió el error, algo que a la crítica suele encantarle, de saltar a la palestra con un libro hermético e intelectualoide, Cinéma, que no se podía leer sin ver previamente una de las últimas películas del gran Mankiewickz. Esta primera y arriesgada apuesta es interesante porque apunta rasgos del estilo de Viel, quien en La absoluta perfección del crimen, muestra maneras en la construcción de una trama con muchos toques cinéfilos de género negro francés y americano, de Rififí pasando por Le Samourai hasta llegar a Ocean’s Eleven. Con su segunda gran novela en el mercado Viel construyó un edificio sobrio de silencios y sombras que respetaba los elementos básicos de un género con mucha tradición y por eso difícil de tratar. El crimen fallido, algo previsible, es sólo una más de las consecuencias de las honestas premisas del autor: la originalidad no existe, es para aquellos que quieren Èpater. Sin buscarla Viel logra no caer en la banalidad, sus personajes son auténticos y la novela respira, algo que esperamos que suceda con su última obra, Insoupçonnable.

L’ètranger provocador: YB (Argelia, 1968)
A falta de leer L’explication, sólo he podido comprobar la presunta calidad de este autor norteafricano en la controvertida Alá superstar, donde destacan la prosa a ritmo de rap, el uso de jerga de las periferias parisinas, una insólita presentación del contexto y unas ganas locas de figurar que bloquean el resto de cualidades. YB es un producto muy actual que puede que dure poco más que un suspiro. Con Alá superstar parece decirnos que es capaz de decir mucho, pero aún le falta pulir una soberbia, nunca mejor dicho, a prueba de bombas
y la insolencia del que sabe escandalizar por puro placer. El otro gran ètranger es Andrei Makine, pero quien escribe −este texto tampoco pretende ser una Biblia de la nueva literatura francesa− ha leído poco de él y lo considera un autor sensiblón a la antigua usanza que, lo cortés no quita lo valiente, escribe como los ángeles.
¿Por qué ganó el premio Renaudot 2004 una escritora muerta?
<< Artículo anterior .......................... Sumario >>