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Por Félix Andrada

Bill Traylor nació esclavo en 1854, en una plantación de algodón en Benton, Alabama, y permaneció allí hasta 1935, cuando se trasladó a Montgomery. Con ochenta y un años carecía de hogar estable y vivía de hacer pequeños trabajos. Un día empezó a dibujar y en tres años produjo cerca de mil ochocientas imágenes que representaban su visión particular de la vida rural de Alabama. Fue «descubierto» por un joven artista, Charles Shannon, que le presentó a los pintores regionalistas del New South y le organizó algunas exposiciones. Hoy es objeto de monografías. Su obra se admira en los museos americanos y es coleccionada con entusiasmo.

Bill Traylor

Aloïse Corbaz nació en Lausana en 1886. Huérfana de madre, ella y sus cinco hermanos quedaron al cuidado de un padre al parecer brutal. Con veinticinco años, marchó a Alemania, donde trabajó como institutriz de las hijas del capellán de la corte. Allí se enamoró del káiser Guillermo II, a quien escribió una apasionada carta de amor. Después, su comportamiento se volvió anómalo, fue víctima de agitadas crisis, sufrió arrebatos religiosos, desarrolló una manía persecutoria. A la edad de treinta y dos años se le diagnosticó esquizofrenia y fue internada en un sanatorio, donde permaneció hasta su muerte a los setenta y ocho años. En el hospital comenzó a dibujar fantasías sobre su imaginaria relación sentimental con el káiser, sobre la maternidad, sobre el amor trágico. Dubuffet, quien solía visitarla, sintió gran admiración por su trabajo y lo incluyó en el núcleo inicial de su colección de Art brut.

Aloise Corbaz

James Castle nació en Idaho en 1900. Era sordo de nacimiento y rehusó a aprender el lenguaje de los signos. Dibujó y pintó desde muy joven empleando materiales encontrados o inventados: hollín mezclado con saliva, trozos de telas de colores deshechos en algún tipo de aglutinante, jugo de hierbas y hojas machacadas, palos en lugar de pinceles. Aunque su familia y otras personas le proporcionaron pinturas y lápices, él siempre prefirió sus propios materiales. Murió a los setenta y siete años.

James Castle

Son «outsiders», artistas marginales, y sus obras forman parte del conjunto que se exhibió la primavera pasada en las salas de la fundación La Caixa, de Madrid. Después de pasar este verano por la Whitechapel Gallery de Londres, la muestra acaba de inaugurarse en el Irish Museum of Modern Art de Dublín. La exposición, “Inner Worlds Outside”, llama la atención sobre lo difuso de la línea que separa el arte realizado por artistas acreditados y el producido por creadores que se sitúan fuera de los límites de la corriente principal: alienados, visionarios, locos, médiums... personas a salvo de la cultura, así es como los definió Dubuffet, que los dio a conocer a finales de los años cuarenta y los hizo existir como tendencia. Otra exposición, «Art brut: genio y delirio» presenta estos días en el Círculo de Bellas Artes de Madrid una selección de obras procedentes de la colección Dubuffet.

Magde Hill. Su infancia y su juventud fueron difíciles. Su maternidad una dolorosa sucesión de desgracias. Desde los treinta y siete años fue inspirada regularmente por un espíritu que se expresaba a través de ella en dibujos intrincados, laberínticos, a cuya realización Hill se entregaba febrilmente.

August Neter. Tuvo una visión del Juicio Final, con una multitud de personajes, símbolos, paisajes antropomorfos, escenas de guerra, todas las bellezas del mundo, imágenes sucediéndose a toda velocidad. Su equilibrio mental se trastornó y fue hospitalizado. El resto de su vida se dedicó a reproducir su visión en dibujos minuciosos.

August Neter

Adolf Wölfli. Estuvo en prisión por pederasta. Al reincidir fue internado de por vida en una clínica psiquiátrica. Sufría alucinaciones terroríficas. Se entregó a la producción de una ingente obra artística, más de veinticinco mil páginas de escritos y dibujos, que lo protegió del terror. Murió en 1930. En 1972 su trabajo se expuso en la Documenta, la feria de arte contemporáneo, y hoy se conserva en el museo de arte de Berna.

Adolf Wolfli

En la exposición de Madrid, Londres, Dublín, la obra de estos creadores afincados en los bordes oscuros del mundo del arte se ha colgado junto a la de conspicuos representantes de episodios luminosos de las vanguardias: Paul Klee, Joan Miró, Man Ray, Antoni Tàpies, Max Ernst… La naturalidad con que esas obras conviven, plantea la interesante tesis de que todos los artistas, los que están dentro de la corriente y los que están fuera, los integrados y los marginales, son hijos de la modernidad. Su producción artística, aún la más extrema, forma parte de un legado cultural vinculado al presente.

Cuando a Bill Traylor, el ex esclavo iletrado, el octogenario creador prolífico y brillante le preguntaban por qué su arte, simplemente respondía «It just came to me». A propósito de sus cuadros, Chagall decía: «No los entiendo... son disposiciones pictóricas que me obsesionan»; y Picasso: «El artista recibe sentimientos, vengan de donde vengan». Lo cierto es que los desórdenes padecidos por Hugo van der Goes en el siglo XV, o por Annibale Carracci o Adam Elsheimer en el XVII, que documentaron Rudolf y Margot Wittkower, y que hoy podrían identificarse con patologías bien determinadas, ya se situaron en su época en un ámbito misterioso, tal vez más propio de los incógnitos dominios de la genialidad que de los del trastorno mental. El artista posfreudiano, por su parte, esté o no integrado en la ortodoxia, goza de un grado de libertad personal mucho mayor, y se permite enfatizar el elemento emotivo presente en el proceso de creación artística. En el arte, los límites entre la insania y la gracia creadora parecen estar siempre a un paso de diluirse.

En 1993, el Museo Reina Sofía presentó la exposición «Visiones paralelas: artistas modernos y arte marginal», que es un referente directo para aquella otra que se ha comentado y que supuso, sin duda, una aportación científica de trascendencia mucho mayor. Una de las comisarias, Maurice Tuchman, despejaba los términos del problema: los artistas marginales no siempre son personas mentalmente trastornadas, la mayoría son autodidactas, creadores aislados, al margen de la ortodoxia cultural y particularmente «de la compleja infraestructura del mundo artístico, esto es, de las galerías, museos y universidades con que normalmente se relacionan los artistas ortodoxos». El artista marginal puede crear pero no sabe valerse ¿Es como un niño perdido en el territorio fronterizo de la creación artística? Ese espacio es frecuentado por el pazzo —alocado, extravagante—, así se definía Miguel Ángel, por el melancólico, por el arrebatado, el visionario, el genio, el alterado, el loco. Los Wittkower afirmaban que sí, que tal vez el artista favorece la expresión de lo emotivo durante el proceso creativo, pero que se requiere una mente sumamente sofisticada para hacerlo... «una entrega muy consciente al subconsciente». Tal vez es la posesión de ese elemento de control lo que sitúa al creador en este o en aquel lado de la línea.

Un día de 1939, Joseph Crépin oyó una voz que le ordenó pintar trescientos cuadros. Si lo lograba, dijo la voz, acabaría la guerra. Crépin se puso manos a la obra y terminó la tarea el 7 de mayo de 1945, el día de la capitulación de Alemania. Un tiempo después, la voz se dejó oír de nuevo: si pintaba cuarenta y cinco cuadros más, conseguiría asegurar la paz futura del mundo. Crépin se aplicó de inmediato y comenzó la nueva serie de obras. Falleció en 1948, poco después de dar los últimos toques a la pintura número cuarenta y tres.

Joseph Crepin

 

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