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Lince

El Enjambre

Por Aniceto Lince

 

Esteban se preguntó, una vez más, cómo cerraba la boca inútilmente antes de salir de casa.
Todos los días se levantaba sobre las siete y media de la mañana, antes de abrir la puerta para salir, apretaba bien los labios (con sus mandíbulas de hueso), así el olvido no lo traicionaba, cerraba la puerta y se dirigía al mercado central de los Faisanes, cruzando dos calles y una avenida.
La primera a la derecha era la c/ Anémona Japonesa, siempre la marchaba reflexionando el porqué de esa cara, que le inspiraba la imagen de exiliado gracias a la fortuna de la imaginación, preguntando a los pocos paseantes de esa hora si conocían la vieja Anémona, pero nadie le contestaba. Era demasiado pronto para ingenuas flores extranjeras. Seguidamente cruzaba (si estaba verde) la gran avenida del Antiguo Consejo de Estado y ahí prefería pensar prácticamente en su nutrición ¿Qué es lo que iba a comprar?. Llegaba a la esquina entre la c/Bierzo y la c/Brisa que es la que tomaba y en unos cuantos metros ya estaba en la calle del nuevo mundo donde se encontraba el mercado.

En ese lugar popular en formas de voz y caras, se entretejían algunos conocidos. Esteban se cruzó con más de uno que le preguntó o le chisteó la mañana.
Le maravillaban esas gentes mercantiles donde nadie se conoce bien, sin saber del fruto o la raíz.

Uno de ellos fue Ginés, un conocido de sus padres, con el que se cruzó en la frutería.
Cuando Ginés llegó a su casa con la compra, le preguntó a Lucía (su mujer) si había visto a Esteban y si sabía que era mudo. Lucía le respondió que recordaba a aquel muchacho bien alto, por sus padres ejemplares en la cría de ganado y venta.
Eran grandes comerciantes sin deudas, pero no sabía que Esteban era mudo, desde que Alicia, su madre, sufriera un ataque al corazón hacía cuatro años y su padre la siguiera por no soportar su desaparición, no había sabido de él.
Ginés tuvo una sensación extraña y le contó a su mujer.
—Lucía, hoy nos vimos comprando y le pregunté: ¿Qué, Esteban, a por sardinas frescas?; y me contestó con los labios bien apretados que no, que eran patatas de carne harinosa lo que buscaba, se llaman Binches, las mejores para freír, decía sin abrir la boca. ¡Habrase visto!

Henry Bursil 1859

Esteban llegó a su casa ilusionado, abrió la puerta, todo parecía estar en su lugar, relajó las bolsas encima del pequeño frigorífico y salió (con la boca cerrada) a dar una vuelta al jardín, a ver si el pigmento rojo del día a día le daba para tomar unos tomates a la hora de comer, recién cogidos del huerto. El maíz seguía creciendo, el hinojo también y los tomates estaban verdes.

Volvió a la casa, tomó su violín, se puso a tocar durante toda la mañana. A la hora de comer se frió sus Binches y se las comió con sal. Siguió tocando hasta el anochecer: En un momento dado, paró su arco sobre el piano, colgó el violín en la pared del salón y se frotó las manos.
Había encontrado lo que buscaba, esta mañana, en una tienda de ultramarinos secos o ahumados sus almendras preferidas: The Smokehouse, Blue diamond (Almonds from California, USA).
Se puso a cenar, le daban mucha sed, porque eran muy saladas… ¿pero el ahumado?  estaba seguro de que era de salmón. Él pensaba en compañía de su whisky: “¿Cómo se puede ser tan salado como el mar y tan dulce como el río? Hay que ser almendra y ahumada al salmón”, se decía él mismo.

Esteban estaba enganchado a ese sabor químico e imaginar lo natural le era imposible.
El perfume se inventa cuando se vende, pero no existe.
«Il médico de la Peste», era su consciencia y le decía:
—Cierra la boca Esteban.

En primavera vio entrar una avispa entre el marco de la puerta principal y la pared de madera. Era verano y, naturalmente, se habían multiplicado. Cada vez que salía por la puerta cantando la cerraba, no fuera harto probable que una atracción fatal se produjera a tales velocidades.
Existía un enjambre de avispas en la puerta de su casa.
Una vieja sin mapa.

Il medico della peste, mascaras de Venecia

 

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