

De V.S. Naipul
Por Marta Sanuy
El protagonista de las novelas de V.S. Naipaul es siempre el mismo: un personaje que se ve vivir a si mismo; un personaje, contemporáneo dónde los haya, incapacitado para implicarse en algo porque ni siquiera es capaz de descubrir qué le afecta. Ese personaje cuenta al oído del lector sus peripecias consiguiendo, desde el principio, toda su atención; no tanto porque sus historias sean excepcionales, que lo son, cuanto porque están contadas con una voz que todo, hasta lo más íntimo o lo más perentorio, lo puede relatar desde la distancia y el extrañamiento. Y esa voz nos resulta muy familiar.
En Semillas mágicas Willie Chandral empieza contándonos su vida, absolutamente pasiva, en Berlín, donde comparte apartamento con su hermana. La ciudad, su hermana y todo el tiempo del mundo, le inspiran una búsqueda de si mismo. Para llevarla a cabo describe su último trecho de vida en un país africano y descubre que es anormal la indiferencia con la que acaba de vivir allí una guerra atroz; en un país que después de tantos años se había convertido en su país. Remontando en el tiempo, descubre otros alejamientos: el que sintió como estudiante hindú en Inglaterra; el que sintió durante años hacia su ahora adorada hermana; el que regía su relación matrimonial en África. Sigue remontando hasta su des-apego primordial: el que sentía mucho antes hacia su India natal
En lugar de Semillas mágicas este libro podía haberse titulado como uno de Alejo Carpentier, Viaje a la semilla, porque Willie, para poner remedio a su abulia y encauzar una nueva vida con los deslumbramientos de su hermana como guía, decide volver a la India e introducirse en el grupo guerrillero que lidera un nuevo Gandhi que, imaginado desde Berlín, alcanza la dimensión remota y enigmática del Kurtz de Apocalipsis Now, esta vez en una versión espiritual. Pero cuando Willie llega a la India se produce un error, el contacto que le habían proporcionado no le lleva hasta el gran guerrillero sino a un grupo escindido y degradado de su movimiento. Willie se queda otra vez mirando, estupefacto, lo que le rodea, se queda tanto tiempo que después ya no puede salir del grupo. Y sigue mirando. Y continúa escribiéndole a su hermana. Y luego aún hay más viajes y peripecias en esta novela, tan hábilmente escrita, cuyo protagonista es el nómada más pasivo que se pueda imaginar.
Edward Said acusaba a Naipaul de ser uno de los responsables de la imagen chata que se vende en Occidente del Islam. ¿Estaría cegado el lúcido crítico por su implicación en el tema? ¿Está cegado Naipaul, éste por la gran calidad de su prosa, ante la magnitud de los conflictos sociales y políticos que aborda en sus novelas? Sería interesante averiguarlo, preguntarse qué hace siempre placentero leer a Naipaul, por duros que sean los universos que retrata.
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