El cine y el jazz, más que una relación de amor
Por J.A. González
Madame Carala paseaba exhausta de madrugada por las calles de París buscando el último rastro de Monsieur Tavernier bajo la dinámica nocturna de hombres y mujeres averiguando su propio destino o, simplemente, intentando perderlo.
Cuando Louis Malle rodó en 1957 Ascenseur pour L’echafaud fue sin duda el momento en el que el Jazz dejó de ser una estrella invitada para convertirse en co-protagonista.

Miles Davis de gira por Europa, es invitado por Louis Malle a componer la banda sonora de la película, grabación que se realizó en una sesión sin precedentes durante una sola toma mientras la música se montaba sobre las propias imágenes.
La relación entre el Cine y el Jazz siempre ha suscitado ciertos problemas y ambigüedades pero sin duda esta relación ha producido cosas hermosas como la mencionada Ascensor para el cadalso o Alrededor de la media noche de Bertrand Tevernier, donde se reconstruye con delicada exactitud el ambiente del famoso Blue Note de París y la vida del pianista Bud Powell magistralmente interpretado por Dexter Gordon.

Durante la II Guerra Mundial, cuando la industria cinematográfica de Hollywood iniciaba su declive, el Swing estaba dejando paso al BeBop pero todo el mundo sabía que el Jazz era el futuro. Este vivía su mayor renovación, pero a pesar de ser música procedente de América no fue hasta su llegada a Europa cuando consiguió su merecida relevancia.
Es bien conocido por todos que la primera película sonora de la historia del cine tuvo como protagonista al Jazz, The Jazz Singer (1927), pero solamente como un aderezo ambiental más, como un adorno para embellecer el resultado, por que el Jazz en aquellos momentos era la música de América.

De aquellas colaboraciones en comedias y películas donde el tema central era el crimen organizado, surgió, según muchos, el mejor musical negro de la historia del cine Stormy Weather (1943), protagonizado entre otros por Lena Horne que tanto significó para su carrera. Después llegaron nuevas películas con nuevos aires y de nuevo el Jazz, películas como La ventana indiscreta incluían en sus bandas sonoras el Jazz, el cual ya exigía un protagonismo mayor que el que hasta ahora el mundo del cine le estaba concediendo.

Poco a poco el cine de una manera consciente o inconsciente comienza a tomar el Jazz como modelo. Cuando Godard rodó A bout de souffle esbozó indirectamente todos los elementos creativos que se encuentran en el Jazz, a pesar de tener la impresión de que los cuerpos quieren salir de la pantalla como si intentasen salir del marco en el que han sido encuadrados, como si la cámara les persiguiera para mantenerles dentro. Es muy difícil crear un marco físico para el Jazz, al ser por momentos un movimiento extremadamente denso por esa tristeza que expresa y, al mismo tiempo, por unas ganas increíbles de alegría.


Sin embargo, el cine y el Jazz han tenido momentos de enorme entendimiento, un cruce mágico y triste que salvaron de la ruptura definitiva entre los dos medios películas como Sombras de John Cassavetes que, sin caer en tópicos y rodada con cámara al hombro, relata perfectamente el ambiente del Jazz de los años 40 y 50 o Bird de Clint Eastwood, portentosa, creativa y sin concesiones a la comercialidad, ausculta magistralmente la personalidad de Charlie Parker, músico único y genial. Otras como Cotton Club de Coppola, Mo Better Blues de Spike Lee, Ghost Dog de Jim Jarmusch o la admirable Chungking Express de Won Kar-Wai han continuado con la experimentación entre el ritmo de armonías e imágenes. La razón obvia para continuar con este magnífico entendimiento es la creatividad.

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