Exposición Feromonas
Por Aniceto Lince desde Berlín
El pasado 8 de Septiembre, tuvo lugar la inauguración en Berlín de la exposición colectiva dentro del grupo Matriz (Colectivo de Artistas plásticos). El título del evento fue:
«Feromonas hechas-cuchara/bicho/tejido
en ganado a mano»
Las artistas Ana Paula Portilla (París), Sandra Contreras (Berlín) y Parisicilia (Bruselas), dieron espacio en el «Kultur im Körnekiez », Centro de cultura alternativo, en la zona de Neukölln, al sur este de Berlín, habitada en su mayoría por turcos, a la feromona imaginaria.



*Las feromonas son sustancias químicas inodoras que nuestro cuerpo produce y tienen como única misión afectar nuestro comportamiento… Son las ideas transmitidas sin «hablar», es decir, sustancias segregadas por un animal cuya liberación influye (en el sexo, la guerra, la comida, la trayectoria…) en el comportamiento de otros de la misma especie.


La exposición deliberadamente se podía desengarzar en la división de tres salas, donde la expansión de la feromona íntima de cada artista se unía cadenciosamente a los visitantes que podían pasar de un mundo a otro de la misma especie, bien diferenciadas entre ellas, en la expresión de la forma, tema, material y técnica utilizada.

Sandra Contreras instaló una serie de dibujos animalarios a lápiz y tinta, lagartos, arácnidos, mamíferos desencajados, a mi modo de ver, en las rectilíneas hojas de cuartilla, que los niños utilizan para aprender a escribir conformes a una sociedad de derecho, religión y mentiras, una instalación que tenía como marco el muro de lo humano, entre lo tierno y lo bestial.
Los dibujitos pegados volátilmente al punto de despegarse de la pared, seguían a breves recortes de diccionarios, revistas o libros de naturaleza, originales explicaciones sobre la copulación de insectos y mamíferos pegados de nuevo en la pared. Tres representaciones a lápiz de insectos copulando, esta vez enmarcadas, se unían a la instalación en ganchillo de Ana Paula Portilla (en la misma sala) que, de color carne, tejió la Madre fálica (pieza central) junto a sus 83 vaginas, «Vírgenes embarazadas» (una obra en evolución, puesto que la artista pretende, con el tiempo, instalar un sistema nervioso de cables en los órganos reproductores femeninos con sensores, que reaccionarán al roce o tocamiento del espectador, cada una de manera personal, con luces y música) que aparecían colgadas del techo acompañadas de un hilo de nylon, dando la ilusión flotante al espectador de un huevo de vulvas abierto en el espacio.
Ofreciendo la perspectiva de amancebarse entre ellas a la altura de los ojos, penetrado sus costuras. Las damas de algodón y lana, erectas al amado reposadero, una especie de muleta fálica donde el macho de rodillas, frente al altar virginal, podía reposar su parte genital colgante y meditar entre ellas…, incorporalmente a ras del suelo: «El cojonudo» obra de Parisicilia. El hombre con máscara testicularia y pene (se unió magnífico a las vaginitas flotantes), reintegrando la línea que continuaba la exposición, pasando por el bar donde la artista colgó dos cuadros «La mujer árbol» junto a una pequeña araña de Sandra Contreras (que se unía a ella feromonalmente) y «el Joker» que daba entrada a una habitación continua sin puerta donde Parisicilia desencadenó un anclaje de 35 linograbados, enmarcados sobriamente en negro, impresos en parte a la cuchara (reivindicando la dificultad de ejecución de la antiquísima técnica de impresión a mano, de este tipo de grabado). Impecables imágenes talladas en blanco y negro, distribuidas amaestradamente en grupos de diálogo, se delineaban en dos o tres o cuatro cuadros, que parecían poseer la clave del coloquio.
El pensamiento antropomorfo de Parisicilia, contaba con cuadros como el hombre con cara de lápiz dibujando su posible cara, mujer con mano de pollo, los vientos representados con docenas de cabezas volando en movimiento y expresión, ect. la instalación clásica de nuevas ideas.



La puerta de la Galería, se abrió y se cerró varias veces, para airear las transpiraciones, humos y babosillas de los participantes que se aventuraron al baile sincronizado unas horas y libres movimientos durante otras tantas.


Biogeográficamente las feromonas de los visitantes acabaron en el bacaladero, hilando risas, bailando aeróbic como descosidos en la sala central de la expo, como si de una playa experimental se tratara. Y ¿qué menos fenómeno feromonal social que el del movimiento esquelético?
Las feromonas no son mensajes escritos, ya que desaparecen por evaporación. Si una hormiga quiere transmitir un mensaje por más tiempo (por ejemplo el camino a un alimento), debe repetirlo, segregando constantemente la sustancia correspondiente. Existe hasta una «feromona funeraria».
Esperemos que no todas las feromonas murieran allí y que con gracia algunas prosigan su viaje… ¿Quién sabe dónde?
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