
El aprendizaje del novato
Por Jordi Corominas i Julián
El tiempo y las ideas han sido injustos con la Ciudad Eterna y el séptimo arte. Desde hacía años merecía un festival que honrara su histórica relación con el cine. Ahora que ha llegado la sensaciónes de entusiasmo y duda.
Llegué a la urbe el 18 de octubre con motivo de la presentación en el Auditórium del documental Ritornide Giovanna Taviani. El día anterior la ciudad sufrió un lúgubre accidente metropolitano que alteró el orden de los festejos. The show must go on con restricciones. Parecía que el silencio invadiera los últimos días del festival. Nada de celebraciones, sólo visionado y ruedas de prensa.
La muerte de la investigadora en la línea A nubló la luz. Piazza Vittorio se tiñó de luto y el aparatoso circo montado en torno al cine pareció convertirse en el amasijo de hierros de la plataforma espacial de 8 ½.
Caminaba por piazza di Spagna y veía la sólita gente en la escalinata, sentada por diversión sin voluntad de cine. Existía, ¡y cómo!, conciencia de festival, pero la precipitada decisión, quizá excesiva, de Walter Veltroni, el mejor alcalde de Europa para con la cultura, cambió las tornas. El celuloide se convirtió durante unos días en una cuestión para especialistas; el público disfrutaba con el único y gran defecto de la poca atención que los medios internacionales, todo después de la muerte, brindaron al evento, como si el choque fuera una clausura sin telón.
Si hablamos propiamente de cine cabe considerar que la idea inicial del festival era muy ambiciosa. El presupuesto de diez millones de euros era superior al de Venecia, rival ofendido de la cuestión, y la gran cantidad de certámenes y exposiciones auguraba un dinamismo sin precedentes, como si el neonato fuera una verdadera novedad en un mundo donde las puertas se abren con mucha reticencia. Parecía que la ocasión era la más propicia para buscar nuevos formatos que permitieran convertir algo elitista en un acontecimiento popular; sin embargo, la realidad, la lluvia y otros bichos raros han provocado que todo se haya quedado a medias, con la esperanza que en futuras ediciones todo vaya a mejor.
Tuve la oportunidad de analizar desde dentro todo lo acontecido; las proyecciones presentaban ciertos defectos, en especial con la fotografía de los filmes, hecho que conducía a engaños visivos muy peligrosos. No era lo mismo, por poner un ejemplo, ver una película en el Auditórium, magno principal escenario de la fiesta, que en el Pastificio Cerere, uno de los lugares de las proyecciones gratuitas. La presentación de los filmes participantes era más bien escasa, así como los aplausos, como si el público romano ignorara la legendaria tradición de dar largas ovaciones manuales, sin onanismo, a las producciones interesantes.
El primer día me sumergí en el ambiente del Auditórium, donde antes de ver algunas proyecciones observé el ambiente. La zona, que conocía desde su reciente inauguración, está bien habilitada para espectáculos y contiene un interesante pórtico con una gran librería y varios bares con precios más que prohibitivos. En el interior del recinto, previo paso por una desierta alfombra roja, eran las dos de la tarde, pasee por la exposición dedicada a Luchino Visconti, ver anteriores números de Calidoscopio, y ya en la sala de proyecciones quedé satisfecho con la sesión dedicada a inmigración y tercer mundo.

La primera producción fue Jamal, un corto de cinco minutos de Luisella Ratiglia; protagonizado por Maya Sansa, actriz presente en filmes recientes como Buon giorno, notte o La meglio giovent, que cuenta una anécdota ligeramente inverosímil que la habilidad del montaje, la elección simbólica del Ghetto de Roma y el abrigo rojo de la protagonista convierten en interesante; historia del miedo al otro, parece basarse ligeramente en las persecuciones de las comedias de los años cincuenta, Guardie e ladri en el recuerdo, con una profundidad dramática que incrementa su tensión por la brevedad del metraje. La obra suscitó admiración y repudia por parte del público, algo que no sucedió con Ritornide Giovanna Taviani; la directora italiana ha dado un nuevo paso en su camino en el mundo del documental; si con I nostri trent’anni daba una particular visión de la evolución del cine italiano desde los años cincuenta aquí va más allá, se compromete directamente con la realidad de su tiempo y desde una perspectiva arriesgada pero bien resuelta analiza el retorno de los inmigrantes a su hogar por vacaciones con el añadido de las fundamentales opiniones de dos inmigrados de lujo: Assia Djebar y Tahar Ben Jelloum. El resultado es una obra de hondo calado intelectual y gran carga poética que muestra la voluntad de su creadora de seguir haciendo productos de calidad mental en tiempos de basura para todos.
La tercera producción no pasará a la historia del documental; Vauro puede ser un viñetista muy importante en Italia, así como Emergency una importante organización humanitaria, hecho que no da carta blanca para hacer una obra como Okunchiran, donde las buenas intenciones se diluyen por el excesivo protagonismo dado al mediático protagonista.
Cabe decir que uno de los principales defectos del festival, lo mismo ocurre con San Sebastián en España, es la enorme presencia de producciones italianas. Veronesi, Virzí, Tornatore, Andò y otros presentaron sus últimas creaciones, obras de calidad que centraron la atención de la crítica nacional, algo que no sucedió con las películas de los maestros Bellocchio y Bertolucci. El primero decepcionó profundamente, pese al uso del adjetivo intenso por el corresponsal del Corriere della sera, con Sorelle (2004), filme insufrible con un pésimo uso del digital y unas interpretaciones propias de escolares en pañales. La obra topa, y es triste decirlo de alguien que ha creado alguna que otra película memorable, desde el principio con el estupor del público, que no entiende el escaso cuerpo constructivo de los personajes ─el protagonista masculino parece estúpido─ ni de la trama, demasiado simple, sin que la memoria, directamente evocada mediante imágenes, de I pugni in tasca (1965) sirva para remediar la catástrofe que esperemos desaparezca con I regista di matrimoni, última obra del director de La cina e vicina (1967).
Visto lo visto las premiaciones ─con predomino anglosajón en producciones, una grata sorpresa rusa y sabor itálico en las interpretaciones─ fueron lo de menos.
Los productos fuera de concurso quizá tuvieran un punto extra de interés por la esperada The departed de Martin Scorsese, a saber como la traducen en el lenguaje patrio, y Fur, biopic sobre Diane Arbus protagonizado por Nicole Kidman.

Ni la presencia de estrellas como Sean Connery, Harrison Ford, Di Caprio o De Niro arregló la cosa. Además de voluntad falta experiencia y savoir faire. Esta primera edición de La festa del cinema se recordará como un ambicioso campo de pruebas prematuro que con toda probabilidad mejorará con el paso del tiempo hasta situarse o, al menos, acercarse al nivel de los grandes festivales europeos como Cannes, Berlín o Venecia, quien aún puede respirar tranquila porque el rival aún no tiene el glamour ni la solvencia de la Serenísima.
Jordi Corominas i Julián
Miembro del comité
de redacción
de los quaderni del CSCI
(Centro di Studi sul
Cinema Italiano)