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Centenario de Luchino Visconti

 

Brick
un film de Rian Johnson
(2005)

Brick

Por Jordi Corominas i Julián

De vez en cuando los estrenos de cartelera nos sorprenden con alguna grata novedad. Estamos en un tiempo en que parece que el sorprender a nivel fílmico sea la premisa básica para generar revoluciones de celuloide. Sin embargo éstas no llegan, se diluyen en imágenes que por querer ser originales se vuelven convención pura y dura. Y nos deprimimos. Por eso, mi encuentro con Brick ha sido una especie de bocanada de aire fresco, sobre todo por el gran mérito de su director en lo relativo al tratamiento de la trama y de las imágenes que la ilustran casi a la perfección.
Durante más de cuatro décadas el género negro fue uno de los favoritos del público. En los años 30 se consolidó en Estados Unidos a través del recuerdo de los duros tiempos de la ley seca y posteriormente fue evolucionando hasta llegar a un alto nivel narrativo con muchos títulos para el recuerdo y nombres que adornarán eternamente la historia del séptimo arte.
El género negro sufrió un boom espectacular en Francia con títulos tan significativos como Ascenseur pour l’echaffaud de Louis Malle, A bout de souffle de Jean Luc Godard, Le Samourai de Jean Pierre Melville o Mélodie en sous sol de Henri Verneuil, por citar algunos ejemplos ilustres de una larga saga de filmes que aunaban calidad fílmica y éxito, aunque no en todos los casos, de taquilla.
La estela de esta maravilla se difuminó cuando los hombres dejaron de llevar sombrero y el mundo del cine empezó a ver a gángsteres, sicarios y policías desde otro punto de vista. Cuando salía a la luz algún nuevo producto del conocido como género negro siempre se centraba en el nostálgico modelo de los años cincuenta, como ocurre con dos importantes películas del último decenio: L.A. Confidential de Curtis Hanson y The black dahlia de Brian de Palma.
¿No puede existir una buena película noir en el siglo xxi? Brick confirma que hay esperanza y lo hace alterando la forma visual del género revalorizando la juventud norteamericana. No olvidemos que es una película. Sus protagonistas son jóvenes adolescentes que viven y piensan como adultos. Brendan sufre la obsesión de la pérdida. Su ex frecuenta malas compañías y quiere rescatarla, pero en su camino se cruzarán otros elementos que le harán involucrarse de lleno, siempre desde la fría mirada del detective antihéroe, en un mundo oscuro cargado de droga, violencia y algún que otro amago de sexo de las femmes fatales, ojo a Nora Zehetner, de la historia.
La muerte de Emily, explicada sin emoción pero con contundencia visual al principio del filme, mueve todo. Aparecen pistas con sutileza, Brendan indaga y se inmiscuye en una atmósfera de videojuego, GTA pululando en nuestra retina, mezclada con evocaciones evidentes al “bienquerido” Marlowe, pues el protagonista en otra época hubiera sido un detective de bandera, siempre preguntando, siempre en movimiento, siempre desafiando al malvado desde su debilidad, que en este caso se nutre de un físico endeble que subsana con un arrojo envidiable, clave de su introducción en el meollo donde encontrará a Tug, the Pin y Laura, adultos prematuros construidos a través de arquetipos clásicos.

BrickTug es un poco la típica voz de su amo que puede rebelarse. Su estética es propia de los adolescentes californianos y su cerebro parece sufrir una grave limitación intelectual que los puños atenúan para que algo en su existencia tenga sentido. Su jefe es the Pin, excepcional Lukas Haas, un camello adolescente vestido de negro con ademanes nobles y un bastón trasnochado que recuerda a la infinita galería de malos de la tradición cultural occidental de la última mitad del siglo xx. En él encontramos toques del villano de Inspector Gadget, de algunos monstruos enemigos de Bond, James Bond y también un cierto punto misterioso prototípico del malvado seductor a partir de sus silencios y movimientos. Por último, Laura no es Verónica Lake, pero la forma de mirar, su fantástico cruce de piernas, el kimono rojo y su constante participación en la búsqueda de Brendan, para bien o para mal, hacen de ella una continuación de la saga eterna de mujeres fatales del género negro.
Un personaje que muchos consideran menos atractivo y que, sin embargo, es fundamental, es the brain, un chico listo, un poco freak, que le ayuda en sus investigaciones. No es Watson, no es un ayudante, simplemente es una voz de mensajero inquieto y desinteresado. Flota, ¡en América!, una cierta brisa helénica en la trama.

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La diferencia, que muestra aún más si cabe como el videojuego y no como en The beach de Danny Boyle, empieza a influir en el cine, es que Brendan contacta y establece relaciones con estos personajes del lado opuesto, como si su aventura tuviera que concluir una vez se superan los obstáculos. No estamos ante una película de resolución del caso y basta. Las pruebas, que no pistas, a superar implican pasar etapas para finiquitar el filme. Una vez se vacía el escenario, con el protagonista en el centro, la partida ha terminado.
Otra característica básica para entender el cambio que significa Brick, película que puede gustar mucho o decepcionar enormemente, es su potencia visual. El Festival de Sundance, santuario de lo alternativo, le concedió su premio especial por su originalidad visiva. Planos panorámicos de vacío y soledad se alternan con picados y contrapicados que no tienen nada de fácil porque están pensados, algo que no ocurre con mucha frecuencia. Las metáforas que las imágenes transmiten caminan en armonía con la historia. Su inicio, con el túnel en forma de a, nos indica que el protagonista tendrá que adentrarse en un universo sin luz del que sólo saldrá cuando desaparezcan las tinieblas.

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Su recorrido por ellas se desarrollará en ambientes turbios de tonalidad tenue que se diferencian con claridad de los espacios personales, los de su contacto con the brain y los paseos en coche con Laura, casi siempre en exteriores con el punto base del instituto, donde empieza todo y concluye la trama, curiosamente en un campo de deportes, para que no olvidemos que al fin y al cabo Brendan, cuando se despoje de sus ropajes de antihéroe detectivesco, seguirá siendo un estudiante que jugó, insistimos, a ser investigador durantes unos días y triunfó en su intento.

 

Jordi Corominas i Julián
Miembro del comité de redacción de los quaderni del CSCI
(Centro di Studi sul Cinema Italiano)

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Dic. 2006 ©

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