
La disparidad de las tres hermanas mediterráneas
Por Jordi Corominas i Julián
Este otoño literario pinta muy bien. El mercado parece rebosar de vitalidad y las editoriales punteras de nuestro país llenan las librerías con novedades de autores como Magris, Delillo, Ben Jelloun, Murakami, Tomeo, Seth, Mazzuco, Pamuk, Hornby y un largo etcétera que parece que sólo se completará cuando en 2008 comprobemos, avisamos que aquí el lector tendrá la información antes, si el ruido de Jonathan Littell es verdadero o un simple cas litteraire promocional.

Entre todo este volumen de páginas hay una cuestión, que algunos editores inteligentes resuelven gracias a su apertura de miras, candente que me interesa desde que mi mundo vive preso positivamente del universo cultural. ¿Por qué España nada en un mar distinto al de Francia e Italia? Nuestros hermanos mediterráneos tienen en su haber una tradición más vasta y un pasado sin 30 años de dictadura, pero en ocasiones, pese a los evidentes progresos de la cultura nacional para intentar situarse a la altura europea, parece que su mercado editorial y cultural sea un paraíso imposible de alcanzar para nosotros, como si sus éxitos e intereses pertenecieran a otro panorama, como si sus obras de éxito fueran fruta prohibida.

Podría hablar de varios casos −vuelve Littell a la superficie, se abren apuestas de su futuro “no éxito” comercial en España− que muestran con claridad la diferencia. Uno de ellos sería el de la escasa repercusión de Echenoz en nuestro país, que en cambio se deja lisonjear por el bluff! mediático y personal de Michel Houllebecq, un escritor resultón que se vende muy bien. Otros casos inexplicables, pues de eso va en su mayor parte el asunto, tienen que ver con traducciones no realizadas que hacen de nuestro fondo editorial una isla sin árboles. ¿Por qué sí Moravia en Francia y no en España? ¿Por qué Walser o Sebald parecen rarezas en Iberia y en cambio gozan de gran aprecio en tierras franco-italianas? ¿Por qué clásicos como Schnitzler interesan en los demás países mediterráneos y en España sólo destacan por capricho del cine?

El caso más reciente es de una novela italiana. Romanzo criminale de Giancarlo de Cataldo es un buen libro que narra a lo largo y ancho de sus más de seiscientas páginas la historia de una banda criminal que durante tres lustros dominó los bajos fondos de Roma mediante el control del juego, la prostitución y la droga. La historia no pretende ennoblecer a los criminales, simplemente cuenta sus vidas desde el punto de vista cotidiano que hacía crecer sinfín la espiral criminal y el cambio, como en cualquier existencia humana, paulatino de las relaciones entre los miembros del grupo delictivo. En Italia su publicación fue una bomba sin control que repitió su estallido en Francia. La novela recibió buenas críticas por parte de prensa, escritores y cineastas, quienes desde el primer momento barajaron una posible adaptación para dar el golpe en taquilla. Finalmente el encargado de tal labor fue Michele Placido, quien con Romanzo criminale realizó una extraordinaria obra que se sumerge de lleno en el panorama histórico transalpino a través de muerte, amor e Historia, elementos hermanados entre ellos por los sutiles engranajes que el poder político de entonces ocultaba al pueblo.

El filme sonó como candidato a los Oscar a mejor película extranjera hasta que irrumpió Crialese con su NuovoMondo y, aún así, no se descarta que opte a algún premio de la Academia americana por sus múltiples virtudes interpretativas y escenográficas, constituyéndose en una de las mejores adaptaciones cinematográficas de una obra literaria en años. Para que la veamos en España, así son las cosas, tendrán que pasar aún bastante tiempo.
El libro, algo ciertamente muy italiano, que se lo digan a Tabucchi y su L’oca al passo, no se limita a contar una historia de pistolas, chicas, putas listas y policías arribistas. Habla de la historia y la usa como recuerdo de un tiempo pasado para analizarlo y hacer reflexionar al lector sobre temas que en su momento eran objeto de silencio por su complejo tejido que implicaba a toda una sociedad, y no precisamente para bien.
En España este fenómeno, el de la historia reciente en la literatura, tiene determinadas vertientes que parece tengan que centrarse por fuerza en la Guerra Civil y, aún con todo, el repertorio novelístico sobre el tema es escaso, salvándose de la quema, ojalá viviera para seguir con la pluma, Los girasoles ciegos de Alberto Méndez y en grado menor el excesivamente celebrado Soldados de Salamina de Javier Cercas. Estos títulos hablan desde lo cotidiano de un tiempo histórico del que aún tenemos que trabajar mucho para que la legalidad política, en forma tricolor, recobre su puesto, pero no es el caso.
Aquí hablamos, y quizá ese es el punto que nos diferencia de nuestros vecinos, de una cierta incapacidad española para hablar de la historia desde tramas que no se centren directamente en ella. Un intento digno fue el de Francisco Casavella con su trilogía El día del Watusi, tour de force que la crítica acogió con interés y el público ignoró, como si una obra de estas características no fuera una miel apetecible para el paladar español, lo que lleva a pensar que quizá el lector hispano, si exceptuamos casos metalitarios de raigambre internacional y calidad indiscutible, no está preparado para un tipo de literatura que cabalga segura desde hace decenios en Francia e Italia y que aquí no encuentra lugar porque existe, salvo en círculos reducidos, un retraso cultural de una generación y media que sólo se subsanará cuando demos el necesario paso, Herralde y otros lo dieron hace tiempo, de dejarnos de mirar al ombligo y expandir nuestro horizonte mental y creativo más allá de la Jonquera.
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Dic. 2006 ©