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El gran Meaulnes, pensamientos tras la lectura

Por Sonia Antón Ríos

 

De El gran Meaulnes tengo dos lecturas, dos recuerdos y dos tipos de reflexiones; vivencias y sentimientos paralelos con quince años de diferencia. Mientras escribo me hace gracia. Y es que noto que crezco, que me hago mayor. Esto no lo digo con melancolía, al contrario, es algo tan lógico que si no estuviera sucediendo me preocuparía aún más que por las leves arrugas que adornan estos ojos de treintañera.
La primera vez que leí El gran Meaulnes, con quince años, lo sentí como una aparición mariana. Perdón, explico la exageración. En aquel momento de evasión y ebullición de adolescente romántica, de repente, en mi casa, aparece sin dueño El gran Meaulnes.
El gran Meaulnes, edicion de AnayaBuscando qué leer me encuentro en una estantería con un libro de tapa dura de la editorial Anaya. Una edición muy bonita y delicada de la colección Tus Libros que tenía dentro un apartado titulado “Tu problemática”. Esto me sorprendió y me pregunté, ¿problemática? ¿qué problemas tenemos? No supe darme respuesta, así que me detuve en el título que había leído a la ligera. Y dije en voz alta sílaba a sílaba el gran me a ul nes. ¿Qué o quién será?
Y por esa intriga empecé a leer aquella tarde de sol en el comedor, inusualmente sola en casa. Esa primera soledad que disfrutas tanto.
Me empapé del gran Meaulnes, de su historia, de la sorpresa que me asaltaba en cada esquina del camino, de esa extraña fiesta, que siempre anhelaré, de tres días en un paraje perdido. Como un paraíso teatral montado sólo para sus ojos de adolescente, llenos de unas tremendas ganas de vivir y descubrir, de ser protagonista.

Dominio misterioso, chateau de Cornancy

Y el amor, la llegada inesperada del amor como las tempranas flores del cerezo. Era tal la comunión que sentía con aquel joven misterioso que padecía como él. Así de bien escrito está. Y luego la melancolía, y la vida real. Una embriagadora decadencia en la que recrearse, a pesar de la pena, a pesar de que al pobre gran Meaulnes los avatares de la vida siempre le marcaban el paso con desacierto. Sentimientos de ofuscación, de rebeldía en suma. ¿Eso es dejar la niñez? Aprender a sobrellevar que nunca dirigiremos los hilos de nuestra propia historia. Qué incierta es, pues, toda vida humana.
Y así terminé el libro, invadida por una feliz tristeza.

Con la intención de escribir estos pensamientos me he acercado de nuevo al libro de Alain-Fournier, quince años después. No sin recelo. Era obvio. Podría pasar de todo y, en el peor de los casos, podría tontamente haber destruido un “mito” de mi adolescencia. Busqué el libro que me traje conmigo de la casa de mis padres y, ahora ya amarillento, rozado, manoseado, despacio, con temor, lo abrí una mañana en la línea 6 del metro de esta Madrid madrastra, como la llamaba  Baltasar Gracián.
Aunque es algo que me preocupa, en este caso me beneficié de ello. Me refiero a lo trágicamente fácil que me resulta últimamente olvidar muchas cosas, cosas importantes en las que invertí muchos años de estudio. Es más, de El gran Meaulnes recordaba el ambiente, los personajes, algunas peripecias importantes pero, sin embargo, había olvidado el final de la historia. Ahí, entre sus páginas otra vez, me alegré enormemente de ello, francamente odio releer, y me familiaricé de nuevo con el ambiente rural de la Francia de finales del siglo XIX y con la fraternal voz del narrador. Hola de nuevo al viejo amigo François.Le grand Meaulnes
¿Qué recordamos de un libro? ¿Cual es esa esencia, ese poso que se queda en nosotros? Supongo que habrá tantas respuestas como lectores. Personalmente si algo aprecio en un libro es que tenga una intensa atmósfera propia. Es decir, esa especie de bruma, de niebla que te envuelve y transporta allá donde al autor le ha dado la gana. Eso es fantástico. Puedes estar en África, en El corazón de las tinieblas, o en el desierto bajo el cielo protector, o puedes estar en el  París de los años treinta cuando éste era una fiesta, en el Nueva York de Auster, una noche en el club de jazz de Christian Gailly o sencillamente sentir la brisa en los campos de La Mancha. Yo recordaba la atmósfera melancólica del libro de Alain-Fournier, ese pesar en el pecho que, como después he sabido, era trasunto de una historia de amor truncada que el propio autor había vivido o, quizá, mejor dicho, sufrido.

El joven François, hijo único de un matrimonio de profesores, de repente se encuentra compartiendo habitación con un chico dos años mayor que él, diecisiete, que sus padres acogen en casa como huésped. Un muchacho extraño y animado que pronto se ganaría en la escuela el atributo de “el gran” y fuera de ella la cercanía de un hermano.
Y un día Meaulnes se pierde y aparece en un dominio lleno de gente que se afana en preparar una gran fiesta, una boda. Los habitantes de los pueblos de alrededor y más lejos habían sido invitados por el novio y asisten por el enigma de quién será la futura esposa. Y el bullicio y el carnaval se instalan durante tres días en el palacete. Nadie advierte que Meaulnes es un intruso. Él se moverá a sus anchas, comerá, beberá, se vestirá con suntuosos trajes pasados de moda.
Cuando Meaulnes vuelve de su aventura lo hace transformado, acaso acaba de dejar la niñez atrás. Ahora se ha vuelto taciturno y vive obsesionado por encontrar aquel domino misterioso al que llegó perdido. Allí donde conoció a dos hermanos, a Yvonne, la bella joven de la que se enamora, y Frantz de Galais, el novio de la fiesta misteriosa, quien regresa a la celebración de su boda sin la novia, puesto que ésta mediante una nota de despedida le ha dicho que no podía casarse con él. En suma, un drama de amor adolescente y de descubrimiento de la vida con aún muchos destellos románticos.

¿Y aquí es cuando yo me hago mayor? la respuesta, seguramente, es que sí. Es decir, cuando, de repente, te das cuenta de que en esta lectura ya no te lleva de la mano el protagonista, sino el narrador. Y sientes y padeces todo, sí, pero con otro ímpetu. Claro con quince años piensas que te vas a comer el mundo y con treinta luchas porque no te coma a ti. Creo que esa es la diferencia sustancial entre mis dos lecturas.
Pensando sobre la figura de François en su propio relato... sólo recuerdo atributos positivos como lealtad y amor incondicional de hermano. Él y su preocupación constante por la vida de Meaulnes no es más que su manera de vivir a través de él, olvidándose de sí mismo. Cada cambio en la vida de Meaulnes, cada vuelco de su corazón, lo vive como propio. Él, el tranquilo y razonable, el paciente y cuidadoso amigo siempre anda rondando la sombra del héroe, atento para salvarle la vida, qué curioso.
¿Serán éstos los dos tipos de vidas posibles? ¿El que vive, aunque sea desafortunadamente, y el que observa y escribe? Supongo que en la vida de una persona se alternan cíclicamente estos dos momentos, acción y observación.
Son estos dos tipos también muy recurrentes en la literatura y en el cine, el que hace y deshace y el que va detrás apuntándolo todo, el que no se pierde nada y siempre está ahí para poner las tildes oportunas, los puntos y las comas para que la historia del compañero no desluzca. ¿Pura generosidad? Sí, pero muchas cosas más. Si no puedo ser el héroe, si tengo la mala suerte de que a mí no me ocurre nada interesante, me acerco a quien sí le sucede y lo vivo también. Ese es, a veces, Sancho, es Watson, es François.
Una aventura insólita siempre requiere de un confidente que dé veracidad a los hechos. El confidente, con la edad, necesitará escribir sobre aquellos hechos para que nadie dude de que el gran Meaulnes amó y sufrió, y François con él.
           
No les voy a contar más sobre este libro, no es mi intención diseccionarlo, no, tan sólo hablar de él, de lo que me sugirió, pero claro, esto es totalmente personal.

Si no lo han leído les felicito porque tienen aún inédito un pellizco maravilloso de literatura.

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*Notas al margen es una sección que inauguramos este mes. En ella se hablará de un libro desde la experiencia vital de su lectura, sin la carga de la erudición, tan sólo guiados por el más puro subjetivismo. ¿Te gustaría participar? Háblanos de un libro y mándanoslo a calidoscopio@calidoscopio.net

 

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