Un lugar en el mundo
Garachico.
Un lugar tan bueno como otro
cualquiera
para llegar.
Nunca para quedarse.
Porque el destino
de las vías es seguir su camino.
No existe la estación definitiva.
Allí,
en las faldas levantadas
de un volcán,
entre caletas negras y
calles con nombres de generales
de otro siglo,
encontré un lugar en el mundo,
ceniza y camposanto.
Y de noche con María.
Zonas comunes
Estación de Santa Justa.
Mi primer viaje
después del coma.
Y allí estábamos los dos.
Charlando de nuestras cosas.
Todo normal
si no fuera porque
no le recordaba de nada.
Así son las cosas,
porque alguien así lo dice,
como que tú eras muy puta
y de Murcia.
No iba yo a llevarle
la contraria
al psiquiatra.
El AVE demostró
que soy capaz de hablar
con cualquiera.
Aquella joya del martes
Banyalbufar.
Me pareció la vez primera,
pero la canción estuvo siempre allí,
a cobijo del recuerdo
y de los manuales de instrucciones
para vivir.
Por Melanie supe que habían cambiado
el nombre de las rosas.
Y desde entonces no he dejado de llorar
para adentro.
Ya no queda tiempo que perder
ni que ganar porque he comprobado
lo que duelen los paréntesis,
y los puntos, y las comas.
No sé si te echo de menos,
pequeño diamante de aquel martes,
pero en las tardes de algún lejano país
la memoria se incendia hasta morir.
Maneras de perder la vida
Sólo se muere una vez.
La pregunta es
(traza un perfil en el aire)
si sucede de cuajo,
como un árbol
levantado por una tormenta
o lentamente,
como el agua que horada una piedra
o como vive el ferrocarril
de vía estrecha.
Punto de Fuga
Es hora de fugarse,
huir a algún lugar
que no se encuentre
en las cartas de navegación,
donde la soledad adquiera
su verdadero contorno.
No hacia el sur, norte, este, oeste,
ni hacia arriba o hacia abajo.
Al centro mismo de la nada,
para cerciorarme de que ya no quedan
rastros de mí
en ningún sitio.
Futuro imperfecto
Si al final todo no fuera
más que un recuerdo.
Si se torciera la tarea
que tengo por destino,
si tuviera que fundar la memoria
de unas pisadas
o unas ruinas o un imperio estelar.
Si enloqueciera y encontrara,
ya era hora,
las Indias Orientales.
Si sobrevivo a las flechas
y al láser enemigo,
si pacto una alianza,
si me hacen rey,
que los ojos que descansen
tras mi espalda
sean tan brillantes como los tuyos,
de ese color del que jamás
volveré a tener constancia.

Antonio M. Figueras nace en Madrid en 1965. Ha publicado Poemas Complutenses (Colección Abraxas, 1989) y Nadie pierde siempre (Amargord, 2006). Participó, junto a Miguel Ángel Muñoz Sanjuán y José Casas, en la edición de la antología poética bilingüe de Cummings, Buffalo Bill ha muerto (Hiperión, 1996). Los poemas aquí seleccionados pertenecen a un libro inédito:
La tarea del astronauta.
... ... ...
Texto de presentación del libro de Antonio M. Figueras,
Nadie pierde siempre el pasado 20 de octubre de 2006
Librería Editorial Amargord.
Por Miguel Ángel Muñoz Sanjuán
Si no fuese porque en 1989 –ya hace 17 años–, Antonio M. Figueras publicase Poemas complutenses, su primer y único libro hasta el momento –y magnífico, por cierto–, hoy podríamos estar hablando de su segundo poemario, Nadie pierde siempre, como de la propuesta de un poeta casi recién nacido, como si estuviésemos asistiendo a un posible futuro que ya solicita en la brújula un horizonte sobre el que ponerse y nacer cada jornada.
Pero como ya nos ha ido mostrando la existencia, el tiempo teje para cada uno de nosotros una sombra a la medida de sus vidas –y el plural no es un error–, vidas tan reales como ansiadas; por ello, durante ese aparente silencio que transcurre desde 1989 hasta 2006, Figueras ha dedicado sus años, al margen de su labor escritural como profesional del periodismo, a transitar otros caminos y alcanzar otras metas quizá más calladas pero no por ello ausentes de sustancia en la vida de un creador.
Muestra de ello, además de Nadie pierde siempre, libro que hoy nos reúne aquí a todos nosotros, es su trabajo como coeditor en la antología poética bilingüe de la obra de e. e. cummings, que con el título de Búfalo Bill ha muerto, publicó la editorial Hiperión en 1996. Además, tenemos que añadir que Antonio Figuras fue incluido en dos de las más significativas antologías de la pasada década, las cuales certificaron algunas de las sendas más originales de lo que la nueva poesía española prometía darnos en un futuro no muy lejano; me estoy refiriendo a las antologías colectivas Poesía ultimísima. 35 voces para abrir el milenio, publicada por Ediciones Libertarias / Prodhufi en 1997, y a Milenio. Ultimísima poesía española, coeditada por el trinitario sello Celeste / Sial Ediciones / Contrapunto, en aquel Madrid de 1999.
Realizados estos mínimos retazos bio-bibliográficos de Antonio M. Figueras, lo que corresponde ahora es centrarnos en el nuevo libro de este periodista, filólogo y poeta madrileño nacido en Madrid en 1965.
Cuando ustedes lean Nadie pierde siempre, si no lo han hecho ya, encontrarán cierto aparente desengaño que en gran medida es reflejo de una sensibilidad de época. Aunque a decir verdad, el origen de ese aparente desengaño creo que es el reflejo, en este ahora, de numerosas vivencias y lecturas que se remontan a varias décadas atrás; por ello podríamos decir que más que desengaño es irónica crítica a cierta especulación “sentimental” con la que se ha venido mercadeando siempre en torno a la poesía, y con la cual Antonio M. Figueras no tiene tratos.
Sentir más allá de las palabras no es caer de rodillas sin aliento ni realidad, pues la realidad de la poesía se explica por sí misma, porque la realidad de la poesía no admite discursos paralelos. Por ello, reclamando de nuevo la atención sobre esa percepción múltiple de la creación a la que he aludido como esas “otras vidas”, no nos debe extrañar que en estos poemas recién editados por Ediciones Amargord leamos:
«Una persona que responde por mi nombre,
bebe cigarrillos y calza mis sombreros
de fieltro me habla,
enfundado en mi ropa».
Saber transitarse a uno mismo desde las diversas formar del autocontarse, no solo es un acierto en poesía, sino también un riesgo necesario que solo los poetas con las debidas cartas náuticas de sus personales simas, piélagos y meandros, podrán permitirles volver, por lo menos a salvo, con alguna que otra herida o vellocino de oro.
Por esta cualidad es por lo que quizá, uno de los aspectos que en general creo destacado en la obra de Figueras, incluido Nadie pierde siempre, es el de la existencia de una imaginación sensitiva, múltiple y sin aparentes consignas estéticas de escuela. Poesía libre y conscientemente desvergonzada para con las tradicionalmente superficiales “puestas de largo” en poesía, puesto que Figueras en lo sustancial, aplica la validación desde la inteligencia de ese cerebro sintiente al que solemos identificar con la palabra “corazón”.
Este «ególatra y acuario», «esquizofrénico y presocrático» como se autodefinió poéticamente hace años, no ha tenido reparos en decirnos en poemas ya fijados en lo que ya es su propia tradición que:
«Desde que soy Petrarca,
desde que recorro las curvas del viento
para encontrarte palacios de invierno
insinuándose en la blusa, […]»,
o: «Yo fui Boscán, el precedente, el imperfecto,
el inoportuno gato en los suburbios de su tristeza»,
o aquel otro poema en el que nos precipita anunciándonos
«En esta tarde de avispas
uno de los Borges se dispone a morir»…,
todos poemas, huellas y presencias para conducirnos hasta este libro donde clama:
«Mi dolor no tiene nombre.
Es como la caída de un imperio,
no ocupa lugar en el recuerdo
y vive por encima de sus posibilidades».
Recuerdos y lecturas que han eclosionado en este nido que representa Nadie pierde siempre, y desde el cual se evoca a Pier Paolo Pasolini, a Boscán, a Madrid, al desengaño…, pues como nos dice Figueras:
«Y las cosas hay que saberlas
en su momento,
en el centro de la galaxia».
Creo firmemente que la poesía de Antonio M. Figueras no está pendiente de los balanceos superficiales de la sociología literaria, y que, por lo contrario, está solidamente centrada en ese universo de asteroides que, como su admirado e.e. cummings, busca y encuentra respuestas y preguntas en cada mano, gesto, mirada, lectura o puesta de sol, como cualquier otra situación emocional que no se conforme solamente con ser la simple aceptación de poder deglutirse y de reflejarse en un poema, pues para Figueras un poema siempre es producto de la necesidad.
Sus poemas son latidos, muescas grabadas por el tiempo entre hora y hora de un universo que solo se entiende desde el mismo límite de la poesía. Reflexión ácida sobre ese propio “centro, o corazón, o epicentro”, que se gesta igual que nos contaba el poeta griego Yannis Ritsos en el poema titulado “Esperamos”, donde decía:
«Esperamos que amanezca. Esperamos
que el sol golpee como un martillo sobre las chapas de los sotechados,
que golpee nuestra frente, nuestro corazón,
que se produzca un ruido, que se oiga ese ruido –otro ruido–,
porque el silencio está lleno de disparos desde puntos desconocidos».
Creo que ha merecido la pena esperar la llegada de este nuevo libro de Antonio M. Figueras, que hoy es una más de esas luces que despiertas como a las que aludía René Char cuando decía «A nadie pertenecemos salvo al punto de oro de esa lámpara, desconocida e inaccesible para nosotros, que mantiene la vigilia del valor y el silencio».
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Dic. 2006 ©