
13 Tzameti
un film de Gela Bablauni
Por Jordi Corominas i Julián
Aviso para cinéfilos. Se avecina una temporada de maravillosos estrenos cinematográficos llegados de mil y un festivales. Corran, corran, no pierdan el tren. El 25 de enero de 2007 se estrenará 13 y les aconsejo que vayan los primeros días. La política comercial de las salas cinematográficas en nuestro país es de vergüenza ajena y tendrán pocos días para ver una producción anómala que honra al séptimo arte.
13 (Tzameti) ganó, como Brick, en Sundance y en Francia ya adorna las estanterías navideñas de la sección DVD. Nuestro endémico retraso hace que tengamos que esperar más que la media europea para ver, y proseguir con la temática, como el género negro altera formas y se renueva.
El Viejo Mundo no contará, ya hablamos en el anterior número de las particularidades del género en Francia, con chicas de instituto ni camellos con bastones plateados, pero tiene ingredientes más sutiles que nutren al misterio de otro color. En la ópera prima de Gela Babluani, rodada íntegramente en blanco y negro natural para lograr mayor tensión y belleza estética, la cotidianidad es la base de donde parten todos los caminos. En Europa puedes ser paleta y aspirar, sin sueños americanos, a aventuras en pos del millón de dólares.

Sebàstien, expliquemos algo de la trama, repara un tejado en una ciudad de provincias, donde la vida transcurre con monotonía sin que el mar pueda aportar sorpresas. Mientras trabaja salva la vida al propietario de la finca y a medida que avanzan los días percibe extraños comportamientos y charlas cargadas de nerviosismo. La muerte en el baño, un hachazo en la puerta y el viento darán al joven obrero una posibilidad insólita a través de una carta destinada al fallecido que en su interior contiene un billete de tren, viaje de cambio, la apertura de la puerta con violencia ya indicaba la suplantación, envuelto del más profundo misterio.

Y ello no tiene por qué extrañarnos. La producción es francesa y la tradición del género en las Galias indica que la trama nunca tiene que estar clara hasta que empiece la verdadera acción, que en esta ocasión llega a medida que cambia el paisaje y Sebàstien se acerca a su destino, donde las señales de llegada a un nuevo puerto se acentúan con la aparición de extraños personajes, coches con chóferes y una casa donde descubriremos la verdad esencial de la meta: una macabra partida de ruleta rusa con millonarios voyeuristas que sacrifican vidas humanas, corderitos amaestrados con ciertos aires lobotomizados, por diversión y dinero fácil.
La duda atenaza al joven. Si acepta el riesgo es porque se siente un poco, nuevamente la Hélade, héroe griego y sabe que no puede cometer el error de Orfeo. Sigue hacia delante y arriesga su vida para obtener, poderoso caballero es don dinero, billetes a mansalva, pues tiene la esperanza de ganar. Se forma el círculo macabro y el resto, por una vez me callo, lo veis en el cine.


Como habrá entendido el lector, uno de los cambios de 13 es el tipo de historia. Apuestas clandestinas, sacrificio gratuito y nada de misterios irresueltos. Aquí el enigma reside en llegar a un punto y comprobar qué ocurre, algo similar −otra coincidencia con nuestro anterior artículo, y adonde llegamos− como en el rol o los videojuegos. Superar metas y no quedarse en la cuneta, salvarse y sobrevivir para llegar al final sano y salvo.
Quizá esta nueva fórmula del género no sea tan moderna. El aroma griego es muy fuerte, estamos ante héroes antiheroicos que se enfrentan a realidades desconocidas para seguir premisas délficas y conocerse a sí mismos en busca de una mejora, que si en Brick era personal en 13 es económica, ingrediente fruto de la obsesión europea por lo social, e involucra en cierto modo a la familia entera de Sebàstien.
Algunos críticos han argumentado, ¡cómo si fuera algo excepcional!, que la estructura narrativa es de una linealidad pasmosa. No necesitamos flash backs. La historia de Sebàstien, su vida, empieza con la carta y el tren, por eso la linealidad tiene un sentido. La crítica tiene sentido si es coherente. Los mismos que han hablado con tanta acritud parecen olvidar otros puntos fundamentales que hacen de 13 una película europea y de alto valor estético pese a la violencia de lo expuesto. En el juego de la ruleta, espero que lo observen en La vida abismal de Ventura Pons, el factor clave es el psicológico mezclado con el azar. La sangre a borbotones, algo que un americano habría incluido por el gusto del rojo sin ruleta, no tiene cabida en el Viejo Mundo. Sí, se dispara, pero todo se centra en el factor mental; por eso no nos sorprende que el protagonista no sepa cómo funciona la pistola ni que tiemble y no apriete el gatillo en la primera ronda del juego lúgubre. Su progreso también es europeo por antiguo y contemporáneo. La integridad moral se mantiene, lo que se altera es el entender −visión que podría ser la gran crítica del filme− que en un espacio maniqueo conviene actuar para no caer tumbado en el suelo y desaparecer.

Los otros viajes de Sebàstien son inteligencia y casualidad. La historia finalmente, seguimos sin soltar prenda, tiene una moraleja que cierra el círculo a la perfección. No todos los trenes llegan a la estación. ¿O sí?
El primer trayecto de Babluani es de primera clase. Su apuesta por el blanco y negro es una advertencia a los estúpidos que ignoran la importancia del cromatismo y repiten como loros que los dos colores de siempre son los de las películas aburridas. Diviértanse.
Jordi Corominas i Julián
Miembro del comité
de redacción
de los quaderni del CSCI
(Centro di Studi sul
Cinema Italiano)