

Segundos afuera de Martín Kohan
Por Jordi Corominas i Julián
Dicen los entendidos, y así lo confirman las recientes nominaciones a los Globos de Oro, que Babel del mexicano Alejandro González Iñárritu será una de las sensaciones del año. Su historia trata sobre cómo un disparo en Marruecos afecta a varias personas repartidas a lo largo y ancho del globo terráqueo. ¿Cine de la globalización?
La literatura, y el tiempo, siempre va por delante del séptimo arte. Segundos afuera del argentino Martín Kohan parece querer demostrar que la unidad del mundo a través de los medios de comunicación no es exclusiva de nuestros tiempos.
Todo comienza en 1973 en un pequeño periódico de Trelew que cumple medio siglo de vida. Sus redactores reciben el encargo de escribir artículos sobre efemérides de 1923 para un especial conmemorativo. El redactor de cultura, Ledesma, lo tiene claro: ¿Cómo no mencionar la visita de Straüss y su orquestra en Buenos Aires para tocar la majestuosa primera sinfonía de Gustav Mahler? El articulista de deportes, Verani, tiene la noticia a punto: el combate del siglo entre su compatriota Luis Ángel Firpo y el americano Jack Dempsey por el campeonato mundial de los pesos pesados. Todo parece claro. Búsqueda en archivos, síntesis acertadas y un toque personal para dar calidad al escrito. Pero no. En la posmodernidad narrativa y, en ocasiones, en la misma existencia real, siempre tiene que cruzarse algún imprevisto que altere lo establecido.
En este caso es una pequeña noticia de sucesos. Alguien, se desconoce su nacionalidad y nombre, se suicidó poco después del envite pugilístico en un hotel de Buenos Aires. Los rotativos de los siguientes días no dan más informaciones. ¿Noticia inventada para rellenar? ¿Falta de información policíal?

Todo esto no lo sabríamos sin uno de los narradores de la historia, un joven periodista que observa a los dos titanes a lo largo del mes en que transcurre su particular combate periodístico marcado por los eventos de aquel lejano septiembre de 1923. La clave residirá en posteriores hallazgos que hacen obsesionarse a Verani con la anécdota criminal mientras Ledesma, un sabelotodo, le informe de datos y más datos decisivos que harán que todo aparentemente encaje. Un enlace bonaerense le proporcionará valiosas informaciones que le harán llegar a la identidad del fallecido: un violoncelista de la orquestra de Viena.
Hasta aquí leemos y decimos, muy bien, de acuerdo. Este artículo, ni el libro, no se entendería sin la mención a otras voces narrativas que explican los diecisiete fatídicos segundos en los que Dempsey voló fuera del Ring sin perder el combate para caer encima de un fotógrafo que perdió la oportunidad de su vida. Esos segundos de nada, finalmente Dempsey ganó el duelo, provocan una lógica relación de los periodistas a partir de un avance tecnológico del Palacio Barolo de Buenos Aires, donde un faro tenía que informar a los presentes quien ganaba el combate mediante una luz azul, argentina, o roja, americana. La luz cambió de color, generando euforia y drama. ¿Un suicidio musical? Poco importa, la trama queda como otra efeméride dentro las efemérides.

Lo que verdaderamente cuenta en Segundos afuera es su contenido conceptual. Los diálogos entre Ledesma y Verani son geniales por mostrar ante el lector la irreconciliable diferencia entre la cultura de elite y la de masas. Ledesma habla sin cesar de Straüss y Mahler mientras Verani escucha y replica comentando que quizá sus hechos no son tan geniales, que simplemente el nombre y los estereotipos culturales son los que hacen que su compañero hable de los músicos austriacos con tanto interés.

¿En qué se diferencia el paseo de Freud y Mahler de uno de Pepe y Juanito? Por otra parte Verani habla de cultura de masas y su compañero le responde con contundencia argumentado que es fruto del fascismo de los tiempos, lo que no es falso del todo. Sin embargo, lo interesante de sus encarnizados debates se centra en qué significan sus palabras para el mundo actual. ¿Es cierto el todo vale de hoy, la mezcla entre alta cultura y cultura popular?
Ello nos daría por un largo debate. La cuestión de Kohan me hace pensar en Jorge Valdano, pionero en equiparar fútbol con intelectualidad. ¿Impostación o realidad mental? ¿Engaño para la entera humanidad en busca del disimule consentido de nuestra mediocridad? Kohan parece tener clara una cosa: el hombre se mueve por pasiones idiotas, impulsos irrefrenables que generan combates. Uno de ellos es dialéctico, otro musical −el duelo Mahler-Straüss y la pugna por la genialidad presente y avant la lettre− y aún tenemos un último, pugilístico y planetario que une a los anteriores por afinidad temporal de acontecimientos.

Temporalidad y decisiones. Que transcurran diecisiete segundos y eso altere el transcurso de un campeonato del mundo tiene tintes épicos. Dentro y fuera, como en las películas de Ermanno Olmi, el árbitro decide que el resultado final sólo puede darse en el ring, con lo que descubrimos que nos movemos en círculos cerrados que hacen, y esa es la otra gran lección de Segundos afuera, que nuestra visión de la realidad se limite a espacios concretos. Fichas del tablero que parecen inamovibles, cuando puede que no lo sean, algo que se explicaría por la trascendencia de los segundos de la caída de un norteamericano mientras en Buenos Aires un austriaco muere. ¿Casualidad? ¿Globalización? ¿Inercia? Vida. Y posibilidad de discusión, sino nos aburriríamos demasiado y las buenas historias sólo pueden escribirse desde la racionalidad pasional que provoca la observación dando puñetazos en la mesa para cambiar.
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Enero 2007 ©