
Una apuesta por Harold Pinter
Por Jorge Patricio Fernández
Es una excelente noticia saber que podemos contar con una puesta en escena de una obra de Harold Pinter en la cartelera de Barcelona. El muntaplats se acaba de estrenar en el teatro La Lira, una sala alternativa ubicada en el barrio de Sant Andreu, un espacio que goza de muy buena salud; sus programadores, o eso parece, tienen muy claras las cosas, o lo que es lo mismo, expresan una firme voluntad de hacer teatro, pero del bueno, algo que se viene echando en falta debido a la desaparición paulatina de salas abocadas al teatro de autor.
Si a esto le sumamos que los responsables de llevarla a las tablas y protagonizarla son dos jóvenes actores que apuestan por un teatro irreverente y comprometido como es el teatro del ganador del premio Nobel de literatura Harold Pinter, el resultado es más que interesante.
Si Pinter fuera un desconocido en los escenarios catalanes hubiese sido ocurrente enarbolar las banderas de su buen teatro para que se viesen obras de este genial dramaturgo, que lleva más de medio siglo sorprendiéndonos con sus textos. Pero por fortuna este no es el caso y los escenarios de la ciudad condal no han sido indiferentes a sus piezas; baste recordar una memorable puesta de Los amantes en el teatro Lliure o La última copa estrenada a principio de 2006 en la sala Lalira Teatre que hoy sube a escena una de las primera obras de este dramaturgo. Pero vayamos a lo nuestro: El muntaplats es una obra escrita en 1957 por la compañía Club Haspestead y estrenada en febrero de 1961, año en que también se estrena La habitación; dice la leyenda que ambas obras fueron leídas previamente por Samuel Beckett.

A diferencia de Esperando a Godot, obra póstuma del teatro del absurdo, los personajes en El muntapalts saben por qué están encerrados en esa habitación, esperan que les llegue la orden de matar, pero no se les tornará fácil la consigna. La espera se transforma en un hecho tedioso, oscuro, plagado de silencios y ruidos extraños, de conversaciones triviales pero realistas; sí, existe la comunicación entre ellos, pero no sabemos si son asesinos a sueldo o unos criados; no sabemos que les pasa por la cabeza, sólo sentimos una constante sensación de ansiedad reforzada por los diálogos, tan realistas que matan el tiempo. Este realismo contagia todo el espacio escénico, aunque, sin embargo, existe un hermetismo, una sensación de que Gus y Bes están desconectados del mundo, una dualidad aparentada con el absurdo, una constante en la obra de Pinter.
Gus es un veterano en el oficio de matar, pasa las horas leyendo el periódico y haciendo comentarios triviales, es un descreído que se enfada continuamente y se violenta con Bes, un joven principiante e inexperto que se muestra inquieto e inseguro pero que asume la responsabilidad de matar.

Los lazos con el exterior se establecen mediante un antiguo montaplatos que desciende con una comanda solicitando minutas, algo que los sacará de sus casillas y distraerá de su misión, así como por un tubo acústico que será la única comunicación verbal, insinuada a través de sus diálogos, con el mundo exterior. Por allí, aparentemente, recibirán las órdenes sin que ni ellos ni nosotros como espectadores sepamos su procedencia, otro elemento rescatado del absurdo que, sin embargo, es una pieza de macabro realismo. Su misión de asesinos se extrapola con las exigencias de un aparente restaurante que circula en un lugar supuesto, en otra habitación que está sobre ellos. Esta dualidad de objetivos los escinde y los angustia. Lo ordinario de la vida ante el hecho trascendental del homicidio, vivido como algo superior, como la posibilidad omnipotente del que quita y da vida. Se enfadan, no entran en razones, y Gus ejerce su poder en la relación. La simetría se rompe y ésta se transforma en un vínculo de subordinación, sometido y sometedor.
La consigna no llega, se producen silencios infinitos, se irritan por cualquier ruido que viene de arriba. Bes obedece las ordenes de su superior y sale a ver si hay novedades, pero nada, todo sigue igual y esto los inquieta más aún, nada los serena. Recuerdan cosas, y Bes le reprocha no ir a ver un partido de fútbol de su club favorito. Todo es real pero a la vez absurdo porque así es el mundo que Pinter nos quiere mostrar, un universo donde no hay diferencias entre lo fantástico y lo real, aquello que nos toca afrontar.

El trabajo de dirección llevado a cabo por Carlos Araguz y Martí Salva, ambos protagonistas de la obra, es fiel al texto y a la estructura dramática que plantea Pinter: ambos directores quedan bien parados y resuelven prolijamente el conflicto que se les presenta.
De no haberlo hecho de ese modo podrían haber corrido el riesgo de desvirtuar un texto que no tiene desperdicio. Araguz y Martí se comprometen al hacer teatro y del bueno y eso se nota en el escenario. La acertada puesta de estas dos jóvenes promesas nos hace pensar que la eterna agonía del teatro es solamente una leyenda y el trabajo de ellos una bocanada de aire puro para aquellos que sienten una gran pasión por el arte de las tablas.
El final es imprevisible como toda obra de Pinter. El muntaplats exige al espectador jugar entre la fantasía y la realidad, dos mundos diferentes que se encuentran gracias a la ironía y el sarcasmo del autor y la excelente puesta de estas dos jóvenes promesas.
EL MUNTAPLATS
Autor: Harold Pinter
Dirección: Martí Salva y Carlos Araguz
Actores: Carlos Araguz en el personaje de BEN
Martí Salva en el personaje de GUS
Edual Navarro en el personaje de WILSON
Sala: Lallira Teatre
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Enero. 2007