
El no erotismo
de María Antonieta
de Sofía Coppola
Por Jordi Corominas i Julián
En el sexo, como en la vida, la espera suele generar expectativas que muchas veces se ven frustradas al comprobar el amargo sabor de la realidad. Sabíamos de la existencia de un tercer filme de Sofía Coppola, alabada mundialmente por la maravillosa Lost in translation, desde mayo, cuando presentó Maria Antonieta en Cannes. La obra fue recibida entre aplausos y abucheos. Mi natural optimismo decidió, la imaginación es un arma demasiado poderosa, que toda la parafernalia de música pop en Versalles sería una revolución del género de época. Empecé a ver colores saturadísimos en vestidos rococó y melodías, perdonen mi cotidianidad escrita, a todo trapo bajo bailes arcanos y miradas de seducción.
Cuando entré y me senté en el cine para contemplar esta producción fallida sufrí un proceso desesperante como espectador. Quería disfrutar y me encontré –algo horrible, creánme, sobre todo cuando pagas religiosamente tu entrada– analizando con frialdad una obra irregular que a medida que pasan los días me parece mejor, sin que eso excluya la enorme decepción sentida ante una pobreza conceptual que sólo podría desaparecer mediante algunos detalles que expondremos más adelante.
Se dice, se comenta, que las primeras imágenes de los filmes de la Coppola, que en ocasiones parece ser demasiado la hija metida en el cine por enchufe, son determinantes para entender la profundidad de la trama. En Lost in translation vimos el culo, enorme por aquel entonces, de Scarlett Johanson, pero como el silencio marcaba el plano pudimos llegar a la conclusión, como así fue, que nos encontrábamos ante algo diferente, una película que bebía, y mucho, de Godard y Antonioni para reflejar los peligros de la alienación, mental y espacial, del ser humano en el mundo (pos)moderno. Con Maria Antonieta la risa de Kirsten Dunst y el grácil, un adjetivo sumamente estúpido, movimiento de sus pies anuncian una producción de la nada para la nada. Lo único verdadero, al final tendremos que pensar que los americanos se documentan y todo, porque es bastante fiel, pese a la excesiva importancia dada al asunto de las trece colonias, a lo que acaeció en la corte francesa antes de la revolución.
El supuesto pop, y ahí vamos con la carga de la brigada ligera, se desvanece entre colores demasiado tenues, carreras por los verdes prados con brillo de sol en el ángulo derecho (a lo Anais Anais de Cacharel) y una asfixiante, puede ser su historia pero había más en ese mundo anquilosado de fastuosos oropeles, eterna presencia de Kirsten Dunst, que será todo lo que guapa que quiera la Coppola pero no es una buena actriz. La película habría ganado con una poética superior, algo que la directora parece haber intuido levemente. Elegir un espacio y centrar en él el relato como muestra de aislamiento del mundo real, Versalles y el teórico oasis de paz, es acertado, si bien aquí el problema radica en cómo se trata a los habitantes del mismo. Sí, ya sabíamos que vivían alejados del mundanal ruido y que sus vidas eran vicio anodino y depravación de pacotilla. ¿Y? Aún río, pese a algunos hermosos planos silenciosos como el que cierra la película, cuando leo ciertas críticas que hablan de un largometraje bien narrado. ¿No contábamos los inicios de Maria Antonieta en Versalles? Un narrador cuando acota el tiempo narrativo ha de ser fiel a él hasta sus últimas consecuencias. No ocurre con Maria Antonieta, donde las dos horas tienen una mediocre división que roza lo ridículo, pues si quieres contar los problemas de la reina por la castidad del rey, en minúscula que somos republicanos, y la reacción que el problema causa en la joven austriaca céntrate en eso y no regales, pese a ser los instantes mejor filmados con el brillo incontestable del abandono y decadencia final, quince minutos finales para poder cerrar el biopic con la muerte, porque entonces tomas el pelo al espectador, y eso es imperdonable. Puede que al público le de igual. Paga su entrada para divertirse, pero la coherencia narrativa es algo de oficio y si una Coppola no lo tiene es que algo falla.

Por otra parte parece como si la intención del filme fuera dar humanidad a su protagonista sin perder la épica, esa era la función de la música pop, que suelen tener las producciones de época. Mezclar ambas cosas suele ser complicado y en esta ocasión el fracaso del intento se basa en la falta de energía, asusta el poco vigor del cuerpo y la forma, y una sensación de no creer en el proyecto. Si en Lost in translation se lograba la épica casi sin querer, aquí no aparece por ninguna parte. Puede que Coppola entendiera bien a Antonioni y, Europa es Europa queridos, haya topado con la imposibilidad de profanar a Visconti o Rossellini, que sin tener la nobleza del conde milanés alcanzó altas cotas fílmicas en 1966 con La prise du pouvoir par Louis XIV.

Otra cuestión es el erotismo del personaje y su equiparación, absurda, a la mujer moderna. Como en muchos casos nos movemos por asociaciones mentales solemos emparejar lujo con vicio. De Maria Antonieta –un personaje mediocre, algo que refleja a medias el filme– se han dicho muchas cosas. Que si era lesbiana, que si tenía mucha voracidad sexual… en este sentido la directora ha sido extremadamente fiel a las fuentes históricas fidedignas y no ha especulado con el morbo, dando verdad a la verdad.
Vayamos por partes. Cuando María Antonieta se casó se estilaba la virginidad. Si nacías princesa tenías que perderla para dar un heredero al país. Luis XVI amaba las llaves y la caza, no disfrutaba con las mujeres. Tardó siete años en consumar, horrible palabra anquilosada, su unión. En el filme esta situación resulta cómica por la pasividad masculina y la curiosidad infantil de la joven delfina de las galias, quien mira a su marido con lascivia y suele encontrar la espalda hasta que otro hombre, el hermano de Maria Antonieta y emperador de Austria, habla alto y claro. Estas escenas reflejan bien, o eso creo, la sexualidad de su tiempo y el miedo ante la primera vez, como si se violara un precepto divino. Como podéis entender los reyes no leían la Cosmopolitan y no estaban informados como nosotros; a lo sumo devoraban la Biblia por mucho siglo de las luces en que vivieran. Maria Antonieta ni eso. No le gustaba la lectura y su curiosidad era la de una niña amante de la naturaleza, con caprichos y un aburrimiento pésimo que saciaba, buen sustitutivo del sexo, con chocolate y champagne. Las desenfrenadas escenas, muy de videoclip de la MTV con algo de clase, de licor francés cayendo a chorros y chocolatinas rosas son la representación que la Coppola, que quizá pensaba en sus fiestas de pijamas de la adolescencia, da al supuesto amor sáfico de la reina. Sí, vemos damas exuberantes que hablan abiertamente de sexo, pero eso no tiene por qué escandalizar a nadie, ni a un niño. El lesbianismo es superficial al no tener constatación histórica del mismo.

En cambio, la relación de la reina con el conde Axel fue su verídica tabla de salvación ante la poca atención marital. Al tratar ese romance la hija del director de la trilogía del Padrino muestra tener ciertas nociones de cómo introducir un personaje en la trama narrativa. Todo se inicia con un juego de miradas en una mascarada y el paso del tiempo propicia el rencuentro cuando el poder y el desgaste han alterado las relaciones sociales de Maria Antonieta, que ya vive en el Trianón y goza de la libertad de la relativa emancipación conyugal. Su relación es una aventura, y las escenas de alcoba un juego morboso cargado de nerviosismo ante el sexo deseado, sin compromiso. Por eso vemos a Dunst desnuda ataviada con unas medias y mirada expectante, medio oculta por un poderoso abanico. Por eso observamos un continuo ir y venir de miradas que dicen más que cualquier otra cosa. Por eso la despedida, un nunca más te veré, presenta al conde sueco raudo y veloz con su caballo sin cometer el error de Orfeo. Un final es un final. No caben concesiones.

Otros dos aspectos relacionados con el erotismo en la película, que como podéis ver no son tantos, tienen que ver con la desfachatez de Madame du Barry, interpretada por una Asia Argento que extrañamente se parece a Carmen Consoli en feo, con el Rey Luis XV, padre del marido de Maria Antonieta. En la corte francesa era normal que el monarca tuviese una amante oficial y la luciera por todas partes sin pudor alguno, pues al ostentar su cargo por derecho divino podía hacer lo que quisiera sin problemas. Coppola refleja, con cierto esperpento en su plasmación fílmica, bien este aspecto, que implica el desprecio del resto de las damas de la Corte, que ven a Du Barry como una prostituta con galones.


Finalmente la gran cuestión sería si es cierto que el perfil vital de Maria Antonieta se puede comparar con el de la mujer actual. La respuesta de quien escribe estas líneas es negativa. La ejecutada en la guillotina fue una mujer privilegiada que vivió como quiso en un paraíso terrestre lleno de banalidades idiotas. En eso sí podríamos compararla a nuestro tiempo, en el afán consumista que todo lo invade. ¿Una precursora del presente? No, una malcriada víctima de la desdicha, una gran aprendiz de la manipulación y el vicio a la búsqueda de la supervivencia de su mediocridad dentro de la mediocridad absoluta. Casi como el film de Sofía Coppola que, se me olvidaba, tiene bonitos carteles. La revolución tendrá que esperar. Al menos ya sabemos cómo no tiene que hacerse.
Jordi Corominas i Julián
Miembro del comité
de redacción
de los quaderni del CSCI
(Centro di Studi sul
Cinema Italiano)