

El padre de todos
Por Jordi Corominas i Julián
Escribir este texto es como sumergirme en mi pasado reciente, pero lejano, y aceptar determinadas visiones que me seguirán el resto de mis días sin que pueda hacer nada por evitarlas.
Conocí la obra de Sebald en el ya lejano 2001, año de su fallecimiento, que por aquel entonces ignoraba, como tantas otras cosas. Vi Austerlitz en la librería La Central de la barcelonesa Calle Mallorca. Observaba esa cubierta con un niño vestido a la antigua y no entendía. Seguí viéndolo durante meses y me resistía a tocar sus páginas.

La avalancha de críticas, el furor de homenaje me hastiaba. Un buen día, decidido a desafiar mi desconfianza, accedí a comprarlo. La sorpresa, una conmoción sin precedentes en mi cerebro, fue mayúscula. Si con 16 años me impactó la imagen de un señor llamando a las casas del mundo para comunicar la muerte de Dios, con 22 el impacto también fue de aroma germánico, aunque suave y progresivo, como si la lectura de Sebald fuera una dura caricia suspendida en el aire. Pasaba las páginas y mi miedo se desvanecía. Cuando adquirí Austerlitz pensé, nuevamente la ignorancia, en la famosa batalla napoleónica. No señores. Las estaciones de trenes, los encuentros, la vida de un hombre normal y excepcional y la Historia de Europa son algunas de las claves del mejor libro de finales de siglo XX.

Un crítico dijo que con Sebald, lástima de su prematuro fallecimiento, habíamos encontrado al nuevo Joyce, algo así como una luz del nuevo día para escapar de la muerte y soñar con nuevas posibilidades. Las comparaciones, no me cansaré de repetirlo, son odiosas, pero The times se acercó a la verdad. El Ulises es la novela de novelas, no creo que ningún narrador contemporáneo pueda soñar con hacer algo parecido, es el trabajo de una vida. Éste en Sebald es toda su obra, que sigue llegando de manera fragmentaria a nuestro país, por lo que mi texto es sólo una visión parcial que nada en inferioridad por culpa del lento descubrimiento del alemán europeo.
Con Austerlitz experimenté varias sensaciones que chocaban con el doble texto, que era uno. Vi líneas y más líneas sin párrafos. Todas las palabras tenían conexión entre sí, el punto y aparte, una barrera que en ocasiones parece destinada al aprendizaje en la antigua EGB, desaparecía en pos de la totalidad, que se incrementaba con las imágenes, segundo texto que complementa al escrito e incita siempre más y más a la reflexión, palabra justa, entre muchas otras, para definir la prosa de Sebald, arte que corre sin cesar, exige pausas (para la meditación personal), da puñetazos con sutileza y deja una sensación incomparable de vacío cuando finaliza. Sé, pero no me acuerdo de la definición exacta, que Goytisolo tuvo el mismo pensamiento al comprobar que el fin de Austerlitz es algo similar a perder un ser querido. Durante más de un mes sus imágenes verbales flotaron en mi cabeza como una dulce condena de la que no quería escapar.

Tenía que solucionar mi obsesión. Francia nos lleva ventaja y encima es económica en materia literaria. Leí nuevamente admirado Los Emigrados y entendí con más contundencia si cabe cómo a partir de pequeños retales de vida humana podemos llegar a la unidad que es la Historia. Sebald era un historiador sin cientifismo, un hombre que aprendía a partir de otros hombres, vivos o muertos, eso no importaba. Su búsqueda era la de la madre Europa y viajaba con sus personajes, reales como la vida misma, con lo que tendríamos que relativizar su «ficcionalidad», errabundo para perderse y llegar siempre al mismo punto: Europa como génesis, Europa como fruto y don, última meta de un recorrido incesante lleno de un por qué siempre flotante en su aire.
De las vidas de vidas que es Los emigrados –nuestra Historia contada desde historias, mosaico teutón– llegué a La historia natural de la destrucción, bisagra entre los dos libros anteriores por su temática. Sebald, consciente de la trascendencia del asunto tratado, vuelve a convertirse en el historiador humano. Aporta datos de los bombardeos en su tierra natal durante la Segunda Guerra Mundial, pero sobre todo se centra en sensaciones poéticas e historias de los afectados para que entendamos la verdadera magnitud del drama, siempre con una pluma afilada y afinada que escarba en el mal y llora desde la distancia para que hechos determinantes, minucias significantes, no caigan en el olvido, relatos que, a diferencia de Austerlitz, de lo grande abordan lo pequeño, lo verdaderamente colosal.
No ocurre lo mismo, metamorfosis de la unidad siempre igual y cambiante, con Vértigo, donde, entre otros, las experiencias de y sobre Stendhal y Casanova constituyen un nuevo viaje hacia nuestro origen sin disimular en ningún momento que el viento que fluye entre vocablos es el del presente, tiempo de escritura y de toma de conciencia de una nueva mentalidad que algunos aún desconocen por tener una visión más limitada que el horizonte, algo muy aburrido, se lo prometo.

He hablado y he mencionado, imposible despreciar el lugar en que nacimos, en varias ocasiones términos relacionados con Alemania. Sí, ya lo sabemos, WG Sebald era del país de Goethe. ¿Y? Si las obras fueran anónimas, dios nos libre de la oscuridad medieval, el lector afirmaría sin dudarlo que se encuentra ante el texto de un europeo. Lo que quizá no dirían, y es lo más evidente, es que las palabras vertidas en tinta negra son simplemente, y es muy difícil de encontrar, las de un escritor, sí, un escritor con mayúsculas.
En España existe uno muy diferente a la par que similar. Se llama Enrique Vila Matas y si leyéramos sus obras sin saber el nombre del creador deduciríamos que es de Barcelona, lugar de paso, punto de lectura y trabajo lejano y cercano de Veracruz. Su búsqueda, también única, no es la de Europa, pero es europea y lleva años por una senda (¿se inicia en Mar de fondo o en La visita al maestro?) siempre más clara para quienes lo leemos con atención. Desaparece y vuelve, y en su último libro homenajea a Sebald por todo lo alto sólo con el título de Doctor Pasavento. Si lo menciono para cerrar las líneas que leéis no es casual. Es una fortuna que existan escritores y el panorama actual, por muchos casos literarios que nos vendan, no es muy halagüeño. Hablemos pues de literatura, combinémosla con la vida y quizá encontremos el elixir. Quién sabe.
<< Artículo anterior .......................... Artículo siguiente >>
Febrero 2007 ©