Un viaje
Por Parisicilia
Los relojes de los andenes seguían parados, sólo el gran óvalo central marcaba las horas, entre órbitas en sus ciegas carreras, que enrojecían las mejillas marchitas de la vieja estación. El ojo de pollo, dando el callo entre mis dedos, pisando charcos a cada paso, en la repentina hora de la madrugada de un jueves de enero.
En la sala de espera conversé con una joven, Isabel, que viajaba a Roma.

«La fórmula es simple, limpia, sin brochazos ni goteos, de uso fácil, en un par de gestos, despegar y pegar, un trapo para que la estética del plástico quede intacta, es impermeable y resistente a los cambios de tiempo…»
Imaginaba un precioso anuncio adhesivo de las rebajas «Nopri», la torre Effiel de sombrero, atada por una cinta métrica elegantemente a la cabeza de la modelo comiendo plátanos en Canarias.
«−¡C’est Chic!» me decía Isabel.

La pegatina se desplomaba encima de mí, desmoronándose con el tembleque de una pierna la escalera de sensaciones, el lado oscuro del adhesivo, encontrándome pegado entre metros y kilos de plástico, la obesidad mórbida de los maestros de la cuántica facultad de facultades en la torre.

La educada representante, estampada de verdes cuadros ingleses, observó sus botines despegados y pegó los velcros rápidamente.
Al diablo, desapareció.
La pesadilla era que nunca acababa de irme al términus, en esta historia, por ejemplo.
Era importante.
Se amontonaba la calorina en la cartonera del coche-litera. El vociferio de una discusión en el pasillo sobre la existencia o no de unicornios, me despertó. 
Deslicé la puerta discretamente unos centímetros para oír mejor y el llanto de un bebé se coló retumbando hasta el eco de la primitiva obra de arte en su cueva, todo un clásico de “la Lechera”.
Cerré la puerta, con la idea embetunada de volver a dormirme. La moqueta gris, la claustrofóbica ventana cerrada de un tirón al espacio que se desplomaba a toda velocidad en el interior.
El consumido despertar me llevó al bar, estaba cerrado hasta las siete.
Volví al colchón, cruzando el espacio auditivo que ofrece el pasillo de un caracol de noche.
Recosté la piernas en la pelirroja manta, plegué las manos y acosté mi cabeza sobre ellas, cerré los ojos tremendamente, la tensión de las estrellas en todos sus colores, dormir, quería dormir, pero me era imposible, entonces empecé a contar, desmayarme hubiera sido inútil, 1, 2, 3, 4, 5… 22, 23, 24, diálogos imaginarios:
X: ¡Hola ! ¿Un tícket, por favor?
Y: nojdhd uddhn.
X: ¿Qué dice?
Y: ¡Qué no me quedan!
X: ¡Qué no le quedan tickets!
Y: Sí señora, empecé mi jornada en el tranvía, a las cuatro de la madrugada y ya no me quedan.
X: ¿Cómo puede ser, si son sólo las 8:30 h de la mañana? ─No le des más vueltas, me dije, viajaré sin ticket─.

A: ¡Buenos días! Quería un sobre XL.
B: ¿Ixelles? Ixelles no es aquí, es el pueblo de al lado.
A: ¿Qué?, No, no quiero ir a Ixelles, quiero un sobre de la talla XL.
B: ¿Para qué?
A: Perdone señor. Esto es correos, ¿verdad?
B: Sí. ¿Para que quiere ese sobre?
A: Para meter esta carta tamaño A3, ¿ve?
B: ¡Ah! qué bonito, un momento por favor.
(Pasados unos minutos el Sr. B vuelve y la cola ya sumaba ocho letras nuevas C,D,E,F,G,H,I,J)
B: No me quedan, lo siento.
……
V: Zzzzzz, Zzzzzz.
W: ¡Despierta!
V: Así no hay quien duerma. Zzzzzz,Zzzzzz.
W: Zzzzzz,Zzzzzz.
V: ¿Despierta ya hemos llegado?
W: ¿Qué dices? Zzzzzz, Zzzzzz.
V: Zzzzzzz, Zzzzzzz.
W: ¡Velocidad!, Zzzzzz, Zzzzzz, ¡No sé parar!
Zzzzzz: ¡Hablan dormidos !

Y: ¡La tienda está cerrada!
K: Perdone, la puerta estaba abierta y entré.
Y: Sí, pero no abrimos hasta las once, ¿Qué quería?
K: ¡Buenos días! Sí, mire quiero 150 gr. de jamón cocido.
Y: ¡Uf! Cuánto trabajo tengo todavía: ocho bocadillos que hacer, la máquina está parada… ¿Quiere algo más?
K: Sí, un trozo de paté.
Y: ¡Uf ! no es posible, no tengo.
K: ¿Cómo no? ¡Lo tiene ahí !
Y: No, no tengo.
K: Sí, ahí.
Y: ¡No!, eso es fois gras. ¿Quiere usted fois gras?
K: ¡No!, el paté que tiene al lado del jamón de Parme. ¡Por favor!
Y: ¡No es posible! Tenga.
K: ¡Adiós!
Y: ¡Adiós!

Qué endiosado aburrimiento, los diálogos imaginarios no eran lo suficientemente fantásticos para seducir el cansancio y lograr huir a gusto. El propósito de dormirme estaba infectado, el tren frenando, aproveché para ponerme las botas y fumar un cigarrillo en su parada.
Salí en pijama con la chaqueta por los hombros. La neblina ante los ojos me recordó una pesadilla del primo de Luis:
─Madre, madre ¿Qué haces perdida entre las sombras?
Padova era la estación donde se había parado el tren, desierta a esa hora en que la escolopendra, el abrazo de la muerte, lava sus cien pies.
Mi destino, Venecia estaba cerca.
Las letras de neón verde fluorescente, se leían desde la ventana de enfrente, como enunciados recuerdos o estampas en un credo de olvido: H O T E L.
*Todas las imágenes son obras (grabados orgánicos con patata, tintas y acuarelas) de la artista plástica Parisicilia.