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Sobre la creacion artistica

Michel Houellebecq

El erotismo para vender libros: la mediocridad contemporánea de Michel Houellebecq

Por Jordi Corominas i Julián


Hace ya muchos años pasé por una temporada llena de erotismo en mis lecturas. Devoré la contundencia, que pasa como un suspiro, de Bukowski y sus historias de sexo, hipódromo y alcohol, leí a Fante descubriendo una calidad superior a la del alumno y finalmente llegué, les juro que tal pupurri no dejó ningún tipo de secuela cerebral, a Michel Houllebecq, de quien mucha gente me había hablado bastante bien. Lo que no sabía por aquel entonces era que gran parte de esas personas no leían con criterio, sino con tendencia de moda, como quien compra un Armani porque es lo que se lleva. Atraído por el fenómeno Houellebecq, casi tan insoportable cómo Amelie Nothomb y su soberbia de pacotilla, asistí en el Instituto Francés a la presentación española de Plataforma, extraño happening idiota que poco o nada tenía que ver con la literatura. Compré los libros del autor y me refugié en mi guarida, donde leí sus tres primeras obras narrativas con una sensación entre la euforia y las ganas de vomitar al ser consciente del engaño que pretendía el autor, un charlatán de los nuevos tiempos que, esperemos, pasará. Por suerte no todo lo sólido se desvanece en el aire, donde flotan muchas partículas de fugaz éxito de estos tiempos en que muchos parecen no saber el significado de la palabra literatura.

Houellebecq presume de ser poeta, ensayista, novelista y lo que haga falta, hasta director de cine, como si creyera que emular a Marguerite Duras es coser y cantar. Su condición de ensayista le permite construir novelas con intención ideológica. La primera de ellas, Ampliación del campo de batalla, es la mejor, quizá por el efecto sorpresa, quizá por intentar retratar la alienación contemporánea mediante nuevos instrumentos de comunicación sexual; ello no impide que en esta primera obra se observen determinados trazos mentirosos, funcionalidades que el autor usa para atraer la atención del lector incauto.
Dicen por ahí que para construir un bestseller  hay que tener muy clara la estructura del texto. Conviene elegir temas polémicos e introducir cada x páginas una situación de impacto que estimule, que mantenga atrapado al lector. Houellebecq no es Grisham, pero su construcción del texto no se diferencia en exceso de la del autor americano. Su obra, en especial Las partículas elementales y Plataforma, pretende dirigirse a un público con pretensiones intelectuales y ansías de ser moderno, al que no le importa que el francés elija temas mascadísimos del mundo contemporáneo para colorear la debilidad temática y narrativa. En Las partículas elementales la excusa de los antiguos progres del 68 se convierte en una pasarela de la decadencia humana aliñada con clubes de intercambio de parejas, sexo por doquier y el desgaste de los años y la reflexión, lógica y vieja como el planeta, sobre que todas las generaciones viven bajo las mismas obsesiones, destinadas a ser caldo de consumo eterno como consecuencia del modelo de sociedad generada después de la Segunda Guerra Mundial y transformada definitivamente después de la crisis del petróleo. Toma castaña.
¿En qué queda eso? El erotismo de Houellebecq es directo, no hay florituras en el texto. Si es así es por la razón ya expuesta con anterioridad. El francés quiere impactar y elige espacios de la cotidianidad accesibles pero prohibidos, lugares de libre acceso que no todos frecuentan por el qué dirán y la doble moral imperante. Si bien no es negativo sacarlos a relucir, en el caso de Houellebecq se aprecia demasiado una voluntad de hacerlo para vender más libros, no por motivos filosóficos. El sexo en sus novelas cumple a rajatabla las coordenadas de navegación de cualquier bestseller. Follar vende, o eso dicen, y en Las partículas elementales lo hace y mucho, centrándose en mecanismos de seducción y deseo. En ocasiones parece como si Houellebecq supiera muy bien que esos seres con pretensiones de intelectualidad a la moderna, decir mucho sin nada de fundamento, son pequeños burgueses frustrados.

Sobre Plataforma

Ese aire se confirma en Plataforma, novela que parece escrita en función de los acontecimientos históricos recientes. En ella se aborda el tema del turismo sexual y la mediocridad, su tema favorito, del hombre occidental contemporáneo, un listo que intenta combinar la necesidad económica con el placer y la búsqueda del amor. Las vacaciones en un país oriental son un plato cocinado con las habituales cargas de sexo morboso, dinero a raudales, estrategias comerciales y un punto final con terrorismo islámico para que el libro venda más. Como Houellebecq sabe que los libros no se leen solos da el toque definitivo a su ensalada con alguna que otra declaración polémica y todos, él más que nadie, tan contentos. El sexo de Plataforma sigue las escabrosas sendas de las anteriores novelas pero se concentra más en el aspecto económico, en la posibilidad, no sé si de una isla, de engañar al engañado a partir de las experiencias propias y vivir el goce aunando poder económico occidental y sensación de superioridad ante el débil tercermundista que depende del poderoso caballero de toda la vida.
No he leído La posibilidad de una isla ni creo que lo haga. El autor francés hastía cuando conoces sus mecanismos de engaño. La funcionalidad del sexo en sus novelas, venderse por treinta monedas se estila mucho hoy en día, y la supuesta carga filosófica de las mismas es como la pared que rasga Jeanne Moreau en La notte de Michelangelo Antonioni, frágil, muy frágil, yeso que cae con sólo rasgar un poquito, material de desecho postmoderno que probablemente algún día desaparezca en el fondo de alguna biblioteca pública.

Michel Houellebecq


En la literatura, como en el cine, el uso del sexo tendría que ser concreto y tener una justificación narrativa digna. La gratuidad, tan propia del XXI, merece ser coto del género erótico puro y duro. Por eso Houellebecq y su estrategia comercial nos repugna y parece sorprendente, quizá no tanto ahora que lo pienso, que algunos lectores buenos hayan sucumbido a su oferta, que empobrece la literatura, la convierte en un pequeño salsa rosa y la transforma al son del baile de ahora. Creo en el silencio moderado y en la escritura, no en el espectáculo.

 

 

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Marzo 2007 ©

 

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