Salsa agridulce del DVD posmoderno
El año pasado no estaba en Marienbad. Quería ver Volver de Pedro Almodóvar y una suma pereza me impedía ir al cine y depositar los seis euros seis de la entrada. Decidí bajarme la película a través del ínclito Emule y al abrirla me encontré con la historia de una cubana en París de Vacaciones. ¡Penélope, qué cambio! La chica aceptaba la invitación de un chico e iba a su casa, donde cinco amigos tomaban café y acababan sacando sus artilugios reproductores para dar placer a la extranjera.

Decidí ir al cine para solucionar el enigma de Penélope. No había chicas de color y la historia era muy del manchego. Hace poco salió el DVD y volví a disfrutar de la inteligencia narrativa de Don Pedro. Naturalmente la historia parisina era una porno que algún gracioso, sigo sin entender el sentido de estas bromas, coló con el nombre de la última producción de El Deseo.
Por aquel entonces la necesidad me impulsó hacia el cine más cercano, pero la dinámica del mercado ha cambiado esta actitud en muchos espectadores. No es este el texto para discutir sobre las virtudes de las descargas ilegales, una mina de oro para el amante del cine clásico e ilocalizable en este país de absurda distribución fílmica, sino para hablar de la evolución del mercado de consumo en el cine.

Hace algunos meses se repartieron los Goya. Al cabo de unas semanas los Oscar, esos premios tan mediáticos que tienen una ceremonia en Los Ángeles, otorgaron su veredicto. Quien vaya al quiosco encontrará al módico precio de 15 euros El laberinto del Fauno e Infiltrados, las dos películas más premiadas de 2007. ¿Qué sentido tiene su reposición en la gran pantalla si cualquier usuario, los ciudadanos tienen esa condición básica que les da derecho a formar parte de la comunidad, puede encontrarlas al comprar el periódico? Los puristas dirán que no hay nada como contemplar una buena producción en la sala de toda la vida. Les doy la razón. Sin embargo, el comportamiento humano se mueve generalmente bajo otros vectores. Puede que se acerque el momento en que, dinero es dinero, los filmes pasen directamente al formato digital sin visitar los cines, que por otra parte viven bastardizados por una brutal política de marcar entradas a toda costa, única manera de entender el por qué se venden –con un gran cartel de DISPONIBLE, como si fuera un coche en un escaparate– media hora después del inicio de la proyección.

Este fenómeno ya existe. Los directores lo saben. Muchos de ellos, hablando estrictamente en la órbita del cine europeo, desean que sus obras pasen la clásica singladura comercial. Ver tu nombre en un cartel enorme da prestigio, qué duda cabe. Ahora ello es posible hasta cierto punto. La gran mayoría de distribuidoras van sobre seguro e ignoran las películas de debutantes que anteriormente han realizado un gran esfuerzo para obtener el dinero que posibilite la producción de ese sueño llamado cine. Hablo de noveles, aunque los grandes también sufren.

Giuseppe Bertolucci no es tan famoso como su hermano Bernardo. En abril la Filmoteca de Catalunya le dedica un merecido ciclo en el que probablemente no se verá su última película Pasolini, prossimo nostro. Las distribuidoras han considerado que el tema no interesa, por lo que el filme saldrá directamente al mercado en DVD. Ello es una lacra doliente. Los que compren la cinta serán estudiosos y fanáticos, en sentido positivo, del friulano que vio la muerte al lado del mar. Si la película hubiese pasado por sala tendría una promoción más amplia que permitiría una justa combinación entre calidad del material y estrategia comercial. Eliminada esta última sólo queda la esperanza, que es algo que muchos no tienen que perder.
Para ser un nombre consagrado primero tienes que debutar, tarea bien difícil si no tienes la garantía de poder exhibir tu filme al gran público. ¿De qué sirve un DVD así? En los años cincuenta era normal pasar un cortometraje o un minidocumental antes de la proyección del día. Ello permitía que los jóvenes tuvieran su acceso al mercado y pudieran darse a conocer. Ahora esta práctica existe en muy pocas salas.
Como, entre otras cosas, soy calificador de películas veo muchas que son sólo para mis ojos, pues no se estrenan comercialmente. ¿Qué sentido tiene calificarlas? Nuevamente todo reside en la esperanza y en el capricho de aquel que dice: sí, la distribuyo.
Para no matar la burra conviene cambiar, y las premisas a seguir me parecen más que evidentes. En primer lugar conviene una ley europea que obligue a las distribuidoras a comprar filmes de directores noveles; ello incitará la producción y permitirá el surgimiento, algo cada vez más raro, de nuevos talentos. El otro gran favor que la industria tendría que hacernos a TODOS es espaciar en el tiempo la salida de los DVD. Sé que pido un imposible, la ley del mercado dicta sentencia e ingresar dinero es lo que cuenta, pero de este modo quizá las películas tendrían más vida y recorrido. Su brusca desaparición, algunas no duran ni una semana, obedece a la férrea velocidad y al deseo absoluto de lo nuevo, como si fuésemos máquinas perfectas de asimilación. El cine como la sociedad del fast food. Quizá por una vez sería recomendable aplicar el minimalismo y decir que menos es más si permite la comprensión y el dulce vicio de degustar un largometraje sin toparte con que tu amigo, a quien deseas comentarle lo visto, no puede compartir la vivencia porque las luces de esa película ya se han apagado por imperativos del guión comercial.
Desgraciadamente esto es sólo una utopía y los tiempos no se mueven al ritmo de la música propuesta. Compren y vean.
Jordi Corominas i Julián
Miembro del comité
de redacción
de los quaderni del CSCI
(Centro di Studi sul
Cinema Italiano)