
Se acercó al periodismo, en el que sigue, como la mejor excusa para estar cerca de las palabras, hasta que, en 1991, se estrena con Historia argentina, y también se consagra. Con este libro, y los que siguieron, le llovieron a Rodrigo Fresán (Buenos Aires, Argentina; 1963) por parte de crítica y público atributos como: excelente heredero del boom o una de las voces más firmes y modernas de la narrativa hispanoamericana de finales de siglo. Después de aquello, se ha aferrado, para nuestro disfrute, a la profesión dejándonos en las estanterías de las librerías títulos como Vidas de santos, Mantra, Jardines de Kensington, La velocidad de las cosas… Libros con un estilo personal arriesgado y juguetón con géneros y tradiciones, fruto de una fuerte vocación de escritor y buen lector. Pero, ¿se puede tener, además, vocación de lector? No lo sabemos, pero quizá ésta también la tenga Fresán, pues así lo demuestra en sus libros, lecturas e influencias que respiran inevitablemente a través de sus textos.
¿Y cómo es su proceso creativo? Aquí sus respuestas a nuestro cuestionario sobre la creación:
¿Existe la inspiración? ¿Se busca o le encuentra a uno?
RF. Nunca lo tuve claro. Si hablásemos en plan Philip K. Dick o Stephen King, podría afirmarse que la inspiración es una parte de nuestro cerebro o un tumor benigno que funciona de manera autónoma y que de tanto en tanto hace contacto y sinapsis con el cuerpo central. Quién sabe. Lo cierto es que yo intento pensar lo menos posible en esas cuestiones. Ya lo dije mucha veces, los seres humanos se dividen entre los que –frente a un mago– sólo se preocupan por disfrutar de la ilusión (y de la necesidad de ser ilusionados) y los que, ilusos, sólo parecen preocuparse por encontrarle una explicación al truco. Por supuesto, yo me cuento entre los primeros. Por otra parte, en ocasines tengo la sospecha –y el temor– de que averiguar como trabaja o funciona uno equivale al fin de la magia y, por lo tanto, el fin del placer.
¿Es necesario, como decía Picasso, que la inspiración le pille a uno trabajando?
RF. Picasso también dijo, creo, algo así como "Yo no busco: encuentro". En cualquier caso, desconfiar siempre de aforismos tan perfectos y de frases tan redondas. Una cosa sí puedo asegurar: las mejores ideas suelen aparecer durante y no antes o después. Las epifanías y todo eso. Yo tiendo a pensar que las epifanías son como una especie de aplauso de algún tipo de entidad superior y lejana. No es la musa ni nada por el estilo. Sino alguien que aplaude cuando uno pasa cerca de una buena idea y, habiendo llamado tu atención, permite que la veas y, enseguida, la pongas por escrito.
¿Está ya todo inventado?
RF. Es posible que sí, quién sabe. Pero de una cosa estoy seguro: cada escritor, a su manera, vuelve a inventar todo lo que ya está inventado.
¿Cree determinante el espacio físico y el tiempo a la hora de trabajar? ¿Tiene usted algún lugar y horario preferente para la labor creadora? ¿Alguna manía?
RF. No. Cada libro impone su rutina, su método. Hay días de una frase y días de veinticinco páginas. Apunto frases sueltas en cuadernos a las que, después, tengo que buscarles un sitio donde vivir en mis libros. Puede decirse que no me cuesta escribir, pero que sí me cuesta sentarme a escribir y mantenerme sentado escribiendo. Por lo general, prefiero estar descalzo. Escucho música: Bob Dylan, Bach por Glenn Gould, y mi disco o mis discos favoritos del momento (cada uno de mis libros tiene su propio soundtrack que, por lo general, preciso en la nota final de agradecimiento). Y cuando necesito conseguir determinado efecto epifánico escucho una y otra vez A Day in the Life de The Beatles: la canción que está en el soundtrack de todos mis libros. Las mejores ideas se me ocurren cruzando avenidas anchas (en Barcelona, el Paseo de Gracia) y lavando los platos y, sobre todo, mientras escribo.
¿Nos podría describir su lugar de trabajo?
RF. Ha cambiado en los últimos meses: he sido padre y lo que era mi estudio es hoy la habitación del niño. Por lo que me he traslado a un pequeño cubículo en los fondos del piso. Un lugar donde hay apenas espacio para mis dos escritorios y sus respectivos ordenadores (uno para la ficción y el otro para el periodismo y la no-ficción), dos pequeñas bibliotecas con los libros que estoy utilizando más los diccionarios y enciclopedias y libros de citas y, entre una pared y otra, una silla con ruedas conmigo encima. No está mal. He descubierto que este espacio más estrecho, casi de nicho, me viene bien,
¿Escribir es decidir?
RF. Escribir es haber decidido no hacer ninguna otra cosa que no sea escribir. Salvo leer.
¿Cómo definiría el acto de la escritura?
RF. Supongo que hay muchas definiciones posibles que van de lo ingenioso a lo épico. Por lo que elegiré la que me parece más práctica y humilde: escribir es lo único que hago más o menos bien. No estoy del todo seguro que sea un "acto".
¿Cuál es su estado de ánimo óptimo para trabajar?
RF. Supongo que sentado.
¿Cómo se superan las dudas?
RF. Dudar es estar vivo. No me interesa superar las dudas. Para escritores con certezas absolutas acerca de absolutamente todo ya tenemos a Saramago & Co.
¿Lleva siempre encima una libreta para notas?
RF. No necesariamente. Lo que sí tengo de cada libro escrito –y de nueve proyectos que alguna vez escribiré, supongo– son respectivos cuadernos de notas con frases sueltas, ideas, recortes de revistas y de periódicos y, por supuesto, el inevitable número de teléfono que no tengo la menor idea de a quien pertenece. En ocasiones –con cierto temor psycho-sacro– me atrevo a releer los cuadernos "terminados" (los de los libros escritos) y descubro que muchas de las anotaciones (como suele ocurrir cuando se intenta recordar y precisar un sueño) ya no significan nada para mí, que ya no tengo la menor idea de lo que significan. Y a veces hay sorpresas como, en el cuaderno dedicado a Historia argentina, descubrir la frase "el narrador es un tumor" y comprender que recién volví a eso, sin proponérmelo conscientemente, en Mantra, un libro escrito casi una década después, por encargo. Un libro que, literalmente, no estaba en mis planes.
¿Cómo es su proceso creativo? ¿Qué le surge antes: el tema, los personajes, el espacio, el tiempo…?
RF. Cuando yo empecé... Bueno, empecé a escribir desde que tengo memoria... Pero la diferencia que existe entre Historia argentina, mi primer libro, y lo que hago ahora, es que a mí antes se me ocurrían las tramas del cuento, generalmente se me ocurrían enteras. Entonces, el trabajo de la escritura era vestir el esqueleto, el esqueleto venía perfectamente conformado y había que ir poniéndole el sistema nervioso, los músculos, la piel, la ropa, etc. Pero creo que después de que leí a Marcel Proust –que eso "afectó" mucho un libro mío llamado La velocidad de las cosas– se me empiezan a ocurrir frases e ideas y la trama es durante la escritura, es como si me faltara el esqueleto. Es el proceso inverso, ahora tengo todo pero no tengo el esqueleto en donde colgarlo. Yo digo a veces que antes tenía la sensación de que los barcos llegaban a la orilla y ahora la sensación es que yo tengo que ir a alta mar a ver si se perdió, si está en el fondo del mar, a veces lo encuentro perfecto. Esto no sé si es bueno o malo. Tampoco sé si es una evolución o una involución, hay gente, amigos míos, cercanos míos, que todavía lloran y que piden de rodillas que vuelva a escribir El hijo de Historia argentina o Historia argentina II pero no creo poder hacerlo. Ya estoy en otra. Y en otro país.
¿Cómo se libera uno de los personajes creados?
RF. Me parece que el dilema es otro y que pasa más por cómo se liberan los personajes creados de uno. La verdad es que yo me llevo bastante bien con todos mis personajes. Me siento muy agradecido y pueden quedarse en casa todo el tiempo que lo consideren pertinente. Nunca les faltará un plato de sopa. Por otra parte, a mí me gusta mucho eso –culpa de Salinger y de Vonnegut y de tantos otros, supongo– de que los personajes de un determinado libro salten a otro cuento o a otra novela más adelante.
¿Qué valoración da a la corrección?
RF. El ordenador, me parece, acabó para siempre con la sensación de corregir aunque uno –por lo fácil que resulta ahora– corrija mucho más que en aquella lejana era unplugged. Mis primeros cuentos fueron todos paridos a mano o en máquina de escribir mecánica y lo cierto que –ahora y desde aquí– no puedo comprender cómo es que lo hacía. No podría volver a hacerlo.
Una vez terminado, ¿cómo se enfrenta a las críticas?
RF. Una de las pocas cosas sensatas que dijo Hemingway fuera de sus libros fue “Nunca te creas las buenas críticas porque entonces estás obligado a creerte las malas”. Y yo trato de hacerle caso. Después hay frases como la de Capote ("Los escritores son como los eunucos: saben a la perfección cómo se hace pero no pueden hacerlo") o la de John Gregory Dunne ("Uno cuando es niño nunca dice 'Mamá, cuando sea grande quiero ser crítico literario'. Uno acaba siendo crítico literario"). Pero ahora en serio: la verdad es que yo he tenido muy buena suerte con la crítica. No puedo quejarme. Pero tengo perfectamente claro que una buena crítica hace feliz a tu madre y a tu editor. Ellos son los verdaderos destinatarios. Yo, por mi parte, defiendo la idea de un crítico puro. Pienso en alguien como Ignacio Echevarría. El problema es que en muchas partes se favorece más la crítica de un escritor que la crítica de lo escrito. Entonces, la crítica funciona como ajuste de cuentas o chiste para iniciados o puñalada por la espalda. En lo que a mí concierne –jamás me atrevería a llamarme crítico–, cuando yo comento un libro prefiero pensar que predico el Evangelio. Es decir: propago la Buena Nueva.
Hay una frase de François Truffaut, ”hablemos solamente de las cosas que nos gustan”; que, de tener un escudo de armas, se convertiría sin dudas en mi lema.
¿Cuál es ese libro que habría disfrutado escribiendo?
RF. Esta es una pregunta más rara y compleja de lo que parece. Es decir: dos de los libros que más admiro son Moby-Dick de Herman Melville y En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Pero no sé si me gustaría haberlos escrito porque, de haberlo hecho, tendría que sacrificar el enorme placer que me produjeron como lector. También me gustaría firmar Cumbres borrascosas, pero no me siento capacitado para escribir algo así. O Estrella distante de Roberto Bolaño y Una casa para siempre, dos libros que siento muy próximos, como escritos por alguien en el pupitre junto al mío. Si me preguntan por libros que, además de haber disfrutado escribiendo, siento de algún modo extraño –y en momentos patéticamente mesiánicos y absurdos, grego– que también podría haber escrito yo, mencionaría a Matadero-5 de Kurt Vonnegut, Bullet Park de John Cheever, Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugeniades y el libro Being Dead de Jim Crace. Pero enseguida se me pasa, a no preocuparse.

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Mayo 2007 ©