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EspacioLuz previa a la luz


Los zapatos habitados


Reflexiones tras la lectura de
Luz previa a la luz,

poemario de Miguel Ángel Gara

Por Nuria Ruiz de Viñaspre

Samuel Beckett decía que había que pensar en ciertas cosas, cosas que nos habitan por dentro, que había que pensar en ellas porque si no lo hacíamos, correríamos el riesgo de encontrarlas, una a una, en la memoria. Decía que había que pensar durante un momento, un buen rato, todos los días, incluso varias veces al día, hasta que el fango las recubriera, con una costra infranqueable…
Y mientras leo y releo este librito de Miguel Ángel Gara y me impregno de esa luz que es tan previa a la luz, voy escribiendo esto que sigue fingiendo literaturas, como si fuera un extraño rito. Y lo escribo, porque si no lo hago, siento que estamos apretados en la sombra de la tarde. Porque sino todo lo escrito hasta ahora es tenso y porque nada suele estar defendido.

Nacer es la entrada al instante que huye
Morir no es expirar, es despedir la mirada 
 

Yo creo que todos llevamos al hombro un hatillo de sueños, aunque hay días en los que las nubes los empañan. La tierra ha comenzado a ponerse roja y es precisamente ahora cuando el poeta distingue una voz paterna. Pero no hay más modos de decir, no hay edad en los rostros. Y mientras el frío se apoya en las encías del escribiente, los ojos del naciente van cumpliendo su existencia. Y así, descubre en metáforas la cálida carne de sus manos, su pequeño cuello recio, soberbio que se yergue buscando la primera vertical que le sostenga, pedestal de su rostro por donde aflora el espíritu. La luz toca la risa del poeta con sus dedos trémulos, aún de arcilla. Y así intuye, metafóricamente que su frente será amplia de expectativas, proyectos e incógnitas por resolver y que sus, de nuevo metafóricos, párpados formarán caverna allí donde se guarece el tiempo; que será amable su risa, aunque a veces también angustia contenida pues anulará la memoria de cualquier pasado. Que respirará vientos difíciles. Es como si el poeta supiera que no hay distancia entre el nombre y lo nombrado… y entonces describe desde la noche alzada estas letras desbocadas, porque la palabra es del aire más incierto; da bandazos, indaga, nombra, engendra una ilusión, se resuelve ella misma… Y escribe como desde las alturas, desde el porvenir, allí donde el horizonte es plano, porque solo así se afirma y se sostiene.   

“Todo lo que es nuevo se basa en el pasado”. Si tenemos en cuenta esta máxima de Gide, descubrimos que esa luz del poeta es la prolongación de un deseo, la satisfacción de ver el proyecto del pasado acabado. Como si esta novedad del naciente se asentara en un antiguo deseo quieto. El proyecto de una nueva risa lanzada hacia delante, una risa que simboliza el futuro, dejando al aire las ideas blancas, ideas como la calma, un ejemplo de mujer, de hombre, de hogar, su mata de musgo, su guarida, su viento tibio, su nido, su arrebol matutino, su todo, su mitad. Y así, esa risa de futuro escrutará las manos del poeta porque verá en ellas la prolongación de un brazo que abrazará siempre sus miembros gruesos cuando a lo largo de la vida regresen rotos de andar el camino.

Vientre cerrado 
 
    
No hay ni una sola esquina en los cuerpos que pueda dañar al naciente, ni una sola arista, su cuerpo es rabiosamente esférico, sin espinas, como aquel vientre cerrado, tan redondo como el Mundo. Y antes de que se afeite el olvido, y con el lenguaje exclusivo de los besos, la arena de su raza habitará los zapatos del poeta, sus zapatos habitados.

 

 

 

 

 
 
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