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El fin de lo autentico

Paolo Sorrentino
La inevitable grandeza de un desconocido



Ser original en el mundo de hoy en día parece cosa de risa. Nos topamos día sí y día también con productos cargados de la petulancia del que aspira a la diferencia. Pocos la consiguen y no hay que rasgarse las vestiduras si la calidad escasea. En el mundo del cine el hartazgo es considerable. La repetición de las mismas formas y temáticas llega a rozar lo escandaloso. No obstante, algunos directores se lanzan, cruzan la frontera y encaran el camino con el atrevimiento de la seguridad creativa. Uno de ellos es Paolo Sorrentino (Nápoles, 1967), desconocido en España como atestiguan los escasos cinco mil espectadores que desfilaron por los cines del país para ver Le conseguenze dell’amore (2004), pequeña obra maestra de mafia y personalidad.
Hablar de Sorrentino es meditar unos segundos y volver a sorprenderse. Cuando hojeaba alguna que otra revista en busca de nuevas películas que devorar me encontré con L’uomo in più (2001), base de una trilogía que quizá tenga nuevas entregas. En su primera película el más sólido director italiano de la actualidad, con permiso de Matteo Garrone, no se amilana. Toca dos grandes temas sin pudor, dejando de lado su aspecto banal para entrar en la mente de los individuos. Antonio Pisapia es uno y son dos. Uno es futbolista, el otro cantante. Sus vidas fluyen paralelas del éxito al fracaso, a la decadencia más absoluta. ¿Se puede hablar de deporte y música sin caer en tópicos? Sí. Sorrentino gusta de estos hombres solitarios con tiempo para reflexionar y decidir entre ensoñaciones pesimistas sobre el futuro.

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Pisapia futbolista quiere ser entrenador. Pisapia músico quiere vivir y seguir en la senda del triunfo. Sin embargo, las vidas no son matemática y los personajes se verán abocados a un vía crucis de desolación por culpa de una sociedad saturniana que se come a sus hijos sin pedir factura. Juguetes rotos. Fast food de los 80. L’uomo in più tiene muchos atributos como para no ser ignorado y marca la primera fase de la construcción de un estilo, y no sólo temático, pues Sorrentino vive obsesionado, sin que sea algo negativo, por los movimientos de cámara y la técnica, como demuestra el magnífico uso del zoom en los escasos quince segundos que encuadran en varios planos el nacimiento de la atracción física entre el futbolista y una mujer de alto rango. Este simple ejemplo es como un aperitivo hacia el segundo filme del napolitano, Le conseguenze dell’amore, donde un antiguo inversor de la cosa nostra pena sus días en un hotel del Ticino, aislado del mundo por culpa de un fatal error. Titta di Girolamo es un hombre de costumbres que dan más tedio al tedio. Desde hace 24 años tiene una cita cada miércoles a las diez con la heroína. Cada semana va a un banco suizo y deposita una maleta con mucho dinero, que los empleados cuentan manualmente. Ese es su trabajo. La mafia calla y él sobrevive. No puede cometer ningún fallo dentro de la monotonía, sólo las consecuencias del amor, algo impensable en un hombre que no ve a su familia desde la prehistoria, pueden truncar la sórdida placidez del solitario e inteligente personaje. Y ocurre. La casualidad de lo cotidiano irrumpe y di Girolamo, un hombre con un solo amigo perdido por los cables eléctricos de las montañas, rompe su silencio para observar los movimientos de la camarera de su hotel. El amor, una acción, la nobleza y la muerte en una sinfonía de fondo y forma con matices de excepcionalidad.

Servillo

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En sus dos primeras obras Sorrentino dio en el clavo al contratar, una premisa básica en su ideología actoral, a Toni Servillo, un intérprete brillante en las tablas pero sin carrera en el cine. La solvencia de Servillo, que volverá a rodar con su descubridor en Divo Andreotti, logró la profundidad necesaria, especialmente en movimientos y pausas, para que se entendiera la soledad como un desquicio medio terapéutico. Los personajes de Sorrentino sufren y viven. Sufren al tener la condena en su código genético y viven como quien sigue el agua del río y, de repente, nota una alteración que hace saltar los fundamentos. Un pequeño evento y la existencia se va al traste, un momento en la nada para derrumbar frágiles construcciones humanas.
Lo mismo ocurre en L’amico di famiglia, tercer y último largometraje hasta la fecha de nuestro protagonista. Un usurero y una chica. Amor imposible, necesidad de enamoramiento y un turbio clima entre construcciones fascistas. También encontramos a un Cowboy italiano. Y no es una locura. Todos estos elementos confluyen y bajo unas coordenadas conocidas –soledad, amor, anomalías de la cotidianidad– logran dar un paso adelante porque L’amico di famiglia traspasa dos umbrales, entrevistos en L’uomo in più y Le conseguenze dell’amore, y alcanza una nueva cota que oscila entre lo político y la comedia.
En declaraciones previas a Cannes 2006, donde su última película recibió elogios de crítica y público, Sorrentino hablaba de la honda herencia de Federico Fellini y su visión hiperrealista del universo. Sorrentino camina siguiendo los pasos del genio de La Dolce vita y a partir del absurdo de la realidad, siempre presente aunque algunos no quieran enterarse, muestra caracteres en crisis, como la sociedad que los acoge. El usurero Geremia es un desgraciado sin alma que deja dinero y luego se cobra venganza si el verde papel no vuelve a tiempo. Cuando se cruza con la bella Laura Chiatti, una chica guapa que sabe actuar con seriedad, empezará a caer en el abismo, donde sucumbirá por ambicioso, por querer superar su límite de pequeños préstamos. El verdugo será el cowboy, interpretado por Fabrizio Bentivoglio, personaje clave que da al filme su tono político. Geremia simboliza la Italia del pasado, aquella Italia de la Democracia Cristiana donde parecía que el partido dominante ayudaba al pueblo, cuando en realidad se burlaba de él y lo despojaba de bienes y vida. La chica, casada a disgusto y consciente de lo miserable de su espacio, representa la juventud, vista generalmente como sumisa pero con una chispa de inteligencia, cuando se libera del corsé del tópico, que le permite pactar con los descontentos para avanzar. En este sentido se impone el término medio: el cowboy, hombre particular que sólo desea ir a Kentucky, algo muy significativo, por su lejanía, como si supiera que la distancia o el sueño de la misma es lo que posibilita reformar el interior putrefacto de una Italia eternamente en crisis.
Con esta zona política Sorrentino se despide hasta nuevo aviso. Cuando se estrene Divo Andreotti es más que probable que muchos se escondan bajo la almohada por miedo a la verdad contada en imágenes. Con su cuarto paso, previsto para 2009, Sorrentino culminará una primera etapa llena de puñetazos encima de la mesa de madera. Sus golpes son certeros y ahora parecen ir hacia la máxima que pregonamos desde estas páginas: mostrar la Historia en imágenes sin olvidar la historia. Cuando caiga, por su neta exhibición fílmica, la máscara de la verdad sonreiremos y todo será más puro. Y bello.

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Jordi Corominas i Julián
Miembro del comité de redacción de los quaderni del CSCI
(Centro di Studi sul Cinema Italiano)

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