
Dedicado a Rodolfo Walsh
Por Jorge Fernández Abregú
Cuando se publique este artículo se habrá cumplido el treinta aniversario de la desaparición de Rodolfo Walsh, una victima más de la cruel y sanguinaria dictadura militar que azotó a los argentinos en la década del los setenta, exactamente desde el 24 de marzo de 1976 hasta finales de 1983.
Como la gran mayoría de los adolescentes, mi vida pasaba por un mundo plagado de vinilos y de información de bandas de rock and roll. En mi imaginario sólo había lugar para leer biografías de rockeros y estar al día de sus conciertos; mis fantasías pasaban por estar con ellos, hablando, tomando unas copas e ir a alguna prueba de sonido. Desafortunadamente nunca se concretaban estos sueños. No fueron pocos los personajes que he tenido el placer de conocer y de compartir algún vino barato en la Giralda como Charly García o Spineta (1), músicos que marcaron mi vida en la adolescencia.
Afortunadamente, a medida que uno va creciendo se encuentra con otras realidades y aparecen otras inquietudes.
Fue así que la vieja biblioteca de mi padre que adornaba el salón de casa comenzó a transformarse en mi mejor aliado. Comencé a tener nuevos compañeros con quien hablar en mis tardes de adolescente introvertido.
En una noche de lecturas desordenadas, lo conocí. Tuve mi primer acercamiento a la obra de Rodolfo Walsh. No sabía nada de él. ¿Quién era ese hombre con más pinta de sacerdote protestante que de intelectual revolucionario? Con sus gafas de carey rectangulares y su traje oscuro parecía un personaje del París de los años cincuenta. Sin embargo, era más criollo que el mate amargo que tanto saboreaba mientras hacía disparar las teclas de su antigua remingtom.
El libro era Operación Masacre, donde narra minuciosamente los fusilamientos, en un perdido basural de Coronel Suárez, a las afueras de la provincia de Buenos Aires, ordenados por la dictadura militar que derrocó al presidente Perón. Al tiempo me enteré de que esta novela inauguraba el género literario de no ficción, adelantándose a Truman Capote y su A sangre fría (2).
Pero Walsh había nacido en la Argentina, en la periferia, y no sólo deberá padecer el descrédito de sus contemporáneos sino también la marginación. ¿Qué hubiera sido de él en Nueva York?. Lo desempolvé y comencé a leerlo.
Ese libro me sugirió muchos interrogantes ¿El oficio de escritor es la fábula?, ¿el oficio del periodista es la realidad? Y… ¿dónde quedaba el compromiso militante? Walsh se presentaba como un escritor. No me quedaba claro si era un escritor desempeñando las tareas de un periodista o el contrario. Con el tiempo supe que el oficio de Walsh no importaba, lo suyo estaba muy claro. Comprometerse como hombre de letras con el presente, con el día a día que le había tocado vivir; lo importante era saber que “algo se tenía que decir”. Luego supe que para mí sería el mayor exponente de lo que debería ser un periodista.
Mi curiosidad me llevó a la confitería La Real de Avellaneda donde tantas veces hebía ido para realizar sus/mis propios peritajes con el fin esclarecer el crimen del sindicalista Rosendo García. Esta investigación lo llevó a su segundo libro Quién mato a Rosendo. Una investigación como una denuncia lúcida del sindicalismo vandorista donde se conjugaban mafia, apuestas clandestinas y burocracia sindical, un entramado corporativo donde la corrupción es ley; encaramada en la representación sindical de los trabajadores. Pero claro, las viejas mesas de la cafetería ya no estaban, y los únicos testigos, sus paredes, ya no lucían los disparos de aquella noche. La primera vez que fui, llegué desilusionado a casa. Mi intención era encontrarme con el mismo escenario, quería ver lo que él había visto en su momento, aquello que inspiró tantos croquis e hipótesis sobre aquel asesinato y aún más, las motivaciones, aquellas que se desnudaban en un hecho aparentemente trivial pero que escondían la mugre y la bajeza de aquellos que jugaban a sindicalistas, que se jugaban en un juego clandestino a los trabajadores (3).
Hubo un momento en que me sentí un prisionero de sus libros, un personaje con la cotidianeidad y la nada de sus personajes. Un náufrago oscuro en sus tramas. Una vida más y un crimen. Sus libros me hacían sentir el fracaso de la honestidad. Como un personaje trágico de Discépolo (4).
Recuerdo que una noche salí agobiado por mi profesor de teoría e investigación periodística. Me dirigí a la parada del autobús de la avenida San Juan y Entre Ríos, casualmente a doscientos metros de donde le había hecho una emboscada un grupo de tareas (5). Allí se había resistido con su arma de calibre 22 corto. Llevaba una identidad falsa, era Norberto Pedro Freire, supuesto profesor de inglés. Me fui al sitio aprovechando la tardanza del colectivo, nuestro autobús.
Hacia mucho calor, tenía sueño. Estaba intrigado con la posibilidad de transitar aquellas veredas que tantas veces paseó para coger el autobús que lo llevaría a San Vicente en provincia de Buenos Aires, su último domicilio.
Mi curiosidad hizo que perdiera el autobús y a la hora de esperar el otro no me preocupé, estaba lo suficientemente agotado y sabía haría el trayecto durmiendo, un ritual que venia llevando adelante desde hacia tres años. Me pregunté también cuantas veces lo habría cogido sin que la gente lo supiera. Por suerte, algo quimérico sucedió. Vino otro 54 (6) y lo pude coger. Amontoné mis cosas en el pecho por temor a que me robaran, la ciudad cada día era más peligrosa. Me senté en el último asiento como de costumbre y me deje vencer por el sueño.
No soportaba más el calor. Iba caminado por la avenida Callao donde mi padre tenía una vieja pensión que refugió músicos, militantes y prostitutas. Me gustaba ir seguido aunque mi abuela decía que había gente rara y melenuda y a mamá no le gustaba que fuera. Creo que tenía miedo de que me contaminaran, de que me transmitieran alguna enfermedad como tifus o gonorrea. Sin embargo, mi viejo se sentía orgulloso, decía que eran los únicos que valían la pena porque no se callaban y sabía que no habían elegido vivir así. Una noche subieron unos hombres y se llevaron a Julio César. Mi padre quiso evitarlo, gritó que no lo traten así. Lo arrastraban por las escaleras y le hacían sangrar la melena; y se lo llevaron mientras otros dieron vuelta a su habitación y se adueñaban de alguna que otra cosa de valor. La habitación quedó revuelta y a mi padre no le quedó otra alternativa que sacar sus cosas; entre ellas, encontré unas viejas fotos destruidas del general Perón.
Con el tiempo la pensión quedó casi deshabitada. Sólo quedaban los paletas que trabajaba en las oficinas del Sanatorio Güemes y alguna que otra prostituta que seguía entusiasmándome...
Esa noche había quedado con mi padre para comer unas empanadas que tanto le gustaban. Se demoró como siempre, así que el hambre me venció y decidí comer mis empanadas gallegas en ausencia de mi padre y en homenaje a mi abuelo. Como de costumbre no apareció. Luego se excusó diciendo que en el diario Clarín, donde trabajaba como telefonista, los montoneros habían ametrallado el conmutador. Sólo un anuncio dirá y soltará una carcajada con un cierto aire de complicidad. Luego de saborear la última cucharada de mi sopa inglesa decidí ir a refugiarme a la disquería Zibal cerca del congreso.

Me hacia ilusión comprarme El jardín de los presentes, el nuevo disco de Invisible, mi banda preferida. En un imprevisto instante veo un hombre cruzando la gigante avenida Callao, aparentemente había dejado el bar la Academia, en dirección avenida Corrientes. Hacía mucho calor, una humedad torrencial, un adelanto del verano como un latigazo, una mala pasada del tiempo. Sé que es él. Lo conozco. Por momentos dudé, nunca antes lo había tenido tan cerca. Su vestimenta no es la habitual. Parecía disfrazado de jubilado, no le quedaba mal, aunque se lo veía algo incómodo. El sombrero le daba un aire de hombre mayor. Se lo notaba apurado. Raptado en sus pensamientos. ¿Qué intrigas estará escribiendo? ¿Qué planes tendrá para el lector? En un arranque fortuito dejé El jardín de los presentes en la batea. Dudé en ir a buscarlo por miedo al rechazo, sin embargo, mi ansiedad me movía a su encuentro. Tantas veces lo había buscado y ahora lo tenía enfrente. Se le veía cansado, aparentaba una vejez prematura, tal vez, producto de sus oficios terrestres. Parecía fastidiado por el calor, que lo sofocaba. Las luces de la calle daban al escenario un tinte de variaciones en rojo.
–Ey, Rodolfo ¿Quién mato a Rosendo?
Sonrió y siguió caminando.
–Rodolfo Walsh, ¿el de Operación Masacre?
Se giró y sonrió nuevamente. Me detuve y lo miré, por un momento me sentí intimidado.
–Me gustaría hablar con usted. Preguntarle algunas cosas.
Pensé en decirle que había leído sus libros. Pero no lo note interesado, me dio la sensación de que estaba como molesto. Hizo un gesto de desaprobación y se fue.
–Espere, espere, no se vaya.
–Ya, ya… No me moleste más.
–Quiero hablar con usted.
–No soy yo. Chau, Chau. No ve que estoy apurado.
Inquirió con un dejo de nostalgia.
–Si. Sí. Es usted. Es Rodolfo Walsh.
En ese momento se metió las manos dentro de su gabardina gris. Lo sentía atormentado por el calor que le hacia correr un mar de sudor por la frente y un poco perplejo por mi insistencia. No entendí el gesto. Lo comprendería más tarde.
Me le puse adelante, cortándole el camino. Era evidente, se sentiría un poco acorralado por mí, y le sentencie:
–Si, es usted. A mí no me mienta. Mire, mire, tengo un libro suyo aquí.
Tomé el libro que lo tenía sujetado en el pantalón por el cinturón. Lo saque como si fuera un revolver
–El de la foto es usted. ¡Ve que es usted! ¡Sé que es usted!
Aflojó los músculos y se distendió. Tomó un poco de aire. Se quitó las gafas y las limpió. Parecía dueño del tiempo. Me miró y con un tono seco y distante dijo:
–Bueno, ¿Qué querés (7) pibe (8)? No soy yo, pero ya que querés que lo sea; decime (9) ¿qué te pasa? ¿Por qué me estas buscando?
–¿Tan difícil es hablar con usted?
–Pero… ¿No sabés las cosas que están pasando? No sabés que encontrarse atrae a la yuta (10) como moscas.
Sabía de qué me hablaba, por la experiencia que junto con mi padre habíamos vivido en la pensión. Cuando se chuparon (11) al Julio César (12).
Le dije que la gente se pregunta que hasta cuándo –con sus palabras– le iba a seguir ganando la cabeza a la juventud. “Dicen de usted que es un cómodo, que habla de la revoluta desde un escritorio”. De eso quería hablar con él. Sabía que se lo decía para fastidiarlo.
–Rodolfo te busco porque vos y yo sabemos que tenés las horas contadas. Que en cualquier momento te hacen boleta (13). Para que me transmitas unas cosas, como estás haciendo ahora con esos panfletos de la Agencia de noticias clandestinas. Pero no en un buzón. Sino en alguien que puede sobrevivir. Vos sabes que yo puedo sobrevivir.
Se sintió aturdido por mis palabras. Lo sentí contrariado. Por un momento temí que se fuera. Ya bastante difícil había sido llegar hasta acá. Sin embargo, no se lo que lo ganó y me dijo:
–Siempre quise dejar un legado, para mí eso es la vida. Lo sentí muy cerca con mi hija Vicki, pero ya ves. Se la cargaron. Ahora estoy trabajando para comunicarle al pueblo y que se enojen eso que llamas gente.
Me tranquilizaron sus palabras. Pensé que nos habíamos entendido. Pensaba estas cosas cuando me dijo:
–¿Vamos a tomar un café?
Pensé en llevarlo a casa pero recordé lo sucedido, no se presentaba un lugar seguro. Pero un bar. Tampoco era seguro. En ese momento caí en la cuenta que ningún lugar del país era seguro.
–¿Adónde vamos? –le respondí–.
–A la Academia, –dijo–.
Decidimos ir al fondo del bar. Ese sí que era un sitio seguro; el baño de hombres tenía una reja que daba al interior de un edificio, por allí, eventualmente se podría fugar. Nos acomodamos en una mesa circular y comenzamos a charlar entre el ruido ensordecedor de los tacos y bolas de billar y los gritos histéricos de los mozos (14) que invadían el lugar.
Mi inocencia en política no tenía limites, esto lo sabría años después. Pero me sentía realizado. No había logrado hablar con mis músicos preferidos pero, sin embargo, a él lo tenía allí y en un momento crucial del país, donde todos y sobre todo, gente como él, vivía en manos de la última parca y el decorrer del hilo era un azar.
–¿En qué va a terminar esto de los militares? ¿Hasta cuándo va a continuar la persecución ideológica? –le pregunte mientras me acomodaba de espalda a la vieja mampara que dividía el salón familiar de los mesas de billar –.
Limpió sus gafas empañadas de sudor.
–La caza de brujas siempre va a existir mientras haya ricos que vivan del hambre del pueblo. Todo está en la capacidad del pueblo y en darse cuenta de que no somos iguales. Patrón, patrón, pueblo, pueblo. Es tan triste cuando alguien quiere cagar más alto de lo que le da el culo. Es un gusano y un traidor. Eso, todo eso, depende del pueblo.
Lo miré a los ojos y recordé algo de su infancia. Algo lo hacía familiar. También, como mi padre, había sufrido el desamparo de una niñez recluida en un instituto. Los dos habían pasado por las tumbas (15), como llamaba mi padre a los lugares donde envían a los huérfanos: “con una resolución judicial que nos hacía sentir más un criminal que un niño al que daban protección”. Ahí comprendí su afán de estar del lado del los más desprotegidos. Una necesidad imperiosa de acabar con las injusticias que lo habían marcado de por vida. No era una venganza personal, más bien era una mezcla de asombro e indignación. Estaba intranquilo. Atento a la puerta de entrada. Sonreía con preocupación. Las hojas de la puerta abiertas lo ponían ansioso; me dijo enojado que por qué no cerraban la maldita puerta. Detuvo la mirada en una grandote de camisa rayada y abierta. Era un pelado que pedía un whisky en la barra. Ese tipo se carcajeaba abriendo mucho la boca. Al recibir el vaso de whisky lo alzó para ver su color y le pude ver un anillo de sello de oro. Rodolfo tiro el cuerpo para adelante. Me dijo con la voz temerosa: “Tomá estos papeles. Ahora vengo. Voy al baño”.
Se alzo tocándose el pecho, quería asegurarse de que no se le cayera nada. Tal vez estaría trabajando en alguna nota me dije. Es un genio y seguramente sabe algo de ese tipo que entró. Seguro que va al baño para tener otro ángulo.
Tardaba en regresar y comencé a leer los papeles que me dejó:
”La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.
El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acciónde gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades”.
Me desperté con los golpes de la vieja boletera mientras el chofer anunciaba “¡final del trayecto”.
Al otro día se baleo.
Fue curioso como dejó la reja del bar la Academia.
Los dos teníamos razón, pudimos hacer el legado.

Rodolfo J. Walsh nació en 1927 en la localidad de Choele-Choel, provincia de Río Negro. Fue escritor, periodista, traductor y asesor de colecciones. Su obra recorre especialmente el género policial, periodístico y testimonial, con celebradas obras como Operación Masacre y Quién mató a Rosendo. Walsh es para muchos el paradigmático producto de una tensión resuelta: la establecida entre el intelectual y la política, la ficción y el compromiso revolucionario. El 25 de marzo de 1977 un pelotón especializado emboscó a Rodolfo Walsh en las calles de Buenos Aires con el objetivo de aprehenderlo vivo. Walsh, militante revolucionario, se resistió, hirió y fue herido a su vez de muerte. Su cuerpo nunca apareció. El día anterior había escrito lo que sería su última palabra pública: Carta Abierta a la Junta Militar.
Notas:
(1) Charly García o Spineta, dos exponentes del rock Argentino. Compositores y músicos. Sus inicios son al comienzo de los años ’70.
(2) Truman Capote; A sangre fría, Sostenemos la hipótesis de que Rodolfo Walsh inaugura el género no fiction, ya que, su investigación periodística y publicación de Operación Masacre en sus dos formas; la periodística en la prensa escrita y el libro datan de forma completa del año 1957.
(3) Rosendo García,(muerto el 13 de mayo de 1966 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires), fue un dirigente sindical argentino, secretario adjunto de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM-CGT). Murió en 1966 en un tiroteo entre dirigentes sindicales dentro de la confitería La Real. El gremialista era mano derecha de Vandor y, a la vez, le estaría haciendo sombra y lo podría desplazar de la conducción de la CGT oficial. Rosendo fue muerto por su ‘propia tropa’, sin descartar que la bala asesina hubiera sido disparada por el mismo Secretario General de la CGT, Augusto Timoteo Vandor, el Lobo.
(4) Discépolo, Enrique Santos; poeta del tango. Argentino. En sus composiciones destaca el fracaso de las honestidad del hombre sencillo.
(5) Grupo de Tareas, estructura paramilitar pero a las ordenes de coordinación federal y del cuerpo en jefe. Es decir, la junta de gobierno de la dictadura argentina 1976-83. Estructura tipo escuadra.
(6) Vino otro 54,nos referimos al colectivo –autobús- de la línea 54.
(7) querés, argentinismo
(8) pibe, argentinismo. Forma de decir chaval.
(9) decime, argentinismo.
(10) yuta, argentinismos. Forma muy extendida en todo el país de decir policía.
(11) chuparon , argentinismo. Forma para referirse a la desaparición de una persona.
(12) al Julio César, argentinismo. “al” Forma popular de expresión muy censurada por las clases altas que dicen que no se usa el pronombre ni la contracción antes de un nombre.
(13) te hacen boleta, argentinismo. El hacer boleta viene a cuento de cuando a la policía le cambiaron el arma reglamentaria, del calibre 38 largo a la 9 mm browling, con capacidad máxima de 13 disparos, también cambió el juego de los pronósticos deportivos (quiniela) a 13 aciertos. Los sectores populares hicieron una asociación entre los dos hechos, ya que, relacionaron los agujeros de la tarjeta de juego con los agujeros que te podía hacer la policía.
(14) mozos, argentinismo. Camarero.
(15) tumbas, argentinismo. Forma para denominar los institutos de menores. Recomendamos la lectura de Las tumbas de Enrique Medina.