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Los muertos


De lo editable en el siglo XXI

Por Jordi Corominas i Julián

Hace pocos días, dentro de este verano de locura informativa, los rotativos nacionales informaban del rechazo por parte de 18 editoriales inglesas del manuscrito Primeras impresiones de David Lassman. La efeméride no revestiría ningún tipo de importancia de no ser por un motivo esencial: la verdadera autora del manuscrito, enviado con el primer título de Pride and prejudice, es Jane Austen. Lassman sólo cambió los nombres de los protagonistas. Su gesto parece una especie de acto conceptual, cuando en realidad es una simple muestra de despecho de un escritor frustrado que ha querido denunciar las decisiones editoriales a principios del siglo XXI. Sin que me parezca mala su idea, creo que conviene matizar términos y encuadrarla en su justa medida, que en mi opinión viste dos ropajes.

Jean Austen

El primero tiene una tela dura y áspera e implica una reflexión sobre los nuevos valores culturales. Que las editoriales de nuestra época rechacen un manuscrito de Jane Austen tampoco es tan sorprendente. Dice Lassman que su acto quiere ser un aviso para la literatura, para que las letras no pierdan la oportunidad de publicar nuevos futuros grandes clásicos. Si su intención era ésa entonces tendría que haber dotado al texto de finales del siglo XVIII -se publicó en 1813 pero fue rechazado en 1797- de un estilo más acorde a los últimos grandes textos de la literatura inglesa. Quizá así Lassman hubiese aprendido mejor el oficio y habría logrado algún experimento interesante, sin gaseosa. No lo hizo y nos vende la historia desde la óptica indignada del artista infravalorado, y no se hace ningún favor, sólo se salva por la estupidez de muchos medios que no han analizado en profundidad el tema, pues si lo hubiesen hecho el debate tendría otro tipo de relevancia. Lassman olvida la evolución. El tiempo avanza y cada generación intenta tener un estilo propio, individual y colectivo. Triste sería que en 2007 siguiéramos escribiendo como en 1797.
El segundo también concierne la evolución... y la calidad. Si hoy en día, siempre suelo poner este ejemplo, un escritor o un director propusieran Muerte en Venecia es más que probable que encontraran dificultades para publicar o filmar su obra. Si eso sucediera nos encontraríamos ante un error histórico. El lector se preguntará y quizá opine que mi opinión depende de un tenor subjetivo. No se equivoquen. Respeto el estilo y la construcción de los personajes de la novela de la escritora británica, pero considero la obra una novela de amor, de las que siempre habrá por mucho que pasen siglos y más siglos. Muerte en Venecia también lo es en cierto sentido, si bien su cuerpo tiene una consistencia superior que vive por y para la idea. Mann y Visconti logran transmitir el contexto de un tiempo y un momento yendo más allá, algo que Austen sólo logra parcialmente. Muchas de las obras del pasado sirven para recordar cómo éramos; otras, las mejores, tienen el don de la filosofía escrita, traspasan su ámbito histórico y permanecen por la fuerza que exprimen en sus pensamientos, que no sólo se exprimen a través de conceptos, sino también de estilo y personalidad.

Cartel de la pelicula Orgullo y Prejuicio, basada en la novela de Jean Austen

A Lassman se le agotó la paciencia, algo que dice muy poco en su favor. Un escritor, más si es novel, ha de tenerla en grado máximo para aprender a lidiar con la parte fea del mestiere di scrivere. Eso o ponerse a escribir literatura efectista para ser publicado a la primera. La única verdad de todo este caso es que ahora el canon que interesa a muchas casas editoriales, no a todas, es el del objeto de fácil consumo, una especie de fast food de letras que provoca estragos de homologación literaria. El caso más flagrante, prueba de la estupidez humana, es el Código Da Vinci. Era espeluznante ver cómo el metro de Barcelona se llenaba cada día de personas anónimas con un libro naranja entre las manos. No era la nueva edición de la Biblia, era el libro de Brown en su edición española. Si preguntáramos en la calle quien es Stendhal o Sebald pocos sabrían decirlo, como también es posible, si bien espero exagerar un poco, que los españolitos de pie identificarán antes al Caballo de Troya de Benítez que no al original de Homero, quien en catalán es aún más ignorado al escribirse su nombre cómo el del padre de la familia Simpson. Sí, la de los dibujos.  Otro problema es qué vende y cómo se vende, como ocurre con algunos escritores mediocres -leáse Amelie Nothomb, Lucía Etxebarría o cualquier émulo de Dan Brown- que parecen la octava maravilla mundial cuando sólo son piezas de paso en el gran puzzle de las letras.
Las grandes obras y los grandes nombres sufren en la mayoría de casos hasta lograr el merecido reconocimiento. Se lo podrían preguntar, si aún viviera, a Italo Svevo, quién pese a escribir como los ángeles tuvo que pagar de su bolsillo dos obras como Una vita y Senilitày esperar casi treinta años hasta llegar al Olimpo con La coscienza di Zeno, algo que no habría logrado sin el pleno apoyo de otro grande entre los grandes que siempre tuvo, especialmente con Dubliners y Ulysses, grandísimas dificultades para poder ver publicadas sus decisivas aportaciones a la literatura: James Joyce.
La paciencia es la madre de la ciencia. No todo lo bueno llega deprisa. Si lo pensamos detenidamente siempre han sido pocas las obras que han conseguido su puesto en el Olimpo. Ahora bien, es posible que el inglesito despechado sea una persona típica de nuestra época, alguien que confunde la velocidad con el tocino y piensa que todo es coser y cantar, que las cosas llegan como cuando navegas por Internet y buscas información. No amigo. El arte de la literatura requiere un tiempo y quienes lo practican suelen saberlo.
La verdadera actitud genial sería que muchos alzaran la voz y plantearan una nueva necesidad pedagógica para dar a conocer lo bueno de los libros y se empezara una toma de conciencia global que impidiera esta tremenda homologación del gusto. Quizá más que mandar manuscritos de Austen convendría hablar de ella... y de muchos otros, antiguos y modernos. Me sirve Platón y me sirve Auster. No sé si me entienden. Espero que sí.
Por cierto, que yo sepa la literatura es universal, si la limitamos por lenguas nos convertimos en monos ridículos. La nación de la literatura es ella misma. Ya volveremos a ello en octubre.

 

 

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