¿Dónde dejamos la memoria y la vida?
Reflexiones sobre teselas del cine español
Por Jordi Corominas i Julián
Desde hace algún tiempo parte de las países europeos que participaron en la última conflagración mundial elaboran estudios para calibrar cual es el conocimiento por parte de sus habitantes de la Historia Nacional. Los resultados son aberrantes e indican una ignorancia colectiva más que preocupante. No es este el lugar para discutir las causas de tan triste fenómeno, aunque no estaría de más apuntar que parte de culpa la tienen las mismas sociedades que encargan las encuestas, elenco de seres humanos destinados a sumirse en el desconocimiento cultural en pos de su control total y absoluto por parte de quien mueve los hilos.
El tiempo ya no huye: se diluye y el recuerdo desaparece. Por eso algunos cineastas del Viejo Mundo han entendido la importancia de la imagen como vehículo de la memoria. Si la gente no lee, conviene engañar al consumidor mediante el cine. Los ejemplos de Alemania e Italia -con películas como La vida de los otros o de Buon Giorno, notte por citar los casos más celebrados- tienen que ser un referente para España, ese país con un buen presidente y una sociedad ciega que poco a poco despierta de su sueño de ladrillo. Bajo las nuevas casas se esconden muchos secretos, y algunos de ellos tienen mucho que ver con la Historia, concretamente con aquella que resuelve el por qué de nuestro actual sistema político de secuestros en viernes del jueves, falsas verdades y un miedo atroz del poder de la derecha, ese ente. Cine de la memoria para construir una sociedad con ansías de verdad. El panorama hispano es bastante desolador. En el último decenio pocos son los títulos que han intentado abordar los años cruciales de la República, la Guerra Civil y la larga noche del franquismo. Entre ellos mencionaría La lengua de las mariposas, un miraje en el desierto por su carga poética para educar y mostrar la barbarie fascista, y Salvador, que pese a ciertos aspectos de culebrón de la televisión catalana logra a lo largo de su metraje construir un relato más que digno sobre la vida del último ejecutado mediante el bruto, en todos los sentidos, garrote vil.

Parece que Franco, lo saben hasta los niños de pecho, es muy malo, pero sólo cuando gobernaba. ¿Y la Guerra Civil y sus consecuencias? España, tu soberanía reside en el pueblo por qué así lo quiso un Borbón en fuga y el 14 de abril. Después llegó un golpe de Estado y la ilegalidad perpetuada. No lo digamos muy fuerte, no vaya a ser que nos censuren. Todos estos hechos históricos han sido escasamente tratados por el cine. David Trueba, casi siempre admirable, hizo su película del tema con la adaptación de la novela Soldados de Salamina. Pero no es eso lo que se necesita. La materia tiene que tener toques veraces que puedan conmover al espectador mezclando espectáculo y didactismo; puede que lo consiga, lo deseamos de todo corazón, Emilio Martínez Lázaro con Las 13 rosas, pero hasta ahora sólo lo ha logrado un director no español, y no hablo de Ken Loach: Guillermo del Toro ha tenido su instante de gloria, en una trayectoria plenamente inmersa en el cine de género, con El laberinto del Fauno, obra maestra que atesora muchas virtudes útiles para subsanar un grave déficit de nuestra cinematografía. El filme mezcla fantasía y realidad a partes iguales.


El fauno encanta, pero si ejerce alguna función es la de ser una vía de escape de un mundo demasiado feroz, el del primer franquismo despiadado con la frágil resistencia de las montañas. La excepcional interpretación de todo el elenco del filme, destacando en especial la solvencia de Sergi López y la madurez interpretativa de Maribel Verdú, logra transformar lo que a priori parece una obra comercial en un magnífico fresco de un momento histórico que exhibe como los luchadores y los que aspiraban a otra España tenían que vivir escondidos y padecer un mortífero silencio que sólo la calderoniana posibilidad de soñar atenúa. La vivencia de Ofelia es metáfora de justicia humana ante lo salvaje del fascismo y su ansía exterminadora del vencido. Para que un pueblo lo sea en plenitud es necesario que, como ocurre con los seres humanos y sus relaciones privadas, hable alto y claro y desvele la verdad sin máscaras. Vivimos una Guerra Civil, hubo dos bandos y el que venció aún ejerce un poder siniestro. No basta con criticarlo y decir que eran malvados, sanguinarios y criminales: la Historia tiene que salir a la luz pública, y como estamos en los tiempos del analfabetismo lector es necesario que el cine se erija en garante de esta función cultural.
Aunque parezca mentira no nos diferenciamos tanto de Estados Unidos. Si el actual presidente del mundo ganó sus dos contiendas electorales, fraudes aparte, fue por la potencia del mundo rural, aquel que en la España de 1931 apoyaba la miseria ideológica de los desgastados partidos monárquicos. Sería interesante que un director reflejara aquellos momentos de nuestro país; la dinámica actual, y la importancia de muchos poderes fácticos, parece no permitirlo. Si el cine español está en crisis, término que se usa con demasiada facilidad, no es por falta de calidad, sino por no entroncar con el poderoso dominio de la comercialidad. Los directores españoles, pese a ciertas pedanterías innecesarias, se han europeizado y buscan, en la mayoría de casos, un cine de autor interesante que aún no llega al nivel de nuestro vecino francés o de los más lejanos referentes itálicos y teutónicos, siempre más afirmados en sus dinámicas internas.

El ombliguismo ibérico a nivel fílmico esconde un cierto complejo de inferioridad. Por eso se agradecen directores como Almodóvar, Saura o Guerin, hombres que miran más allá de nuestras fronteras y crean productos solventes que podemos calificar de verdaderas obras de arte. En relación a lo dicho sólo cabe ir al cine y ver En la ciudad de Sylvia, que salvo en ciertos tramos cargados de preciosismo masturbatorio es un filme manifiesto de lo que tendría que ser el cine, un arte que prescindiera de la voluntad de videoclip y se sumergiera en la realidad tratándola con cariño y veracidad visual. Lo cotidiano no implica acciones cada dos por tres ni palabras en cada toma. La virtud del último filme del director barcelonés, que ganaría credibilidad si no se preocupara tanto por su look de director bohemio, es ir contracorriente. Guerin se centra en lo humano sin preocuparse de la velocidad. Y se agradece. E inspira. Lo hace por una vocación artesana y un deseo de contar una historia sin recurrir a los tópicos que invaden con demasiada insistencia nuestro celuloide. Hasta Medem y León, tan adorados por los modernitos, sucumben a las tentaciones de ciertos clichés mascados hasta la extenuación para ser más comerciales. Guerin no. Vi su película antes del estreno oficial con un público que ama otro tipo de experiencias fílmicas. Su reacción fue de un negativismo cargado de estupor. Comentaban que los críticos la considerarían muy buena, no así el espectador, ellos mismos, que prefiere destruirse los oídos y comer palomitas. Tiene que existir el cine de ocio, pero si aceptamos que el séptimo arte lo es tenemos que ir más allá y volver al hecho creativo como reflejo de la vida, y ésta, por mucho que pese a algunos es memoria y cotidianidad. Sin ellas perdemos nuestro punto diferencial y nos convertimos en bestias inmundas. El cine español tiene que tener claras las premisas expuestas si quiere dar un salto de calidad necesario que rebaje egos y llegue a generar corrientes positivas para la sociedad.
Jordi Corominas i Julián
Miembro del comité
de redacción
de los quaderni del CSCI
(Centro di Studi sul
Cinema Italiano)