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Sobre la creacion artistica

 

Koltes

 

 


Por Teresa Di Gioia

Hace tiempo, sentada en un viejo muro, con gente tranquila sorbiendo sus mojitos, me pregunté: ¿Por qué Koltès? La respuesta me llegó como una ducha de agua fría: “por su poesía de la rabia...” después hice mi primer encuentro humano en el mercado de los deseos (Dans la solitude des champs de coton). Se han abierto muchas vías. Primero he visto como se buscaban un camello y un cliente para un extenuante trato del que nunca diré el objeto. Después he visto llegar un hombre bello, de densa cabellera y ojos corvinos. Bernard Marie Koltès había salido a encontrar a un amigo y en la espera se imaginó un diálogo-monólogo de balance, como si quisiera rendir cuentas con la vida. Es difícil no enamorarse de un mercado donde parece que vendan todo aquello que deseas, como tampoco lo es caer rendida ante la grandeza de personajes sin identidad a los que Koltès ha sabido restituir la palabra: una palabra que surge lentamente para desembocar en un océano sintáctico de refinamiento y dolor. Solos, inquietos, alienados, desarraigados, apretando uñas y dientes a sus pocas cosas, a su escasa existencia antes que el destino los confine en los márgenes del mundo. Colosos de una época mítica, héroes y víctimas de una tragedia contemporánea.
Nacido en Metz en 1948, después de abordar estudios de música y periodismo elige el teatro. Entra en la sección de dirección de la Escuela del Theatre National de Strasbourg, donde permanece algunos meses antes de formar una compañía, el Theatre du Ouai, para el que escribirá y dirigirá varias pièces (Les amertumes, La marche, Procès ivre) a lo largo de los años setenta. Después de un período de viajes entre Rusia, Nicaragua, Guatemala y el Salvador, sin olvidar su participación en el Festival off de Avignon con La noche poco antes del bosque, en 1979 inicia su colaboración con Patriche Chereau; desde ese momento se encargará de dirigir todas sus pièces, Quai Ouest en 1986, En la soledad de los campos de algodón en 1987 y El retorno al desierto en 1988. Ese mismo año escribe Roberto Zucco –obra inspirada en la verdadera historia de un asesino italiano huido después de matar a su padre, su madre, un inspector y un chiquillo– obra conclusiva de un ángel caído; Koltès escribió Roberto Zucco cuando la enfermedad empezaba a causarle estragos; así pues, no es casual que se sintiera fascinado por la historia de un asesino que vive con la muerte en el corazón y muere suicida saltando en el sol. En 1989, justo después de terminar su obra, Koltès muere de SIDA.

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“Mi verdadero hábitat es un intermedio entre un hotel para inmigrantes y un hotel por horas. Mis raíces no existen... por eso logro que una habitación de hotel sea como mi casa, no necesito mucho...”
Koltès siempre ha escapado, pero nunca por miedo: rehuyendo del conformismo expresivo, ha contestado al manierismo y minimalismo de la palabra con expresiones muy contundentes. Una de sus palabras logra tomar forma y significado a través de un tejido de palabras, su grandeza está en la sutil tensión hacia un lirismo literario casi clásico, donde temas como la violencia, el aislamiento, el mal, la rabia y la incomunicabilidad se transforman en poesia. Sus textos parecen inundados de literatura pero en su mundo la literatura sólo logra serlo con cuerpo y materia, los personajes no tienen tiempo ni lugar si no es en las palabras que dicen, nacidas en el mismo momento de su pronunciación. Es en la dramaticidad de los largos monólogos donde se encuentra el espacio símbolo de la escena. Laberintos de metros, lago helado, la cavidad de un árbol, una caverna, paisajes suspendidos entre continentes y razas donde no importa entender la lengua del lugar, sitios donde se está o se llega de pura casualidad, donde más bien sirve observar que es ese sitio y ver que quien vive en él se comunica con ruidos y movimientos del cuerpo, los olores...
“Corrí, corrí, corrí, porque esta vez dejando atrás el ángulo no quería encontrarme en una calle vacía de ti, para no encontrar solamente la lluvia, pero porque quería reencontrarte y chillar: compañero! (La nuit juste avant les forêts)”. En el teatro estas metáforas son vivas, corpóreas, tangibles, siempre dejan preguntas en el aire y la seductora sensación de un viaje a lo más íntimo. Sus personajes no tienen nombre. Cada uno de ellos podría ser cualquiera de nosotros. Gente sin fecha de nacimiento, que  pelea, que se agarra a la esencia con las uñas para lograr salir de un vientre materno insólito que abre la vía hacia la búsqueda de las raíces. “Soy un hombre anciano y estoy aquí dentro demasiado tiempo, más de lo razonable; me sentía contento por llegar al último metro cuando de repente no he vuelto a encontrar mi camino. No sé que estoy esperando, quizá tampoco quiero saberlo...”
Dispersión y confusión. Pérdida total de las certezas, y angustia. ¿Volverá a ver la luz, la claridad, ese hombre anciano perdido en el meandro de un metro que hasta ese momento le era familiar? Cada persona llega a un momento de su existencia en que se choca con la que es o tendría que ser su identidad. Un hombre anciano que recorre el mismo camino desde hace años, que cree conocer esos lugares como la palma de su mano acaba perdiéndose. ¿Qué encuentra? ¿Quién será su salvador? Un asesino que dice querer ser transparente. Invisible como un camaleón sobre la piedra para, finalmente, poder vivir en paz. Un hombre que piensa ser como un tren que no puede descarrilar. Nada puede cambiar el curso de las cosas. ¿Fatalidad o imprevisto? “Siempre se puede descarrilar querido mío... ahora lo sé” (Roberto Zucco).
Siempre en esa pared, hacia las 18:30 me llegó una segunda respuesta: es un autor que te marca. Puedo comparar nuestro primer encuentro a un injerto y al turbamiento de una revelación. Un único aliento de cuarenta páginas, sin esos puntos fijos que siempre amenazan con interrumpir tu espontáneo flujo de palabras. Me he quedado sin aliento, en blanco, sin capacidad de reaccionar. Lo he amado y odiado al instante por su capacidad de sentirse en casa en cualquier lugar. Mejor: vagando en su propia búsqueda.

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Koltès ha logrado infundir una voz punzante y vertiginosa en el desierto de la escritura dramática contemporánea, restituyéndonos un teatro hecho no de criminales, ragazzi di vita, mujeres desesperadas, familias destruidas, asesinos como pueda sugerir la apariencia, sino uno hecho de ángeles caídos, todos y cada uno de ellos atormentados y vivos a causa de una búsqueda constante que encuentra su sitio y meta con el fin de la vida horizontal de los personajes, como sucede con el inspector de Roberto Zucco, un personaje de tres frases, con una vida dramaturgica muy breve pero con una duración vertical intensa e incalculable. Hombre angustiado de un “bacilo pequeño y asqueroso” que le infecta el corazón, un hombre triste sin razón, con altibajos en su esperanza de encontrar el origen del mal. La sonrisa le ilumina el rostro cuando una sombra vecina lo aprieta en un abrazo y lo conduce hacia la señora muerte. A largo plazo, las metas de Koltès prescinden de vida y arte, de una única y limitada unión de compañeros de viaje; en un cierto instante, se siente bien en su propia piel. “Creo que en mí subsiste una deriva que acaba contactando entre la lengua francesa y el blues”. La constante del hombre extranjero, y no importa bajo qué contexto, es la clave de todas sus pièces, hombre extranjero no sólo porque proviene de otra zona sino porque es extranjero de si mismo a la búsqueda de paz y puntos de apoyo. Puntos de apoyo que sólo pueden encontrarse viajando y corriendo. Cada una de sus obras es un constante himno a plegarse y huir, preparar las maletas, un himno a la destrucción de los espejos, a los paseos por las aceras, encuentros nocturnas con prostitutas de las que enamorarse, un himno al amor por sombras maternas, por ángeles en medio al caos, para compañeros bajo la lluvia. Creo que la lengua teatral de Pinter y Beckett llega con Koltès a una evolución real en la cual la metafísica beckettiana y la realidad pinteriana se funden mediante la poesía. El encuentro con Koltès es para un artista, que siempre se ha confrontado con la estética de la escena, una gran oportunidad para llevarle, provocarle hacia la constante y chejoviana pregunta de “¿Quién soy?, ¿qué soy?” Es un momento nada casual que nace de la necesidad que siente el artista de buscar una razón de conocimiento, de crecimiento, de desafío hacia la obra. Todas las de Koltès resultan llenas de referencias a tópicos épicos y legendarios; en este sentido se puede interpretar la tipología del héroe que Koltès mete en escena. En nuestra realidad actual, un héroe posible es el enfermo oncológico, no sólo por sus gestas psico-físicas, sino por su diccionario rico de palabras a la Ulises: prueba, lucha, fatiga, conquista, aislamiento, coraje, riesgo... los héroes koltesianos nacen del anonimato, de la privación de cualquier rol social y el enfermo de su canto sólo se representa a sí mismo en el sistema social. No es de la estirpe de Aquiles, Héctor o Agamenón. Nace de la polución, entre los palacios de cemento, en las periferias sin servicios, dentro de las largas colas de automóviles, entre los desocupados, en el mar ahogado de petróleo, entre personas que aspiran al poder y en gente que sueña el suicidio. ¿Es un escenario digno de un héroe? En el mundo koltesiano es posible. Sus personajes conocen la periferia del alma al tiempo que son protagonistas de instantes irrepetibles de la realidad. Llevan hasta el extremo sus propias consecuencias, su propia naturaleza hasta alterar los significados lógicos de palabras y acciones; es así cómo un hombre, un chico de 25 años, inscrito en la Sorbona mata la madre por exceso de afecto mediante un largo abrazo... es Roberto Zucco, obra conclusiva de Koltès, icono de su recorrido por los cauces de la dramaturgia. En su postrer año de vida, Koltès, aunque sufriese con atrocidad y se viese postrado en la silla de ruedas, escribió su último texto, presentado en alemán en la Schaubuhne de Berlín el 12 de abril de 1990 bajo la dirección de Peter Stein; más tarde llegó la versión fónica, en junio del mismo año, por parte de France Culture.

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La obra nació y creció de la siguiente manera: un día Koltès vio en los muros del metro de París un cartel con la cara de un joven parricida y plurihomicida. Roberto Succo, de origen italiano, huyó durante un permiso universitario del manicomio criminal en que lo habían recluido, reapareciendo en Francia dejando nueva huella de sus atrocidades. Capturado por la policía veneta, logró escaparse antes de penar sus delitos en la cárcel, suicidándose días más tarde en un hospital con sólo veintiséis años.
¿Cuál es el motivo que me impulsa al análisis de la última pieza de Koltès para mostrar la categoría de este dramaturgo? Entre él y Succo se entrelaza un elemento común: ambos son muy jóvenes y comparten la espera de la muerte, inminente. Para Koltès Roberto Zucco pasa a ser el antihéroe puro y simple, el manifiesto de la onírica locura que cancela cualquier relación y tabú humano. En la reelaboración dramatúrgica del fatto di cronaca el protagonista tiene que liberarse de aquellos que lo aman hasta al punto de impedirle avanzar hasta el sol. Una especie de Ícaro moderno a la búsqueda del desconocido imposible, come un enfermo sin cura. Zucco conjuga la vida con la muerte y viceversa, empujado por la inquietante ansia de querer superar siempre nuevas fronteras, de no querer pararse nunca ante lo conocible y lo conocido, lo visible y lo matérico. El lenguaje del drama es frío, esencial, poco literario; los diálogos trazan breves escenas, pedacitos de un discurso interrumpido por la furia existencial. Su suerte es asimismo su problema al centrarse en un protagonista filtrado de una existencia auténtica y extraordinaria, creando, más allá del personaje, una idealidad humana interpretable como una tensione hacia el mal. No quiere imponer verdades, sólo captar algunos elementos de una historia que inserta en sus diálogos entre trozos de otras historias pertenecientes a la actualidad de Koltès, quien empezó a estudiar de cerca al joven asesino en algunos escritos y poesías, liquidando en nueve verso “la vita”( título homónimo)

“Detrás de esta extraña calma.
de esta linealidad artificial,
esta sabiduría convencional,
encontramos un mensaje irreal
de la angustia universal
de la impotencia mundial
del terror germinal
de la elección fatal
de la condena vital”

Después de una primera lectura, de la cual sale una obvia ostentación adolescente, se percibe inmediatamente el mensaje o el terror de la semilla del mal. Y el escritor, devorado por el SIDA, rapta literalmente a este hermano menor nunca abrazado hacia el cual siente el deber de manifestar la existencia, desde que encuentra en él su ultima razón de vida, una última razón para escribir. Ambos condenados a muerte, sin nada que perder, siendo capaz uno de ellos, Zucco, de transformar en gestos su rabia contra el género humano, lanzándose en el crimen como en una segunda piel; por su parte Koltès quiere conferir vida y palabra a la acción de un hombre transformado en personaje. Volviendo a Europa con su texto, Koltès se siente afectado, influenciado del siempre más creciente poder de los medios de comunicación. Su primer encuentro con Zucco llegó mediante la típica imagen de Wanted; en un segundo término conviene destacar el episodio más espectacular a nivel dramatúrgico –por su riqueza de cambios de ritmo, acción, registro lingüístico y personajes– un secuestro mortal a cargo del protagonista que pone el acento en la publicidad que la televisión dio a un episodio de crónica negra de 1988 en Colonia, narrado en directo como si de una película se tratara. Partiendo de estos cuadros, el director Cheriff, en su versión de la obra, da finalmente el salto desde el punto de vista direccional y logra, en mi modesta opinión, abandonar la minuciosidad arqueológica inútil, según mi parecer, en la mise en scène de Koltès, dando espacio al simbolismo y a la poesía para alcanzar una atmósfera suspendida entre la fabula y la realidad que fronteriza con el sueño.


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Es significativo que en esta última obra, aunque también en las demás, de Koltès la recurrencia de improvisados fragmentos líricos, en ocasiones bíblicos, otras veces con sabor dantesco... Koltès se encuentra cerca de la meta final. “Antes o después todos deben morir”. Y esto hace cantar a los pájaros, les hace reír. Una amarga risa robada de una poesía de Roberto Succo que tiene la indudable impronta de Koltès.
¿Cómo puede un hombre que llama a la vida condena vital, que habla de la risa de los pájaros, que desea ser invisible entre gente invisible y que quiere tanto de no lograr calibrar la fuerza de los abrazos que acaban siendo mortales ser representado como un asesino, como un criminal? ¿Cómo pueden todos los personajes-mundo de Koltès  vivir en las tablas una vida más realista de la que tuvieron atada al hecho del momento en que cada uno de nosotros parece volar hacia otras tierras, hacia lo desconocido, hacia el viaje a la libertad?
De este modo un joven actor se me presenta delante con un ramo de plumas, con guantes de prestidigitador y me pregunta: ¿Cree en las ilusiones? ¿Es cínica? Quizá lo que ve no es lo que piensa que es. Usted tiene la idea de sentir algo, tiene la idea de ver algo sin una firme certeza. ¿Es escéptica? ¿Eh? No me escapo de la prisión, sólo tengo ganas de andar por los tejados y encontrar las plumas para crear mil alas. Así las sirenas suenan la alarma y chillan los guardias. Un caos. Tengo que huir. ¿Me cree si le digo que sólo busco plumas? Empuña un bolígrafo y traza en su cuerpo versos dantescos: “morte villana, di pietà nemica, di dolor madre antica, te blasmar la lingua s’affattica..." y así se cierra el círculo del pequeño estudio sobre el rol de Roberto Zucco, el antihéroe. Creo que la clave en Koltès sea ir más allá, no pararse ni en la forma ni en el contenido pero crear, gracias a la búsqueda, una obra de arte total en que forma y contenido sean un ente indivisible donde la idea y la acción se conviertan en ideación.
Se ha hecho tarde y decido bajar de ese muro de una tarde soleada de junio, y mientras me preparo para escapar “el hombre de las respuestas” se para y me dice: “Quiero irme. Quiero irme ya. Hace demasiado calor en esta puta ciudad. Quiero ir a África, bajo la nieve. Tengo que partir ya porque la muerte me pisa los talones”. He mirado al “hombre de las respuestas” que, sonriéndome, me ha dicho: hasta mañana...

Traducción de J. Corominas i Julián


 
  

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