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Los muertos


Antropología de la curiosidad urbana
a través de algunas ciudades europeas

Por Jordi Corominas i Julián

carrer dels petons

En la sociedad del libre consumidor el curioso es un despojo sin interés. Esperas en el gran fraude de los aeropuertos, esos templos de espera y aburrimiento que incitan al consumo por el consumo, ya no existe el arte por el arte, y es inevitable toparse con charlas que no tienen nada que ver con impresiones estéticas después del glorioso y vital hecho de viajar. Los libres consumidores, ya no existen los ciudadanos, hablan de sus tardes en centros comerciales y habitaciones de hoteles, de nuevos modelos de móvil y prendas caras de las que prescindirán hace un periquete. Ante tal perspectiva humana, desesperación al infinito por estupidez global, espero que las palabras de un paseante no te aburran, lector. Vengo y voy y a veces no sé donde estoy. Sólo sé que me gusta Europa y vivir sin el frustrante complejo de ser un autómata de voces que nunca oímos directamente. Eso me exalta, pero más aún lo hace la posibilidad de perderme entre calles y diseccionarlas mediante sus nombres, sus características y la Historia, con mayúscula, que encierran.
El problema es que las calles no se pueden comprar. Por lo tanto, conocer sus nombres suele carecer de interés. Sin embargo, a servidor le gusta pasear y saber que en tal sitio ocurrió una efeméride popular. También disfruto comparando adoquines e intentando captar el por qué en ese lugar se habla de un modo y no de otro. Soy un libre consumidor atípico. Me gustan las sardinas como pendientes y comprar libros a bajo coste para leer con calidad. Quizá tenga algo que ver con las calles.

Barcelona


En Barcelona hay una que me atrae. Es la dels petons, besos en la lengua de Cervantes; de ella se dice, con mala influencia del veneciano puente de los suspiros, que tiene tal nombre al ser el lugar de despedida de los condenados a muerte. Viendo su estructura, estrecha y sin salida, me parece más probable pensar que era un enclave perfecto para que los enamorados, cuando la luz eléctrica no ejercía su presión benéfica y asfixiante, se besaran sin ser disturbados por la policía de la buena moral o por cualquier señora, aún existen, indignada ante actos obscenos. Hoy en día es una vía más de la Barcelona de las marcas, esa ciudad que pierde su Historia paso a paso por el capricho de privilegiar su tez de diseño que esconde un provincialismo rayano en lo enfermizo, sin infraestructuras dignas, una especie de primer mundo que esconde un tercer mundo para mayor gloria del vil metal y la risa fácil de las instituciones gubernamentales.

rue des mauvais garcons

París, que también decae pero siempre será París, ha reformado para bien la zona de los Vosgos. Cerca de una librería, de cuyo nombre quisiera acordarme, el paseante puede caminar por la Rue des mauvais garçons. Tengo la mala costumbre de escribir de memoria -así ahorro al lector las notas al pie de página que tanto indignan a los nuevos posmodernos, esos bichos de pacotilla ferial- pero creo recordar que ese pequeño trozo de la ciudad de la luz recibe su nombre porque hace mucho tiempo era considerado como una especie de centro de la delincuencia de poca monta. Me imagino a unos pocos y selectos muchachos del siglo XVII riéndose al sentir un dominio abrumador sobre esos breves dominios. La calle, sin ser ministros, era suya y hacían lo que querían. Ahora serían asesinos o carteristas. ¿Antes? Lo mismo... con un poco más de ingenuidad y encanto.

madrid

Quizá las pobres víctimas de estos chicos malos se creían imbuidas de fe cristiana. Reus, París y Londres dicen en mis tierras. Y Madrid, que también vale más de una misa. La capital de España oculta en su estructura urbana alguna que otra sorpresa toponímica. La calle de Válgame Dios es un pequeño gran ejemplo. ¿Vivía un religioso? ¿Sucedió un crimen de aquellos que marcan época? El rancio y positivo sabor de algunos enclaves de la ciudad de la Espe y Alberto -la extraña pareja de las gaviotas azules, que más extraño y no nace- me hace pensar en la poca poética de la crónica negra en España. En mi querida Italia se habla día sí y día también del suceso morboso y lúgubre. Si es así es porque algunos escritores dignificaron la crónica de sangre y muerte con estupendos escritos que ahora, como sucede en el caso de Dino Buzzati, las editoriales publican para demostrar que hablar del mal humano desde una perspectiva poética es necesario. ¿Miedo? ¡Y un cuerno! A España le haría un gran bien que los escritores hicieran ver al libre consumidor que los monstruos que asesinan son seres humanos muy diferentes de la idealización áulica de personajes oscuros, freakies de los medios, como Iker Jiménez y otros bichos raros. Mejor hablar de la realidad sin bandas sonoras de puro artificio. Ya ven, hoy me ha dado por ser crítico.  Humanidad para Humanidad.

rue delle belle donne

Firenze

Otra constante de la sociedad de consumo -de momento hemos paseado por amor, crimen y religión- es la exaltación comercial de la belleza. Antes se la apreciaba, pero con otros tintes más sanos, de una cotidianidad enamoradiza para quien adora la simplicidad de la calle, que en este caso concreto se encuentra en Florencia y recibe el nombre de Via delle belle donne, de las mujeres hermosas. Esta cerca de la estación, lo que plantea la posibilidad de un lugar de prostitución intensiva, aunque quien escribe prefiere imaginarla como una fábula de belleza femenina con contoneos, sonrisas, ropa tendida y seducción de esas que te hace abrir la boca de la impresión.

Roma

Sin embargo, conviene bajar un poco más al sur e ir a Roma, mi ciudad de adopción, una perla, por mucho que piensen y digan algunos, nada caótica si se la ama y se la conoce como la mujer perfecta para llevar al altar. El inconveniente es su dura piedra, nada útil para hacerle el amor carnal. Conviene mirarla, pasearla y conocerla con obsesión. Es un ejercicio terapéutico que sirve, y mucho, para sentirse más libre y acariciar con la palma de los dedos la magia de un pueblo en evolución constante. Un día hablaré de sus estatuas parlantes, pero ya que callejeamos con palabras me parece oportuno mencionar la Via delle zoccolette, de las putitas. Se encuentra cerca del río y el origen del nombre parece claro y meridiano. Sería una calle de chicas de pago a lo Cabiria, mujeres de pueblo que se ganaban unos buenos cuartos para sobrevivir. El pueblo de Roma es el más sentido y luchador de la entera Humanidad. Ha vivido tanto que tiene un sano cinismo, se toman la vida de broma al ser muy serios y sabios, impermeable, una especie de oda a la vida que es un verdadero arte de la existencia. Por eso pueden permitirse una calle de la Humildad y alguna otra más que queda grabada en la memoria por belleza o tradición que se renueva. Los romanos se orientan por topónimos, no por tiendas. Son seres corrompidos por el consumo que, sin embargo, albergan en su seno una mínima esperanza de seguir siendo seres humanos. Y es precioso.

 

 

 

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