
Por J. A. González
Cómo se dibuja un niño
Para dibujar un niño
hay que hacerlo con cariño.
Pintarle mucho flequillo,
-que esté comiendo un barquillo-;
muchas pecas en la cara
que se note que es un pillo;
-pillo rima con flequillo
y quiere decir travieso-.
Continuemos el dibujo:
redonda cara de queso.
Como. es un niño de moda,
bebe jarabe con soda.
Lleva pantalón vaquero
con un hermoso agujero;
camiseta americana
y una gorrita de pana.
Las botas de futbolista
-porque chutando es artista-.
Se ríe continuamente,
porque es muy inteligente.
Debajo del brazo un cuento
por eso está tan contento.
Para dibujar un niño
hay que hacerlo con cariño.
Gloria Fuertes
Nuestra sociedad siempre ha imaginado el mundo de la infancia rodeado de inocencia, con valores culturales de respeto y tolerancia. Un mundo grande, misterioso e inexplorado, lleno de mitos que podemos observar con ingenuidad o, por el contrario, dotarlo de todos los defectos que el mundo de los adultos se ha preocupado por generar.

Imaginemos que dibujar a un niño se tornase un reto, un pulso a los logros sociales conseguidos por la Humanidad.
Imaginemos borrar de los actos infantiles todo componente moral y por consiguiente, se revelasen contra sus padres, un mundo en el cual los niños asumieran los roles de los adultos: la capacidad de la sociedad para escandalizarse, hubiera sido amputada de manera traumática, deconstruyendo ese universo en elementos de una escena mordaz, irónica y desafiante de color chicle.
Down with Escapism
El trabajo de Caleb Weintraub es una muestra de desintegración, un estímulo contra la insensibilización sistemática y el exceso. Este presente –futuro imaginado casi virtual–, que por momentos se nos hace tan hermoso y perturbado, está dominado por querubines armados, bebés de grandes ojos protagonistas de historietas irreverentes en las que el castigo físico sobre sus padres está permitido. Secuestran aviones, torturan vecinos, mientras difunden el terror y el pánico en una urbanización de clase media acomodada donde residen. Aplicando a la perfección la tercera ley de Newton, sobre una dinámica y perfecta sociedad creada para ellos por los adultos.
Basado en la tradición racionalista, este planteamiento que nos presenta Caleb Weintraub es en pocas palabras, un mecanismo de defensa que justifica las acciones propias, evitando la censura, casi convirtiéndose en una doctrina. Un trabajo cargado de sarcasmo e ironía con una capacidad inmensa para crear imágenes ideológica y emocionalmente fuertes, procurando tirar con vehemencia de la profunda cadena de la congoja de los espectadores.

De alguna manera, este enfoque se asemeja al tercer brote expresionista que surgió tras la Segunda Guerra Mundial en Alemania, donde se incluía una mayor crítica social presentando como personajes principales a individuos aislados y solitarios, acosados por la misma frustración e impotencia, llegando a evocar crípticas imágenes cercanas al horizonte del surrealismo.
Caleb Weintraub nació en Trenton, NJ, en 1977. Al finalizar los estudios de secundaria se trasladó a Israel para estudiar religión y como consecuencia de ello en sus obras se puede contemplar un mundo en permanente conflicto moral, que sus detractores lo tachan de superficial y sus defensores lo definen como una importante semilla del surrealismo marginal.
Actualmente es profesor auxiliar de pintura y dibujo en la Universidad de Indiana donde reside con su esposa e hijo.
