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El fin de lo autentico

Historia con historia

Por Jordi Corominas i Julián


Frío que recorre el cuerpo durante 132 minutos de metraje. El aire es congelado por la objetividad del punto de vista narrativo de Las 13 rosas. Sin quererlo, Martínez Lázaro ha logrado ser gramsciano con una obra que educa, informa y altera muy poco los trazos reales de esta gran tragedia de los primeros meses de la posguerra.

Las 13 rosas

Para lograr que la historia fuera más narrable, los guionistas han respetado lo vivido incrementando los lazos personales entre las protagonistas; la amistad y la solidaridad entre los vencidos se erige en bandera que refuerza el interés por la trama, serie de cuadros que huelen a guiño a la homónima, más rojas, obra teatral que tanto éxito cosechó, aunque podría ser que tanto las uniones como los cuadros sean pruebas fehacientes de la dificultad de montaje de una película coral, donde encajar tantas vivencias, la pluralidad termina siendo unidad, ha sido un duro ejercicio que convierte algunas partes, perfectamente narradas en el libro de Carlos Fonseca, en demasiado sintéticas. La fundamental muerte de Gabaldón se entiende a medias y el ambiente histórico es propio de un ojo que prefiere centrarse en lo cotidiano, no en la Historia en mayúsculas. Prima lo humano combinado con pinceladas del nuevo orden, siempre a partir de retazos de vida cotidiana, como el oportunista Perico que salva en primera instancia a Julia Conesa de un humillante rapapolvo político en el tranvía, desde donde ayudaba a la República hasta que llegó el primero de abril del 39 y los fascistas redujeron a la mujer a mera comparsa sumisa. Lo que se muestra da grandeza a la apuesta de Enrique Cerezo y Pedro Costa: dinero bien invertido a través de una cinta que habla basándose en la realidad, con escasas licencias al espectáculo.
La Mala gente que camina tiene la típica arrogancia seca y demencial de los vencedores. La quinta columna respira y denuncia. Las miserables ejecutan sus deseos en comisaría y la degeneración de la barbarie es vivida como una orgía de los fascistas, sedientos de poder e inclementes con los derrotados, víctimas resignadas donde la esperanza de la juventud de las 13 rosas brinda un heroico, por imposible ante tanta represión, canto a seguir luchando pese a la completa adversidad. Las progresivas detenciones y la acumulación de cruentas gotas cotidianas causan, desde la objetividad subjetiva del director, un fuerte incremento de la tensión emotiva. Se llora a ráfagas sin necesidad de sentimentalismo ni músicas efectistas.
La gran oscuridad, pasamos de la luz gris de la calle en duelo a la negra noche de los interiores, de la prisión- con la simple imagen del amontonamiento en un antiguo centro con aspiraciones revolucionarias de rehabilitación- ahonda en el descarnado universo de inhumanidad en la convivencia de 4500 mujeres en un centro habilitado para 450 personas. Es en este tramo de la película cuando uno piensa que Martínez Lázaro, aturdido ante tanta dureza, decidió aligerar en algunos instantes la carga destructiva de lo cotidiano: el claqué en el patio y la verdadera canción que compusieron las carceleras parecen una regresión hacía El otro lado de la cama, aunque también podríamos pensar que el leve optimismo es un homenaje a una resignación con intervalos de alegría de vivir, cautivos y desarmados por unas carceleras sin alma, que sólo aparece cuando Carmen Castro insinúa su lesbianismo ante la bella, muy años veinte, Blanca Brisac.
El epílogo narrativo contiene múltiples guiños a Roma Città aperta, Sora Pina y el monaguillo en dos buenas secuencias homenaje, y tiene una virtud: las cartas de despedida plasman con tono de espera el instante del valor de la palabra para dejar constancia de la Historia en el futuro: dejan unos ideales. La absurda e injusta muerte es una apelación a apretar los dientes de rabia, sensación acrecentada, aunque servidor lo hubiese cambiado, por el final con Blanca hablando a su hijo y al espectador en un primer plano tendiente al sentimentalismo.

Las 13 rosas

Las 13 rosas

Las 13 rosas ha recibido algunas críticas ciertas y estériles. Coincido en remarcar lo limpias que van las presas, pero que se mencione sólo este pequeño detalle tendría que ser prueba de la buena labor del director y sus colaboradores, quienes por otra parte, lo que quizá acrecienta esa atmósfera ligeramente teatral del espacio, han hecho demasiado evidente el rodaje en estudio, única traición a la matriz neorrealista, con mucho dinero, que parece envolver la atmósfera del film. Otro hecho ya comentado podría ser interpretado en clave negativa. El punto de vista, reiteramos, ha preferido centrarse en lo cotidiano antes que en lo histórico, olvidando, ese es el fallo del no defecto, narrar con precisión algunos datos que aclararían sobre que base se dio condena a Las jóvenes chicas de las Juventudes Socialistas Unificadas que aún soñaban con otra España.

Las 13 rosas

En una película de estas características seria imperdonable pasar por alto el valor de las interpretaciones. Se percibe con velocidad pasmosa como el director quiere privilegiar el dúo Verónica Jiménez y Pilar López de Ayala (Julia Conesa y Blanca Brisac) dándole alguna que otra estrella a Marta Etura, Virtudes. Las tres destacan. Sus personajes son un regalo por la policromía de su cuerpo; el de Verónica Sánchez abunda en la mezcla entre sentimiento e ideal, y la actriz resuelve con solvencia el reto, al igual que Pilar López de Ayala, cada vez más consolidada, mostrando en su tratamiento de Blanca Brisac un profundo dominio de un rol más de gestos que de palabras, interiorizado. Por su parte Marta Etura borda su papel. Carecerá del bello estrellato de sus dos compañeras de cartel, pero tiene una exquisita polivalencia, sabe a auténtico, como la italiana Gabriella Pession, una actriz desaprovechada en su país que ha rentabilizado la participación transalpina en la producción para iluminarnos con una interpretación puntual y convincente, acrecentada más si cabe en nuestra apreciación por su magnetismo enrome, pero en absoluto comparable con el Nadia de Santiago, quien a sus quince años deslumbra con la más brillante interpretación del conjunto, rica por su frescura y muy determinada en sus gestos interpretativos; su rostro, su aplomo al cargar con un personaje tan especial, Mari Carmen Cuesta, auguran como mínimo el galardón a mejor actriz revelación en los próximos premios Goya, donde, en mi opinión, no tendría que existir una candidatura conjunta para las trece intérpretes, sino una que propusiera a las cinco actrices mencionadas para la estatuilla compartida a la mejor actriz.
Las interpretaciones masculinas no tienen tanto brillo; los últimos exponentes de Al Salir de Clase saltan con brío a la gran pantalla. Félix Gómez cumple sin problemas, aportando su habitual picaresca con clase, en su papel de listo buscavidas de la posguerra, mientras Fran Perea, en otro de los trozos del guión con exceso de síntesis histórica, intenta con profesionalidad convertirse en un buen quinta columnista. Le salva la voz y el maquillaje, que da más cuerpo a la sorprendente interpretación de otro de los italianos en nómina, Adriano Giannini, autor de una visible mejoría interpretativa en su rol de Comisario Fontela, implacable chulo demencial del fascismo vencedor. Da la impresión que se ha privilegiado el rostro en función del personaje, acierto que da más credibilidad a las interpretaciones.

las 13 rosas

Son necesarios proyectos que hablen del pasado reciente. Proyectos que den luz a la función del narrador que sepa narrar la Historia con ojos claros, objetivos, llenos de afán de verdad que sirva al pueblo. La cultura tiene que invertir en obras que sean capaces de transmitir ideales y una visión de lo sucedido por nuestros antepasados. No hablamos de política, no es la función de Las 13 rosas. La Historia tiene en sus venas la capacidad de generar unos valores cívicos y éticos que hablen a los hombres del presente. La Guerra Civil tiene que dejar de ser una cuestión tabú. Llegarán Los girasoles ciegos e intentaremos reafirmar nuestra ilusión en un cine con involuntario tono de difusión del conocimiento, séptimo arte con conciencia. La taquilla manda. Somos seres humanos. Podemos crear pensando en el beneficio mental del producto, no sólo en el vil metal. En la época del rechazo a la lectura, la imagen bien narrada del azaroso destino de la musa Clío puede ser trascendental para alcanzar una sociedad con más compromiso y creencia en ideales que ayudan al progreso de todos y cada uno de nosotros.

 

Jordi Corominas i Julián
Miembro del comité de redacción de los quaderni del CSCI
(Centro di Studi sul Cinema Italiano)

 

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