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Sobre la creacion artistica

 

Eloy Tizoncon Eloy Tizón

Por Ana de Santos

Hablar de Eloy Tizón (Madrid, 1964) es hacerlo de uno de los creadores más prometedores de la cultura española. Finalista del XIII Premio Herralde de Novela, su obra, hasta la fecha, se compone de dos libros de cuentos: Velocidad de los Jardines,  y Parpados; y de tres novelas: Seda Salvaje, Labia y La voz Cantante.

Con su primer libro, Velocidad de los jardines (1992), alcanzó sorprendentes cotas de atención crítica, pocas veces alcanzada por un libro de relatos. Esta obra fue elegida como uno de los 100 libros españoles más interesantes de los últimos 25 años y como uno de los tres mejores de cuentos.

Su obsesión por el lenguaje, la delicada atención a los detalles y su, por qué no, trasfondo perverso, hacen de él un narrador fluido, delicado, repleto de ternura y sensibilidad.

Lejos de amoldarse a un estilo, Tizón dice, se “imagina el cuento como una fruta: un objeto portátil, manejable, que cabe en el bolsillo, pero a la vez jugoso, perfumado, compacto, cargado de nutrientes”. Y así, él, nos continua sorprendiendo y deleitando con su uso preciso y enriquecedor del lenguaje, capaz de contar la realidad convirtiéndola en un cuento de hadas.

¿Existe la inspiración? ¿Se busca o le encuentra a uno?

E. Tizón: Más que de inspiración, que es un término que puede sonar algo gastado a nuestros oídos de hoy, yo hablaría tal vez mejor de afinación, en el sentido musical de la palabra. Como si un mismo acorde pulsase a la vez las ramas de los árboles y nuestros nervios. Existen en la escritura esas ondas raras y misteriosas, de clarividencia y plenitud (otros las llaman epifanías), por supuesto, son escasas pero existen, sería absurdo negarlo.

¿Es necesario, como decía Picasso, que la inspiración le pille a uno trabajando?

E. Tizón: Eso siempre ayuda, desde luego. La práctica conduce a iluminaciones y encuentros que de otro modo uno nunca alcanzaría. Los libros generan libros. Con los años vas aprendiendo que la escritura es, básicamente, un compromiso con uno mismo, una disciplina voluntaria que al final desemboca en una forma de vida.

¿Está ya todo inventado?

E. Tizón: Espero que no; confío en que aún se pueda añadir algo nuevo, aunque sólo sea un matiz, una mínima expresión personal o el ángulo de una mirada.

¿Cree determinante el espacio físico y el momento del día a la hora de trabajar? ¿Tiene usted algún lugar y horario preferente para la labor creadora? ¿Alguna manía?

E. Tizón: No sé si serán manías o sencillamente hábitos; el caso es que con el tiempo, uno va distinguiendo por el método empírico cuáles son las mejores estrategias, y trata de adaptarse a ellas y usarlas en beneficio propio. Hace mucho descubrí que escribo mejor por las mañanas, que es cuando tengo la cabeza más despejada y una mayor capacidad de concentración, por lo que procuro aprovechar las primeras horas del día y dejar el resto de tareas para la tarde. No tengo un horario rígido; si el trabajo lo requiere, y las obligaciones me lo permiten, no me importa ocupar además algunas horas de la tarde o la noche.

¿Nos podría describir su lugar de trabajo?

E. Tizón: No tiene nada especial: es una pequeña habitación bastante austera. Tiene luz natural, paredes blancas, una silla, una mesa de madera, folios en blanco, abundancia de bolígrafos, lápices afilados, ordenador, impresora y libros a mano, por si necesito consultar algo. Si miro por la ventana, veo árboles. Aprecio mucho la tranquilidad y el silencio. He escrito en otras habitaciones, pero todas terminan pareciéndose.

¿Escribir es decidir?

E. Tizón: Escribir es tomar decisiones, sí. Desde el momento en que escribes la primera palabra, se desencadena un proceso de selección y descarte en que la mente decide, en cuestión de segundos, de manera intuitiva, qué es válido y qué no, qué acepta y qué rechaza, desde lo más simple (el color del pelo de un personaje secundario, pongamos por caso) hasta lo más complejo (la estructura general, el punto de vista, la voz…).

¿Cómo definiría el acto de la escritura?

E. Tizón: Salvando las distancias, escribir es como hacer un torniquete; de lo que se trata es de contener la herida. Se requiere actuar con decisión, valentía y rapidez de reflejos, sin dejar de ser precisos en todo momento. Lo urgente es salvar la vida del paciente, que es uno mismo.

¿Cuál es su estado de ánimo óptimo para trabajar?

E. Tizón: Con un nudo en la garganta.

¿Cómo se superan las dudas?

E. Tizón: Me temo que las dudas no se superan; son crónicas. Uno aprende a convivir con ellas, mejor o peor, y eso es todo. Las inseguridades, los miedos, las zozobras, son parte inherente del proceso. Caminamos por la cuerda floja. Nunca se está seguro. Se avanza a tientas. No hay mapas.

¿Lleva siempre encima una libreta para notas?

E. Tizón: Sí, suelo llevar una libreta en el bolsillo, para anotar esas frases que de repente te asaltan en momentos inesperados, en un ascensor, en la cola del cine o mientras cruzas un paso de cebra; es algo que me suele ocurrir con relativa frecuencia. También tengo otra libreta a mano, en la mesilla de noche, para apuntar aquellas frases nocturnas que surgen en el duermevela, que a veces son desperdicios y otras resultan aprovechables.

¿Cómo es su proceso creativo? ¿Qué le surge antes: el tema, los personajes, el espacio, el tiempo…?

E. Tizón: Al principio de todo están las ganas. Hay días en los que, por el motivo que sea (o sin motivo), me apetece escribir, me entran ganas, qué sé yo, aparece un deseo bastante intenso. Cuando eso ocurre, sé de antemano que tendré un buen día y aprovecharé bien las horas, así que importan poco el argumento o los personajes, lo que importa son las ganas, de modo que pronto comienzan a surgir frases, perfilarse ideas, aparecer imágenes que se mueven, avanzan y tienden a organizarse y desplegarse de manera orgánica. Esos son los días ideales, claro está, en los que la escritura tira de ti y es una felicidad. Hay otros –más numerosos– en que eres tú quien debe hacer el esfuerzo de tirar de la escritura, y entonces es difícil y en ocasiones es como mover montañas: algo imposible.

¿Cómo se libera uno de los personajes creados?

E. Tizón: Algunas veces cuesta. Uno recibe a los personajes como a invitados en su casa, convive con ellos durante meses, los alimenta, los conoce, los ama (aunque sean desalmados, y a veces precisamente por eso), y un día, de repente, el libro se termina y calla, los personajes enmudecen, te dan la espalda y se marchan llevándose los muebles, la casa se queda desierta y silenciosa y uno se sienta a esperar a que aparezcan nuevos huéspedes, otros fantasmas, trayendo nuevas historias. Se abre entonces un paréntesis incierto, entre un libro y otro, un tiempo muerto en el que me siento vacío.

¿Qué valoración da a la corrección?

E. Tizón: Ocupa un lugar determinante. Una vez escrito el primer borrador, dedico mucho tiempo a corregir, sopesar, suprimir, ampliar y modificar el orden de los párrafos, como si fuese un collage, hasta que quedo más o menos conforme con el resultado (nunca del todo). No vivo la corrección como una etapa angustiosa, sino como algo enriquecedor y necesario, aunque laborioso.

Una vez terminado, ¿cómo se enfrenta a las críticas?

E. Tizón: Intento asimilarlas con la cabeza fría. Hasta ahora, he tenido mucha suerte y todos mis libros han obtenido una repercusión muy favorable por parte de la crítica, con las debidas excepciones, por descontado. En este aspecto, me siento afortunado y sería mezquino no reconocerlo así. En cualquier caso, creo que hay que aprender a aceptar las críticas con deportividad, tanto las buenas como las malas, y valorarlas en su justa medida (no dejan de ser opiniones subjetivas), sin caer en exageraciones melodramáticas ni en paranoias conspirativas. Una crítica negativa duele, qué duda cabe, pero también una crítica exageradamente laudatoria puede ser más perjudicial aún, si permites que se te suba a la cabeza. Con todo, quizá lo más dañino sea la indiferencia.

¿Cuál es ese libro que habría disfrutado escribiendo?

E. Tizón: Podría citar muchos títulos. Para mí hay cimas inalcanzables, como En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, El bosque de la noche, de Djuna Barnes o La hora de la estrella de Clarice Lispector, por nombrar sólo unos pocos. Cada uno en su estilo, son sueños bellamente perturbadores, magnéticos y profundos. Desconozco si sus autores «disfrutaron» creándolos (más bien lo dudo, teniendo en cuenta su elevado nivel de exigencia y sentido de la responsabilidad), pero en mi opinión son de esos meteoritos que bastan para justificar una vida de escritor.

 

 

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