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Los muertos


Abriendo puertas a los vivos desde la tumba sacra


Se marca algo a fuego para que permanezca en la memoria: sólo lo que no deja de hacer daño permanece en ella.
Friedrich Nietzche, Genealogía de la moral.


Querida, las imágenes son bellas, no se puede prescindir de las imágenes, pero son también un tormento.
Franz Kafka a Felice Bauer.



Por Jordi Corominas i Julián

No hace muchos meses dedicamos un breve ensayo a la figura de W.G. Sebald, padre ejemplar de la literatura del siglo XXI. Su prematuro fallecimiento nos privó de la posibilidad de una evolución, de leer cómo el gran alemán crecía hasta lo infinito después de la maestría de Austerlitz. Austerlitz


La dinámica editorial no entiende de cronologías con los muertos. Es comprensible, pero conviene mencionarlo para que el nuevo lector sepa que la obra con título de batalla napoleónica tiene que leerse en último lugar. Lo que ha llegado después de 2001, año del fallecimiento del maestro, es lo previo, la cadena que todo escritor mueve antes de alcanzar la cumbre, su cumbre. Por ello, pese a su validez independiente del conjunto, veo Campo Santo desde una óptica retrospectiva. Los textos que componen el volumen publicado, como no, por Anagrama son un sutil hilo que nos permite constatar una senda culminada prematuramente. Los cuatro primeros textos, que denominaremos tetralogía corsa, se escribieron en la primera mitad de la década de los noventa e iban a formar parte de una obra sobre Córcega. Los siguientes ensayos- maravillosos escritos de memoria, amor y olvido- son la recopilación que abarca más de veinte años de pensamiento. Los últimos, en especial el dedicado a Kafka y el cine, ya muestran al Sebald maduro, escritor único que en mi modesta opinión aún no ha sido comprendido en su totalidad. Tendrán que pasar años para que ello ocurra, pues no nos encontramos ante una simple obra narrativa: su tejido golpea toda la reciente Historia europea a través de Alemania bajo la égida de la vida y la literatura, siempre la literatura.
No pretendo ser hagiográfico, algo difícil cuando en mis palabras sobrevuelan admiración y certeza ante lo leído. Sebald aúna virtudes difíciles de encontrar en un  solo escritor. En los textos de la tetralogía se confirma como el narrador que mejor sabe contar sus propias vivencias, haciendo que las palabras se deslicen como si nos encontráramos en un sueño y los matices fueran palpables, aire de nuestro aire. Habla de muerte y reflexiona. Nunca se conforma con lo visible, sino que lo toma como punto de partida de sus deducciones. Ama el detalle e indaga y, sobretodo, ejecuta su aplastante lógica basándose en la premisa que nuestros complicados mecanismos de actuación son una mezcla entre el absurdo y el aplastante e insano apego a la realidad y al poder.

Campo Santo

Campo Santo


Pese a que en algunas ocasiones ficcione sus propias vivencias, cómo cuando casualmente encuentra en el cajón de la mesita de noche La leyenda de San Julián de Gustave Flaubert, Sebald nunca deja de tener presente el por qué estructura su obra de una determinada manera: la literatura ha de tener una función en la sociedad. Esa es la gran cuestión que dirime en los ensayos que siguen a la tetralogía. Varios son los temas abordados, pero bajo la sombra de grandes escritores- Handke, Nabokov, Kafka, Amèry- se esconde una honda preocupación por el olvido que significa ausencia de memoria o, si lo prefieren, silencio voluntario para paliar el dolor de la barbarie.
Nadie puede negar la particularidad del fenómeno teutón. Las crónicas y los historiadores prefieren hurgar en la herida y mencionar una y otra vez la crueldad nazi. ¿Y los civiles? ¿Cómo vivieron el infierno? Si el vencido no escribe su visión, la traza histórica quedará incompleta por alimento de excesiva subjetividad. Sebald lo sabía y por eso escribió Sobre la historia natural de la destrucción y la serie de ensayos, sin olvidar Austerlitz como gran colofón literario, que dan cuerpo a Campo Santo. No es casual que el autor, aunque en este caso parte del mérito corre a cargo de la edición de Sven Mayer, intercale entre sus reflexiones sobre el error de la literatura alemana de la posguerra algunas perlas relativas al temor hacia la imagen. El nacimiento de una nueva sociedad industrializada nos priva de la individualidad absoluta, quedando obsoleto a nivel literario el juego del doble que tanta fortuna tuvo en el siglo XIX, y nos posibilita un recuerdo concreto de lo anterior. Sólo así se entiende la inclusión de imágenes en la mayor parte de obras de Sebald, como si de este modo lograra conjugar pensamiento interior y realidad pasada, tan dejada ir de la mano de dios por la generación de literatos germanos que fracasó al no querer retratar la gran tragedia de los doce años de infierno nazi. Sebald se estremece con serenidad. No habla de lo que pudo ser y no fue. Su deseo, dentro de la búsqueda de una función social de la literatura, es el de reflejar el pasado para que no se olvide, para que las futuras generaciones tengan bien claro que lo ocurrido no tiene que repetirse. Cancelando la barbarie del recuerdo no viviremos más felices. No puede obviarse lo acontecido. No basta con esparcir paja ante la casa del moribundo para que pueda exhalar el último suspiro en santa paz. En ocasiones conviene rescatar el cadáver para que hable en clave presente y sirva para adquirir una plena conciencia de pueblo que permita avanzar hacia el futuro sin partes borrosas por miedo a sacudir lo vivido.

W. G. Sebald

El autor lo sabía, y por eso no nos ha de extrañar que en su discurso de ingreso ante el colegio de la academia alemana comentara que hasta le habían hecho sentirse traidor a su patria por remover el pasado. ¿Traición? Coherencia. Sebald relacionaba todos y cada uno de los elementos de la existencia al creer en una unidad que completaba un rompecabezas. Puede, cómo él mismo esgrime, que su residencia en Inglaterra, fue profesor durante en años en Norwich, le facilitara la labor al estudiar los hechos desde el exterior, lo que siempre proporciona lucidez, pero ello no es óbice para la crítica constante que recibió desde la ceguera del que no quiere incidir en el recuerdo y estudio de una pesadilla nacional. No valen los pactos de silencio. Queda la imagen, que sin palabra es testimonio, sin más. El verbo quizá no será el principio, aunque bien usado tiene virtudes prodigiosas que no sólo se limitan a escribir con elegancia. El contenido que Sebald dotaba a sus obras es una advertencia y una necesidad: si queremos sobrevivir tenemos que recordar y usar todos los resortes que tenemos a nuestra disposición. De no hacerlo corremos el peligro de caer en un marasmo provinciano que sólo las pequeñas teselas del recuerdo permitirán derrotar para convertirlo en un perfecto mosaico de unión y conciencia colectiva

 

 

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