
Por Sara Bernuy López
Para mí, son los encuentros los que importan; las fotos son mucho menos importantes.
Anders Petersen (Suecia, 1944).
Fue un encuentro lo que me permitió conocer el trabajo de Anders Petersen. Son ese tipo de predestinaciones las que hacen que los descubrimientos sean aun más emocionantes que un hallazgo calculado y planificado.

Así pues, tuve la suerte de conocerle en las jornadas y charlas organizadas por el Fnac de Barcelona.
Con problemas técnicos y mucha paciencia por parte de Petersen, fuimos disfrutando de las claves y los conceptos de un fotógrafo de estética personal, despojada de adornos y clichés.
Café Lehmitz, es un lugar talismán e imprescindible para entender la progresión y la filosofía de este fotógrafo. "La gente del Café Lehmitz era de una presencia y sinceridad que yo no tenía. No había problema si uno estaba desesperado, o era tierno, o se sentaba completamente solo o disfrutando de la compañía de otros. Había una gran calidez y tolerancia en este desvalido escenario".

Fue en este bar donde expuso por primera vez trescientas cincuenta fotos tomadas durante tres años en este rincón de Hamburgo al que llego con sólo 18 años. La complicidad y la unión que le aportaba convivir con los protagonistas, permitió a Petersen, mostrarnos una selección que se caracteriza por su naturalidad y expresividad brutal, en la que la humanidad cobra una importancia absoluta, donde la técnica y las normas quedan completamente relegadas y sólo sirven como aliadas fugaces a las que recurrir si procede. Así este foto-libro se ha convertido en un referente en la historia de la fotografía europea.

El mundo que Anders nos muestra, es un mundo sin artificios, donde la búsqueda de la esencia se puede palpar en cada una de sus tomas. Con un compromiso brutal con lo que está observando y viviendo, Petersen, retrata ese belleza que desprende lo oculto.
La belleza trágica que encierra su obra se magnifica, de un modo visceral, en sus fotografías en psiquiátricos, cárceles, enfermos de sida,… Su búsqueda de lugares escondidos- lo que el llama la “gente oculta” a la que engrandece y convierte en héroes cotidianos, que en su cercanía a la muerte, demuestran una tremenda dignidad humana- le convierte en lo que algunos fotógrafos llaman “cazador de imágenes furtivas”.

Con este discurso universal y cercano Petersen consigue contar sus historias en las que se muestra a momentos desgarrado u optimista pero sobre todo con carácter libre y espontáneo. No parece estar imbuido por las modas o las corrientes, ni estar obsesionado por un sello estético concreto. Es gracias a esa liberación de la técnica y las ataduras teóricas que imponen las corrientes artísticas por lo que la obra de Petersen se muestra atemporal, directa, violenta y rotunda.
Su obra nos llama a la reflexión sobre la diferencia entre lo bello y lo bonito, como decía Gauguin, “lo feo puede ser bello, lo bonito, nunca”. Petersen parece hacer suya esta idea, investigando y adentrándose en los bajos fondos de nuestras sociedades, descubriendo con sus instantáneas de un blanco y negro devastador toda la belleza contenida dentro de la trágico.
En un momento en el que la fotografía parece estar perdida en discusiones estériles sobre la técnica y las herramientas que llevan al papel o pantalla la imagen captada, Petersen da una clase magistral de expresividad, y demuestra que si tienes algo que contar, si tienes algo que decir el medio no es lo importante, las fotografías son secundarias.
