
La fotografía es una trampa además de una terapia
Antonio Alay (Barcelona, 1964)
Por Sara Bernuy López
Cuando le conocí en su estudio de la calle Toledo de Madrid salió a recibirme, abrió la puerta y entró detrás de mí, tiene esa exquisita costumbre, aún cuando las puertas se lo ponen difícil. Este hombre es uno de los pocos caballeros auténticos que quedan. Recorre Madrid –no a caballo, pero casi– sobre una Triumph impecable propia de los rockers auténticos. No pierde el tiempo en discusiones bizantinas que ni aportan, ni arrojan luz, pero es capaz de tirarse horas hablando sobre la intención de una toma, o la autenticidad, la esencia, de ciertas imágenes. Es meticuloso y puede estar días dándole vueltas a una idea hasta que consigue madurarla del todo. Aun así confía en la magia del instante que es para muchos la esencia de la fotografía, la forma de hacer de esos fotógrafos que persiguen capturar, atrapar imágenes que se cruzan en el camino.

Si algo le define como fotógrafo son los modos y maneras de la vieja escuela. Así pues, su medio formato es elegante, no está retocado ni reencuadrado, dando como resultado unas tomas sencillamente impecables.
Su formación es en gran parte autodidacta; a un espíritu como el suyo las aulas se le quedaban pequeñas. De su período inicial es más que destacable su relación con el también fotógrafo Alberto García Alix, con el que se le ha comparado en más de una ocasión. Fue profesor durante años, de Historia y Estética de la Fotografía en una escuela privada de Madrid en la que muchos alumnos tuvieron el privilegio de disfrutar de su visión y análisis de la imagen. Su talento como docente es notable puesto que pasar con él una tarde hablando de fotografía, cine o música, puede ser más edificante que tres años de formación en una escuela de fotografía al uso.

Por tanto, en este momento en el que la Marilyn de Warhol protagoniza cientos de salones, ahora que la palabra pin-up se ha convertido en apodo y en pura directriz, justo en este momento en el que lo autentico se mezcla con lo cool, Antonio Alay decide dedicarle su mirada penetrante al rock en España o al Rockin'Spain.
Quienes no conozcan la movida dock en España y piensen que se trata de cuatro trasnochados o cuatro “guías” subidos a la tendencia sólo tendrán que asomarse al deslumbrante trabajo que Alay está realizando sobre esta cultura para descubrir una realidad fascinante.


Moteros, músicos, bailarinas, tatuadotes, y como no pin-ups auténticas al puro estilo Gil Elvgren, son algunos de los protagonistas de este fantástico trabajo que en primicia este artículo descubre y que desde hace sólo unas semanas se puede disfrutar en su fase embrionaria en la página web del autor.
Alay es uno de los maestros del retrato en este país, trabaja para que cada toma sea la definitiva lo cual dota de tensión e importancia a cada instante, consiguiendo así una atmósfera íntima y especial, imprescindible para que un retrato vibre a cada mirada.
Llama la atención de su trabajo cuando lo descubres lo animal de sus instantes, su talento para captar la esencia sin alejarse de lo delicado de sus personajes, pues se trata de gente auténtica: esas son sus ropas y sus peinados, sus gestos y posturas, no hay pose ni escorzos forzados. No se construyen personajes que después se retratan, son reales, son amigos, son gente que se cruza en su camino.

Su color sabe a blanco y negro, a clásico, a noble y puro, a cine de los 50. Pero al mismo tiempo, sabe ser terriblemente contemporáneo, hijo de su momento y de su tiempo.
Visiten http://www.alaystudio.com/portrait.htm

subir
Enero. 2008