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Sobre la creacion artistica

Dientes de leche

 

Una obra memorable

Por Jordi Corominas i Julián

Mi abuela Asunción era aragonesa y pasó parte de la guerra en Zaragoza, donde por lo que contaba se convirtió en una experta lanzadora de sillas contra los italianos, empedernidos e incesantes ligones. Era comadrona, una de las primeras licenciadas de su rama en la Universidad maña y quizá por ella, aunque ahora verán como hay más elementos, la última novela de Ignacio Martínez de Pisón me ha llegado al alma.

Raffaele Cameroni desembarca en España para luchar en una guerra que ni le va ni le viene. Atrás deja un pueblo en la Toscana, mujer y una hija con retraso intelectual. A medida que pasan los meses, por ignorancia y necesidad de aferrarse a unos valores, entiende que disfruta con los ideales fascistas. Destaca por sus acciones, le hieren, le condecoran y en un hospital conoce a Isabelita, una chiquilla de padre anarquista en constante peligro. Cuando los falangistas lo lleven a la cárcel será el italiano, mediante una burda estratagema, quien logre liberarlo, ganándose el amor de la hija. Se ha fijado la primera piedra de la futura familia Cameroni, de la que conoceremos sus aventuras y desventuras desde 1937 hasta 1983.

Si el mes pasado con Mio fratello è figlio unico hablábamos de la habitual tendencia española de comparar cualquier producto de largo recorrido cronológico con Cuéntame, advertimos al lector que pensar eso de Dientes de leche sería otra prueba más de la banalidad de nuestros tiempos.¡Más quisiera la serie televisiva parecerse a la novela de Pisón! En ella la persistencia de la memoria se convierte en una tormentosa obsesión. Raffaele e Isabelita tendrán tres hijos, Rafael, Alberto y Paquito –deficiente como su desconocida hermana transalpina– que para el padre serán dos, pues nunca aceptará la tara del benjamín. Alberto se casará con Elisa, mientras Rafael y Paquito vivirán una particular dependencia de la familia. El primero por choque del recuerdo, de conocer la verdad del pasado (la existencia de la familia italiana del padre), el segundo por impedimento mental. Sus vidas no serán excepcionales, tampoco se pretende narrar ninguna heroicidad de capa y espada: lo épico de lo cotidiano se convierte en narración de fragmentos de vida que se erigen en hilo conductivo de una historia casi nacional.

El Coso de Zaragoza

Raffaele, una vez terminada la guerra, completa el último paso de afirmación y aprovechando la frágil salud del padre de Isabelita toma su puesto en la empresa familiar. La hace prosperar e inicia junto a otros italianos la construcción del Sacrario militare italiano, inicio del recuerdo, no me parece nada casual, un dos de noviembre de 1975, día en que murió Pier Paolo Pasolini. El sacrario introduce y cierra la trama si tomamos a Raffaele como clave comprensiva de las vivencias familiares de los personajes. La ocultación de la verdad impide que el puzzle sea limpio; por lo tanto, hay piezas que descubrir para cerrar el enigma, piezas escondidas a los jugadores que van apareciendo en escena, quienes cambian de carácter y personalidad en función de las oscilaciones del terremoto de la verdad.

La verdad y la memoria. Antes de la aparición de la era tecnológica reproductiva las personas nacidas en la primerísima mitad del siglo XX, léase Raffaele e Isabelita, se esforzaban para retener el momento, para que no desapareciera de su memoria. Sucede cuando Raffaele va con los niños a Barcelona sólo, o eso dice, para ver la llegada de los soldados de la División Azul en 1956, mientras Isabelita cree firmemente en la fuerza de la conservación de lo esencial, los dientes de leche, para recordar, para poder saborear también con la mirada el horizonte del pasado; si desaparece su rastro, nace el olvido. En cambio, Pisón cuida mucho estos detalles y a partir de los objetos y los hábitos que crean enmarca el contexto histórico,   observamos otra actitud en Alberto, aficionado a la fotografía, quien por lo tanto pertenece a la era tecnológica y conocerá el amor de Elisa al oír ésta el apellido Cameroni a través de un micrófono de la vuelta ciclista a España; la siguiente coincidencia será en un rodaje que reaparecerá en otro momento sublime de la novela. Amor moderno, amor de siempre. Cuando los dos se casen, el sexo seguirá siendo maravilloso, pero Elisa cederá y se instalará en el conformismo de Alberto, feliz con ver paisajes bonitos, ganar dinero y obcecado con el que siempre con más fuerza se erige como desafío del clan familiar: matar al padre.

Plaza del Pilar de Zaragoza

No es este un ensayo para contaros la novela. Para eso volveríamos al Instituto. Sin embargo, algo tenemos que decir. Rafael parece en primer término un personaje gris, el menos elaborado. Todo cambiará con la ruptura de sus padres. El rechazo inicial hacia la decisión materna, valiente en ese 1964 de 25 años de paz, cambiará con un viaje a Italia en el año del Evangelio según Mateo de Pasolini. Irazoqui descubridor de verdades, Rafael volverá cambiado. De ser un pijo soporífero pasará a ser el portador de la gran verdad oculta, el único capaz de completar el rompecabezas y alterar el orden, si bien primero, también por estricto apego al pasado familiar, romperá su existencia hasta un definitivo retorno que le unirá a los dos seres desangelados de esta gran crónica familiar española: la tía Milagros y Paquito, el retrasado.

Hay golpes de efecto, claro que los hay. Lo destacable no radica en ellos, sino en cómo Pisón ha logrado construir un edificio literario tan sólido, palacio de geometría perfecta donde cada ladrillo tiene sentido, quizá porque, parafraseando la pavesiana cita inicial, el mundo es hermoso porque hay de todo, aunque también puede ser que la estudiada matemática de los Cameroni nos atrape al gustarnos sobremanera las novelas que transmiten sensación de trabajo y deseo de transmitir pensamiento colectivo. Probablemente la gestación de Dientes de leche nace tiempo atrás, cuando el escritor afincado en Barcelona preparaba Enterrar a los muertos. Se advierte en la novela una serie de características propias de la mentalidad nacional del siglo XX que no son fáciles de plasmar, y menos en una sola obra. Isabelita es la resignación de la derrotada, Elisa la soñadora de los sesenta que acaba conformándose con el hogar burgués, Alberto el hombre del cambio moderno dentro de la tranquilidad inquieta, Rafael la subversión sin cabeza pese a el brillo de su inteligencia, Milagros la nueva mujer, con puntos almodobarianos, que pena sus últimos días con el televisor como gran amigo, Paquito ve la vida pasar –no tiene más remedio– mientras Juan, el último en llegar, es el futuro que renuncia al pasado fascista poco después del triunfo de Felipe y aún sin saberlo, por su corta edad, aspira a construir una España democrática con el heredero del caudillo en el puesto de Jefe de Estado, valiente Pisón, valiente, sutil, directo y brillante al elaborar la que quizá es la más grande crónica familiar-histórica que este desdichado país haya visto en años.

Esperemos que su novela no caiga, ya lo muestra al decirnos que recordar puede ser fácil pero olvidar todavía más pese a la repetición de lugares y motivos, en la dinámica de la sociedad de consumo. Las buenas obras literarias tienen que permanecer en una imaginaria estantería de la magnificencia. Y esta lo merece. Con holgura.

 

 

 

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