Entrevista
Por Jordi Corominas i Julián
¿Cómo surgió la idea de Dientes de leche?
Surgió a partir de mi curiosidad por la intervención de los voluntarios de Mussolini en la Guerra Civil. Y, especialmente, a partir de la historia del Mausoleo fascista de Zaragoza, el Sacrario Militare Italiano. Por razones presupuestarias sólo alcanzó la mitad de la altura prevista y, mientras se construía, se produjo el cambio de régimen en Italia, por lo que sirvió también para dar sepultura, junto a los cadáveres de los fascistas italianos, a los de unos cuantos comunistas... Las anécdotas en torno a la construcción de ese edificio hicieron que acabara interesándome por contar la historia de una familia ítalo-española como los Cameroni.
¿El inicio el dos de noviembre de 1975 es una mención indirecta a la muerte de Pier Paolo Pasolini? ¿Lo es también, pero en relación a su San Mateo, el viaje italiano de Rafael en 1964?
La verdad es que no había caído en lo de Pasolini, que por otro lado no interviene como inspirador directo de la novela. Si hay películas italianas que han podido ejercer alguna influencia, por pequeña que sea, serían más bien La gran guerra o La marcha sobre Roma. O incluso Amarcord .
¿Cómo decidiste una estructura tan concreta en una novela tan larga? Cada pieza encaja como los engranajes de una máquina.
Desde el principio tenía claro el final: la última conmemoración en el Sacrario Militare, la sesión de cine en la filmoteca... Lo del Sacrario remite a las primeras páginas del libro; lo de la filmoteca, a las páginas centrales. Digamos que así tenía la estructura básica de la historia, una estructura bastante cerrada. Las otras piezas fueran encajando por sí mismas.
Se observa una natural inclinación por la memoria. ¿El esfuerzo de recuerdo es proporcional a la facilidad del olvido? Si bien el primero parece primar más que el segundo, ¿no crees que ambos tienen virtudes complementarias en tu novela?
Son varios los personajes de la novela que parecen aferrarse al pasado: Isabel, obligada a las circunstancias a madurar demasiado pronto, algunos de los hijos, nostálgicos siempre de un pasado feliz... Raffaele, en cambio, ha optado por olvidar. Unos personajes se definen por su tendencia a recuperar el pasado; otros, por su necesidad de sepultarlo. En realidad, ése es uno de los temas de la novela: la persistencia del pasado en el presente.
Al ser Raffaele italiano, ¿No crees que ejerce un poco de pieza que permite girar a los demás personajes y darles su esencia típica nacional? (en sentido de crónica de un tiempo y un país).
Me temo que, si Raffaele hubiera sido simplemente un militar franquista, la novela habría corrido el riesgo de caer en el cliché, en el lugar común. Sobre los fascistas italianos en España no se ha escrito casi nada, y el simple hecho de que Raffaele lo fuera me protegía contra ese peligro.
¿Cuál ha sido la mayor dificultad técnica y narrativa con la que te has encontrado a lo largo de gestación de la novela?
Son cincuenta años en la vida de una familia. El protagonismo se va desplazando de unos personajes a otros, y eso hace que también el tono de la novela varíe. En el primer capítulo hablo de la guerra, con toda su carga de tragedia y atrocidades. Es posible que el lector de ese primer capítulo no pueda imaginar que luego va a encontrarse, por ejemplo, con unos capítulos que derivan hacia la comedia... Pero es que esa combinación de registros distintos era precisamente lo que buscaba.
Parece que haya coincidencias matemáticas constantes en las vidas de los protagonistas. ¿Es su vida la repetición de una anterior sin esperanza de un cambio decisivo?
Yo más bien hablaría de la intervención del destino, como en la tragedia clásica. Las culpas del pasado parecen acechar a los personajes a lo largo del tiempo y siempre acaban apareciendo. No creo que haya tanto repetición como retorno del pasado.
A partir de pequeños detalles logras plasmar el cambio de una a otra generación, como por ejemplo con la concepción de recordar de Raffaele y Alberto, uno esforzándose, el otro siempre con la cámara en mano. ¿Crees que por culpa de la velocidad de nuestro tiempo histórico hemos perdido la conciencia de la importancia de los objetos y los pequeños cambios vitales como registro de memoria?
No quería hacer una novela sobre tres generaciones españolas, pero tampoco me he esforzado por evitar que las tres generaciones de la familia Cameroni reflejaran esos cambios que se produjeron en la realidad española. Y para transmitir esa sucesión de épocas me he servido con frecuencia de esos detalles pequeños a los que te refieres. Probablemente muchos de ellos se le escapen al lector, pero creo que acaban tejiendo una red cargada de significado.
La cena de navidad me recuerda, aunque el contexto es ligeramente distinto, tanto a los Buddenbrock de Mann como a La caída de los Dioses de Luchino Visconti. ¿Estás de acuerdo con el símil? ¿Es la mesa la gran metáfora de la unión o desunión familiar?
Supongo que podríamos rastrear en otras películas y novelas reuniones familiares como ésa. Mientras escribía esa parte, estaba atento a no dejarme llevar por excesos melodramáticos. Persigo siempre la sobriedad, pero justo en ese capítulo se producía una concentración tan intensa de sentimientos diversos que esa sobriedad corría algún peligro. Espero que no se me haya ido la mano en ningún momento...
¿Si no fueras su creador, que opinión te merecería Raffaele Cameroni?
Las personas que profesan ideologías autoritarias suelen ser muy poco interesantes en la realidad. En las novelas, en cambio, uno está obligado a observar a sus personajes en un plano tan próximo, y eso hace que descubras algún grado de sutileza o de complejidad en quienes menos podrías esperártelo. Por ejemplo, en un viejo fascista como Raffaele.
Si pese a la repetición podemos caer en el olvido, ¿estamos condenados?
El material con el que trabajamos los novelistas se alimenta en buena medida de la propia memoria. A lo mejor por eso nuestros personajes están hechos de recuerdos.
Participaste en la elaboración de la historia de Las 13 rosas, ¿Crees que el cine y la literatura tienen que cumplir una función pedagógica-reflexiva que sirva para conocer nuestra Historia y permitir una España mejor para el mañana?
Yo no hablaría de pedagogía, al menos no en el caso de la literatura. Pero, desde luego, tanto el cine como la literatura pueden ayudar a la sociedad a reflexionar sobre sí misma.
Febrero 2008 ©