Por Anna María Iglesia Pagnotta
No puedo no decir que lo considero una de las mejores obras que he leído recientemente de literatura contemporánea. Lo primero que destacaría de la novela es su humor corrosivo con el cual el autor critica todo. Es una crítica ácida de la sociedad americana de los años sesenta, que está todavía demasiado vigente, incluso en nuestro tiempo presente. Toole retrata los más sórdidos aspectos de la sociedad, desde la corrupta e incapaz policía hasta el tráfico de pornografía infantil. La realidad novelesca es
esperpéntica y, así como Valle-Inclán, Kennedy Toole utiliza el esperpento para realizar una ácida crítica de la sociedad en la que vive, donde la discriminación racial, los prejuicios contra los comunistas y la exaltación de la liberación sexual como objetivo primordial son víctimas de su ácida pluma. Los personajes retratados y las circunstancias en las que están envueltos son delirantes, recuerdan la esperpéntica –y perdón por la repetición– Madrid retratada en Luces de bohemia: tanto en la obra de Valle-Inclán como en la de Toole la realidad se ve a través de un espejo deformante. En este caso, el espejo es la mirada del protagonista, Ignatius, un extravagante hombre de treinta años que vive con una madre demasiado aficionada al alcohol de bajísima calidad, que conserva en el horno para esconderlo de su hijo. Por su parte, Ignatius siente una enorme aversión hacia el trabajo como hacia todo aquello que le rodea, no quiere formar parte del mundo en el que vive. Es un personaje a medio camino entre Don Quijote y un predicador extravagante. Posee la locura del de la Mancha –aunque no por leer libros, pues el único libro que lee es De consolatione philosphiae de Boecio– pero no ha perdido la clarividencia; se podría decir que Ignatius entra a formar parte de aquellos personajes literarios que aparentemente han perdido la cordura, pero que son los únicos que dicen la verdad. La locura en este libro se convierte en la capacidad de ver los aspectos más deplorables de la sociedad, poniéndolos de manifiesto mediante acciones del todo esperpénticas. Como un predicador, Ignatius predica en contra de todo y a través de su predicación sale a relucir una sociedad incoherente, donde reinan los tópicos y los prejuicios.
Aquello que aleja a Ignatius de la figura del predicador es el hecho de que él no es un modelo a seguir, al contrario, es una persona despreciable, un egoísta que vive para él y para realizar las locuras que desea. Ignatius no es un personaje modélico, como ningún personaje de la novela, pero tampoco lo puede ser: en una sociedad como la retratada, donde toda actitud ética y comportamiento cívico son inviables. La realidad de por sí hace que los personajes sean como son: Mancuso no puede no ser el ridículo policía incapaz, si su comisario le obliga a realizar un número mínimo de detenciones; no importa si los detenidos son culpables, siempre se les puede acusar.
A nivel técnico, La conjura de los necios es el resultado de la mezcla de géneros; de hecho, frente a aquellos que temen la muerte de la novela al estilo decimonónico –sería preocupante lo contrario, que todavía persistiese como único recurso–, esta novela presenta una ruptura con la tradición anterior. En ella la narración en tercera persona se mezcla con epístolas en primera persona junto con juegos metaliterarios. El estilo es diverso, las cartas escritas por Myrna se alejan del estilo grandilocuente de la novela que pretende escribir Ignatius, así como el habla de los personajes, en especial el de Jones. Su manera de hablar recuerda a los personajes de Dickens, aquellos de extracción popular que usaban el cockney. Asimismo, las frases hechas, continuamente repetidas por los personajes, son la demostración lingüística de una sociedad “hecha tópico”, donde la gente dice aquello que socialmente es considerado políticamente correcto sin una reflexión previa: “una mujer que tenga un hombre que le gusta cocinar es una chica afortunada”, dice la madre de Ignaitus al verse cortejada por un jubilado corto de miras. Es este personaje quien encarna la animadversión contra los comunistas que, desde los años cincuenta, es fomentada por los gobiernos estadounidenses; frente al provocativo cartel de Ignatius “Paz a los hombres de buena voluntad”, el anciano comenta “a mí eso me suena a comunismo”. Toda la novela es un subseguirse de escenas delirantes que ponen de manifiesto las contradicciones y las incoherencias de una sociedad que se cree sana.

La crítica anglosajona ha querido ver en Toole un Cervantes o un Fielding moderno; el título, a su vez, hace referencia a una cita de Jonathan Switf: “Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él". En la novela el genio, aunque sui generis, es Ignatius, así como Toole demuestra ser un gran autor que, como Van Gogh, solamente tras su fallecimiento encontró el aplauso unánime de público y crítica. Por lo que se refiere a las comparaciones, siempre he pensado que son poco equilibradas, pues cada autor tiene un estilo propio y, aún influenciado por otros, nunca deja de ser un unicum en el panorama literario y es así como se debería hablar de John Kennedy Toole.
Febrero 2008 ©