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Hilla y Berna Becher

El carácter escultural se presenta mejor en blanco y negro
Hilla (1934) y Berd Becher (1931-2007)



Por Sara Bernuy López

Yo tenia 14 años, era una recién llegada a una ciudad pequeña y la fotografía parecía lo único que me permitía salir de aquel lugar estrecho. Obsesionada por los espacios y lugares industriales comencé a interesarme por el mundo del arte de un modo entusiasta y apasionado. Mes a mes acudía a las escasas exposiciones que se realizaban en mi provincia. Ninguna me impresionó tanto como Esculturas anónimas de Hilla y Berna Becher. La fotografía alemana es desde entonces un referente para mí, fuente de inspiración y formación. Son mis maestros y hoy os los presento, aunque no lo necesitan, pues su fama les precede.

El matrimonio Becher es quizá uno de los más famosos dentro del mundo del arte. Hilla y Bernd Becher son el sello de un estilo fotográfico que ha influenciado a muchos de sus estudiantes entre los que se encuentran Andrés Gursky, Thomas Ruff o Candida Höfer, todos ellos afamados fotógrafos del momento actual.

Hilla Webeser nació en Postdam y se formó inicialmente como fotógrafa comercial en Hamburgo para después trasladarse a Dusseldorf, ciudad donde estudió fotografía y pintura. Berna Becher cuenta con una formación pictórica más profunda, estudió diseño en varias universidades y escuelas alemanas hasta que coincidió con Hilla en la escuela de Dusseldorf, con la que colaboró por primera vez en 1959, dos años más tarde se casaron, poniéndole así un broche de oro a   esta genial unión de artistas.

Durante esos años, en el panorama artístico mundial se estaba produciendo un cambio profundo y definitivo que modificó nuestra visión y dio un nuevo giro hacia la apertura y la libertad.

La fotografía podía perseguir otras metas, además de la autenticidad a la que siempre se le unía. El realismo fotográfico comenzó a caer en un artificio calculado al milímetro, cada detalle perfectamente orquestado para conseguir un determinado fin estético.

La fotografía consiguió convertirse en la técnica de mayor peso, se abrieron museos y escuelas dedicadas exclusivamente a esta disciplina.

Los Becher, casi a contracorriente, fueron construyendo su trabajo minucioso de documentación de la desaparecida arquitectura industrial. La escena fotográfica los tachará de aburridos, y serán objeto de sus burlas, pero más adelante su estilo eclipsará los trabajos realizados en EE.UU. y Europa, devolviendo así la autoridad a la fotografía alemana: incluso con más fuerza que en los años 20.

Su forma de trabajo es estricta y escrupulosa, respetan la técnica y son ordenados y rigurosos. Por ello no tuvieron ningún problema en utilizar en plenos años 60, y con las pequeñas y cómodas cámaras que ya existían en el mercado, una cámara de placas en blanco y negro. Sobre el porqué de no utilizar película en color declararon que: “la película en color extrae un tono que realmente no existe”. El ángulo y el encuadre es siempre constante, sitúan el elemento a fotografiar en el centro óptico de la placa con un ángulo igual al de un sujeto de estatura media mirando de frente, así evitan cualquier efecto dramático. Miden la distancia y la luz al milímetro para conseguir ese tono homogéneo y neutro que es tan característico en su toma, no dejan nada o casi nada al azar o la suerte.   Este modo de trabajo hay quien lo califica de frío, pero observando los resultados, sólo se puede decir que es enérgico y monumental. Consiguen con este modo de hacer, que ralla lo científico-técnico, llevar al espectador a la reflexión sobre la forma, sobre lo análogo, sobre la estructura básica de los edificios que ellos han decidido sacar del anonimato. Como quien se sienta a observar el mar, un bosque o un cielo estrellado. Sólo observar un conjunto de elementos sin esperar grandes verdades a cambio.

Quien intenta minusvalorar su trabajo los llama de forma despectiva “documentalistas”, como si dicho adjetivo fuese en detrimento de su valor expresivo, como si la   capacidad que tienen sus imágenes para hacernos sentir un deleite estético fuese menor por ello. Los críticos que por otro lado desean ensalzarlos y engrandecerlos hablan de su trabajo con el calificativo “conceptual”, intentado con ello darles el pase a la zona VIP y ponerlos por encima de lo mundano. Ambos calificativos me resultan erróneos y excluyentes, pues considero que el trabajo de estos fotógrafos ha de entenderse como la unión de dichas afirmaciones.

Durante más de 50 años los Becher han realizado una labor de recopilación extraordinaria y han elaborado un catálogo espectacular de la arquitectura industrial, silos, torres de agua, altos hornos, graneros…

Movidos por la inquietud de saber que desaparecerían y dejarían de formar parte del paisaje de nuestra sociedad, elevaron esta arquitectura poniendo el acento en esos lugares que nos llevan a un momento determinado de la historia. Consiguen que dichos edificios construidos para el trabajo, como herramienta, ahora sean venerados como autentico arte. Como catedrales de nuestro tiempo.

Son fundadores de la escuela Becher, padres del neobjetivismo alemán, han recibido varios premios entre los que se encuentra el León de Oro en la Bienal de Venecia de 1990, el Premio Erasmus en 2002 y el premio Hasselblad en 2004.

 

 

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