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Por Anna María Iglesia Pagnotta

Los bares, lugares donde los solitarios encuentran compañía y los acompañados se reúnen, lugares donde se intercambian ideas y las conversaciones se superponen mientras los cigarrillos se apagan en los ceniceros. Bares de día, donde los cafés se sirven acompañados con pastas y bares nocturnos, donde las copas se amontonan en la barra. Un abanico de bares se abre en todas la ciudades, bares de todo tipo que han sido recreados en el cine y en la literatura, pero que también han sido lugares donde se han gestado las ideas para crear películas o novelas. El bar es parte de un universo ficcional pero, al mismo tiempo, forma parte del mundo de la creación.

El arte cinematográfico ha usado en innumerables ocasiones el bar como telón de fondo; thrillers, comedias románticas o dramas han tenido el bar como escenografía clave para el desarrollo de sus argumentos. Para cualquier cinéfilo que se precie, es imborrable el recuerdo del lúgubre local de decoración pseudoerótica, rozando la obscenidad, en el que los protagonistas de la Naranja Mecánica se reunían para tomar ingentes cantidades de leche.

Refugio de delincuencia, lugar poco aconsejable, un submundo que es mejor no visitar, este el bar que el thriller, género de antes y de ahora, en tantas ocasiones ha recreado. Lugares oscuros, donde las informaciones se dan previo pago y donde la policía acude en busca de sospechosos. Es un tópico que se ha repetido en incalculables ocasiones y que series como la sobrevalorada CSI han imitado. Fue el cine negro de los años cincuenta que inventó el bar como un lugar con su propia ley y Michael Curtiz, el gran maestro para todos aquellos que le siguieron. En el gran local de Casablanca, con Sam al piano, un inquietante Humphery Bogart busca la manera de hacer huir clandestinamente a una bellísima Ingrid Bergman. El local de Curtiz era la imagen de un microcosmo, de un punto de encuentro donde las conversaciones eran siempre privadas; Curtis Hanson heredó la lección del maestro recreando de manera más que correcta un bar, donde lo ilegal se mezclaba con el glamour de Hollywood, en su aclamada L. A. Confidential. Hanson es uno de los alumno aplicados, pero hay muchos más –y también menos aplicados– que han convertido este tipo de bar en un fácil estereotipo imprescindible en todo thriller que se precie.

Los tópicos, sin embargo, se extienden también a muchos otros géneros. Las comedias ven en el bar el lugar propicio para el nacimiento de una historia de amor: en Mejor Imposible, Jack Nicholson se enamora de la camarera, Helen Hunt; en Jugando con el corazón , una seductora Angelina Jolie conquista al tímido y lleno de secretos Ryan Philippe. Dando una ojeada al denominado “nuestro cine”,   películas como En la Ciudad de Cesc Gay hacen del bar el sitio donde los solitarios encuentran compañía, entablando conversaciones de manera casual: recuérdese el encuentro en la cafetería barcelonesa entre Eduard   Fernandez y Leonor Watling. Una concepción del bar como lugar de encuentro, parecida a la de Gay, la comparte el gran Jim Jarmush: en Coffee and Cigarettes el director americano hace un homenaje a los humeantes bares, donde la tenue luz apenas deja ver y los cigarrillos se suceden al mismo tiempo que los cafés.

En la ciudad

Son inolvidables también las grandes cafeterías americanas, donde se sirve la omnipresente apple pie acompañada por los imprescindibles cafés largos. Como olvidar el ya mítico bar de Twin Peaks, punto de encuentro de todos los habitantes de aquel pueblo entre montañas o el bar restaurante de Tomates verdes fritos, donde los policías saborean gustosamente la víctima del caso que investigan.

Hablar de bares en la cinematografía daría para páginas y páginas, pues mientras escribo vienen a mi memoria, como si de recuerdos lejanos se trataran, escenas de bares, locales nocturnos que el séptimo arte ha grabado en mi memoria. La pequeña pantalla ha colaborado también haciendo del bar un tópico de las artes audiovisuales, tan presente para todos los espectadores. No puedo imaginar que alguien desconozca el Central Perk , centro de reunión de los personajes de Friends, serie más mítica por sus años en antena que por su calidad. Asimismo, no hay espectador asiduo a las cada vez peores series “nacionales” que no recuerde el bar de Siete Vidas, una de las pocas series españolas que deben ser recordadas.

El séptimo arte o, más en general, el arte audovisual no ha sido el único género en utilizar el bar como marco para sus historias. La literatura, en particular la contemporánea, también ha recurrido a este tópico; el primer caso que se me ocurre, al buscar en mi memoria, es el del Viaje Vertical de Vila-Matas: su protagonista, al llegar a Lisboa, forma parte de una tertulia literaria en uno de los bares más famosos de la ciudad. En Los detectives salvajes , los bares se convierten en sórdidos lugares donde los excesos de todo tipo conviven con la más alta intelectualidad. Caso parecido al de Bolaño, lo encontramos en la novela de Kerouac, On the road,   donde sus protagonistas son capaces de emborracharse en locales de carretera mientras discuten sobre Nietzsche. Completamente opuesto a estos locales es el tranquilo y elegante bar de hotel frente al mar, donde el anciano compositor Gustav Aschenbach –creado por Thomas Mann– observa embriagado la belleza de un joven adolescente.

Literatura, cine, incluso las canciones, como es el caso de Y nos dieron las diez de Sabina, han construido sus historias alrededor de una mesa o de la barra de un bar. Es como si   las historias encontraran en estos locales el lugar idóneo para su desarrollo. Al igual que las historias, también los creadores se refugian en el bar. El café Gijón, Les deux magot o Els quatre gats se han convertido en bares emblemáticos en Madrid, París y Barcelona respectivamente, pues a ellos acudían los grandes intelectuales para discutir sobre sus ideas y   componer sus obras. Autores como Cela, Sartre con Simone de Beauvoir, Eugeni D'Ors o Santiago Rusiñol eran asiduos a estos locales, que actualmente se han convertido en punto de referencia para cualquier turista. Los bares entran así a formar parte del universo de la creación, salen de la ficción para convertirse en telón de fondo del proceso creativo. Se cuenta que Joyce recorría las calles y los Pubs de Dublín para oír lo que se decía en los lugares más típicos de la cultura irlandesa. El pub rojo de la esquina en Temple Bar era el lugar preferido por Joyce para tomar unas pintas de Guiness y reflexionar sobre lo que es una de las novelas más influyentes del siglo XX.

También los cineastas encuentran refugio en los bares, no es extraño ver a Jean- Pierre Jeunet, director de Amelie, en un de los tantos locales de Montmartre; uno en particular fue no sólo el lugar donde el director gestó su película, sino también uno de los ambientes recreados en el film. En los años ochenta, los miembros de la Movida madrileña se reunían en sórdidos locales donde soplaban los primeros aires de libertad. En estos locales, donde la palabra “prohibición” no existía, Almodóvar empezó a proyectar sus primeras películas mientras Alaska comenzaba su meteórica carrera de cantante.

café greco

Bares, diurnos y nocturnos, sórdidos locales o elegantes cafés, todos están presentes en el imaginario colectivo, sea porque nos trasladan a universos ficcionales sea porque son los lugares donde han nacido aquellas películas que tantas veces hemos visto, como aquellos libros que tantas veces han estado sobre nuestra mesilla de noche. El bar se ha convertido en un tópico, pero también en un lugar de ensueño: Roma no sería la misma sin su Caffé Greco, antes punto de encuentro de intelectuales ahora bar abarrotado de turistas, así como la desgraciadamente olvidada Cheers no habría sido tan unánimemente aplaudida sin esas historias que se entrecruzaban en el bar, protagonista absoluto.

 

 

Marzo-abril 2008 ©

 


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